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lunes, 24 de octubre de 2016

Cuatro pasos en la tierra. Homenaje a Juan Carlos Rodríguez



[Fragmento de la presentación del dossier "Juan Carlos Rodríguez", publicado en el número 15 (noviembre 2013) de Youkali. Revista crítica de las artes y el pensamiento]
Número completo aquí: http://www.youkali.net/youkali15-completo.pdf

David Becerra Mayor

En otro mundo –pero no en éste– estas palabras que me dispongo a escribir, y en las que el lector espera encontrar unas breves notas acerca del pensamiento teórico del personaje homenajeado, no serían necesarias. Ni siquiera lo serían para cumplir con el protocolo. En otro mundo –pero, insisto, no en éste–, los textos de Juan Carlos Rodríguez no requerirían glosa y sus obras serían ampliamente divulgadas, conocidas, leídas, estudiadas. Algunos de sus libros, como Teoría e historia de la producción ideológica o La norma literaria, serían lectura obligatoria en todas las Facultades de Filosofía y Letras; otros, como De qué hablamos cuando hablamos de literatura o Tras la muerte del aura, reposarían en las mesitas de noche de estudiantes y profesores de literatura, que harían de ellos sus libros de cabecera. El escritor que compró su propio libro o Lorca y el sentido se descubrirían ante nosotros al abrir cualquier cajón, como sucede con las biblias que se encuentran en los moteles de las películas norteamericanas. Pero, como estamos donde estamos (y estamos como estamos), conviene empezar por el principio.

            Juan Carlos Rodríguez es, con total probabilidad, el mayor teórico de la literatura de este país llamado España. Pero, además, y no estamos exagerando y ni siquiