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sábado, 28 de mayo de 2016

Todoliteratura - entrevista

David Becerra, coordinador del libro colectivo "Convocando al fantasma: Novela crítica en la España actual" (Tierradenadie Ediciones, 2015) es acaso uno de los críticos jóvenes con mayor proyección en el panorama literario actual; sus últimos trabajos, especialmente "La novela de la no-ideología", en Tierradenadie Ediciones también, o "La Guerra Civil como moda literaria" (Clave Intelectual, 2015), así nos lo confirman. De esos trabajos y de sus futuros proyectos, así como de la labor del crítico hoy día, trata esta conversación.

P. David, ¿qué probabilidades reales tiene, primero, de ser producida y, luego, de ser publicitada, hoy día, una labor crítica independiente, ya sea universitaria o divulgativa, si está concebida al margen o contra el sistema mercantil e ideológico del capitalismo actual?

R. Como todo, depende de la correlación de fuerzas. Hace unos años parecía imposible que surgieran nuevas investigaciones críticas, de corte marxista, en la Universidad. Parecía que la generación de Juan Carlos Rodríguez y Julio Rodríguez Puértolas difícilmente podría asegurarse un relevo: el marxismo se encontraba en una crisis política, pero también científica y metodológica. La posmodernidad parecía que se lo había llevado por delante. Éramos pocos los que trabajábamos en esta dirección, apenas unos cuantos discípulos de ellos, que además encontrábamos no pocas dificultades para trabajar en la Universidad española. Y, en cierta manera, se nos trataba con cierta displicencia, como si fuéramos residuos de un mundo que había dejado de existir. Pero en los últimos años, y sobre todo a raíz de la crisis, al haber cambiado la correlación de fuerzas (aunque tampoco demasiado: no alcemos campanas al vuelo) parece que nuestro discurso –marxista, crítico, contrahegemónico– cobra algo de fuerza. De pronto, nos hacen un poco más de caso, se produce más pensamiento crítico y circula un poco mejor, si bien sigue siendo igualmente difícil que nuestro discurso encuentre un lugar en la Universidad. Se produce más discurso crítico, pero la hegemonía –y los medios de producción de las palabras– siguen en manos de los mismos.

P. Y qué función juegan en todo esto la Universidad y el resto de instituciones y “eventos científicos”, tales como congresos, fundaciones, revistas, encuentros, simposios… ¿Cuál ha sido o es tu experiencia al respecto?

R. Nuestra universidad ha renunciado al proyecto de la Ilustración, cuyo objetivo era la búsqueda del conocimiento y la verdad; ahora el conocimiento se sirve a la bolognesa, lo que significa que si no es rentable para la sociedad –quiero decir: para la sociedad de mercado– queda desplazado, entra en peligro de extinción. En ese sentido, las Humanidades se encuentran en una difícil coyuntura, y mucho más cuando se enfoca desde una perspectiva crítica. Además, desde hace poco, nos tienen a todos rezando de cara a la ANECA, una agencia externa que es quien finalmente decide si estás capacitado o no para desarrollar funciones de investigación y docencia. Y lo hace a partir de criterios que pueden ser apropiados, pero no son criterios que se ha dado la Universidad. Y respecto a los eventos científicos que señalas, normalmente hay cierto rechazo –y también cierta agresividad– ante lecturas críticas, marxistas, de nuestra tradición literaria. Pero hay que señalar que también existen lugares, pequeños oasis en medio de un desierto de pensamiento único, donde se trabaja la literatura de otra manera y donde es posible encontrar interlocutores válidos. Donde todavía es posible constituir una esfera pública discursiva donde se debate, se esgriman razones y argumentos, más allá de ideas preconcebidas, que reproducción de la ideología dominante.

P. Hablemos de algunas de tus aportaciones al desarrollo y la práctica de una crítica materialista universitaria y divulgativa. En primer lugar, qué nos puedes decir de tu labor, hace unos años, dentro de la Fundación de Investigaciones Marxistas, y de esa apuesta que hiciste por el mantenimiento, dentro de ella, de una Revista de Crítica Marxista.

R. Cuando la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) tenía su sede en la céntrica calle Alameda de Madrid, lo cierto es que organizamos actividades de crítica literaria marxista muy interesantes. Organizamos un par de seminarios, uno sobre literatura española e historia social, a partir del libro Historia social de la literatura española de Julio Rodríguez Puértolas, Carlos Blanco Aguinaga e Iris M. Zavala, y otro de crítica literaria a partir del libro de Constantino Bértolo La cena de los notables. También, en colaboración con la Universidad Autónoma de Madrid, organizamos tres jornadas de literatura y marxismo, con un éxito notable. La primera la dedicamos a César Vallejo, las segunda a Javier Egea y la tercera a Armando López Salinas. Las actas de las tres jornadas se publicaron en Revista de crítica literaria marxista, de la cual salieron, además de las actas, tres números más. En la FIM conseguimos armar un grupo de investigación literaria marxista que, al poco, se descompuso al perder la FIM, por razones que no vienen al caso, el local. La falta de un lugar físico en el que reunirnos hizo que nos dispersáramos. Y eso seguramente tuvo consecuencias en la batalla ideológica que se tendría que estar dando ahora. En estos momentos, se está tratando de reactivar la FIM, de buscar un nuevo local; sería muy oportuno volver a tener un lugar de encuentro en el que realizar prácticas de crítica. Los tiempos exigen un rearmamento ideológico, y la FIM constituye el mejor instrumento para ello.

P. Uno de tus empeños críticos concretos más significativos ha sido últimamente la reivindicación de la figura y de la obra de Armando López Salinas; tu edición de La mina, después de tantos años de olvido, ha sido decisiva para ello… ¿Por qué Armando López Salinas?

R. La última vez que se publicó La mina en España fue en julio de 1984. Yo nací en julio de 1984. Es decir, más allá de lo anecdótico, significa que mi generación –la que llaman la generación mejor formada de la historia de España– no había leído La mina; y si no la ha leído no ha sido por desinterés, sino porque era un libro que no existía. Creo que era importante volver a publicar La mina, volver a leer La mina, y hacerlo además con los fragmentos que no pasaron censura (que yo incorporo en mi edición). La crítica literaria dominante nos trató de convencer –y en parte lo hizo– de que La mina, así como otras novelas del realismo social español, no valía la pena leerla, pues estaba mal escrita. Además, nos dijeron que era una obra cuya lectura podía tener sentido en el momento en que se escribió, ya que denunciaba el atraso y la pobreza de la España de posguerra, pero que sus temas, a diferencia de aquellos que presenta la supuesta “gran literatura”, eran incapaces de trascender su momento histórico. Y apelando a la universalidad de la literatura, decidieron condenar a La mina y Armando López Salinas al olvido. Sin embargo, cuando uno se pone a leer La mina observa que esas conclusiones a las que había llegado la crítica literaria no resistían al menor análisis. En primer lugar, porque La mina –incluso siguiendo los criterios de calidad de los constructores del gusto literario– no es una novela en absoluto mal escrita; pero, más importante todavía, La mina es una novela que envejece mucho mejor que otras de las novelas que sí han pasado a formar parte del canon y que parecía que trataban temas más universales. Los temas principales de La mina de Armando López Salinas no han perdido la vigencia: el paro, la inmigración para buscar trabajo, los accidentes laborales, la necesidad de lucha para defenderte ante las injusticias, etc., son temas que están a la orden del día. La lectura de La mina hoy nos puede dar más respuestas que cualquier otra novela con pretensiones de universalidad.

Pero La mina es además una obra que permite desmontar el relato de la Transición. La mina nos recuerda que si en este país tenemos un sistema democrático no es gracias a grandes hombres que con grandes gestos –léase Suárez o el rey– decidieron, un buen día, llevados por su buena voluntad, superar el franquismo y traerle la democracia al pueblo español. La mina nos recuerda quienes son los que lucharon, los que con su lucha diaria pudieron ir poco a poco erosionando las estructuras del régimen franquista. La mina nos recuerda que la democracia no es una concesión de los poderosos, sino la conquista de un pueblo que se dejó la vida luchando por su libertad. Quizá por esto La mina ha estado tanto tiempo sin editarse, tanto tiempo sin leerle, porque es un libro que molesta, que cuestiona el mito fundacional de nuestra democracia, el relato de la Transición.

P. Otro de los centros de interés que ha guiado tu labor en estos últimos años ha sido la novela española moderna, especialmente de los últimos treinta años, con dos magníficos estudios, La novela de la no-ideología que vio la luz en Tierrradenadie, y La Guerra Civil como moda literaria, en Clave Intelectual, y ahora con tu labor de coordinador de este libro colectivo Convocando al fantasma… ¿Qué han supuesto para ti esas tres obras y qué aportan o qué has pretendido aportar con ellas al panorama crítico actual?

R. Me interesaba analizar el modo en que en la novela española actual las contradicciones radicales del sistema capitalista se desplazan a favor de otras que son asumibles por la ideología dominante. Es decir, observar cómo en la narrativa española la huella de lo político y lo social se borra y todo conflicto retratado en sus páginas se interpreta en clave individual, intimista, moral o psicologista. No hay conflictos políticos en lo que podemos denominar la narrativa dominante española, solo problemáticas del yo. Y si todo conflicto se localiza en el interior del sujeto, su posible resolución debe encontrarse también el interior del sujeto. Todo lo que nos ocurre –nos dice la novela dominante– encuentra su explicación en nuestro interior, nunca en el exterior. Por lo tanto, para resolver las distintas problemáticas que aparecen en las novelas no se hace necesario cuestionar o transformar el sistema; basta con que nos transformemos nosotros mismos. Esta es la tesis que manejé en La novela de la no-ideología. Convocando al fantasma…, que es una obra colectiva, retrataría el panorama de esas novelas y novelistas que justamente hacen o intentan hacer todo lo contrario, novelar el presente histórico, sin olvidar la naturaleza material e histórica del tiempo y de la realidad novelada. Cómo hay novelistas que, aun hoy, pretenden una literatura crítica que no expulse de sí la realidad real.

Y La Guerra Civil como moda literaria se puede leer, en parte, como una continuación o un desarrollo de esas tesis, pero en el análisis de las novelas que hoy en día se escriben sobre la Guerra Civil española. En el libro me pregunto por qué se han publicado tantas novelas sobre la Guerra Civil española en las últimas décadas, sobre todo teniendo en cuenta el cacareado estribillo de la Transición que venía a decir que debíamos olvidar el pasado para no abrir viejas heridas y mirar solo hacia adelante; y también cómo se reconstruye el pasado en estas novelas sobre la Guerra Civil. La respuesta a la primera pregunta parecía anunciar un escenario positivo, de celebración, ya que si de pronto se escriben, se publican y se leen tantas novelas sobre la Guerra Civil española, significa que la sociedad española ha cambiado, que ya no tiene miedo a mirar hacia atrás, a conocer su pasado y a reconocerse en su pasado. Sin embargo, hay que rebajar la euforia cuando empezamos a leer estas novelas y observamos que, en estas novelas sobre la Guerra Civil, la Guerra Civil apenas aparece como escenario, como un atractivo y cómodo telón de fondo. Estas novelas no hablan de las contradicciones históricas que hicieron posible la Guerra Civil, sino de conflictos humanos, abstractos, individuales, morales, etc., pero no de tensiones políticas y sociales, es decir históricas, que expliquen qué sucedió y por qué sucedió el 18 de julio de 1936. Son novelas históricas sin historicidad. El pasado se vacía para convertirse en el escenario estático de una complaciente novela de aventuras, de pasión y muerte. Estas novelas que se autoproclaman de la memoria histórica tienen, pues, muy poco de memoria histórica. Pero además de deshistorizar el pasado, de despolitizarlo, en esta moda literaria se puede reconocer una suerte de revisionismo histórico. Ambas cosas las analizo en La Guerra Civil como moda literaria.

P. Por último, aunque ya nos has mencionado la intención última de Convocando al fantasma: Novela crítica en la España actual, que has coordinado, y que surgió como un encargo de Tierradenadie Ediciones. ¿Qué crees que aporta esta obra colectiva al conocimiento de la novela española de los últimos treinta años?; ¿lo considerarías el complemento perfecto de La novela de la no-ideología?

R. Convocando al fantasma…, como hemos dicho, es un libro colectivo, que yo me he encargado de coordinar. Si en La novela de la no-ideología y en La Guerra Civil como moda literaria analizo la novela dominante española, la ideología de las novelas que forman parte del canon narrativo actual, en Convocando al fantasma se trata de hacer otra cosa, se trata de proponer un canon alternativo, de estudiar y analizar los y las novelistas que podemos denominar críticos, contrahegemónicos o disidentes. Es un libro en el que se analizan las voces críticas más significativas de la narrativa española actual y en el que participan profesores y críticos nacionales e internacionales que, con sus estudios, ponen en orden lo que podemos denominar novela crítica en la España actual. Se trata de convocar al fantasma de la revolución desde la literatura, pero también de hacer visible al fantasma del neoliberalismo, que, como dice Juan Carlos Rodríguez en su ensayo De qué hablamos cuando hablamos de marxismo, es el fantasma que verdaderamente recorre Europa hoy. Se trata de echarle, como en los dibujos animados, una sábana al espectro para saber por dónde anda. Pero también de convocar al fantasma que Marx y Engels anunciaron en el Manifiesto comunista. Porque acaso escribir, como dice un personaje de El comité de la noche de Belén Gopegui, no sea otra cosa que convocar al fantasma. Este libro lo que muestra es cómo, hoy día, también hay novelistas que, con su escritura, lanzan, una y otra vez, esa sábana para que lo veamos ahí delante de nosotros, o, tal vez, dentro de nosotros mismos.

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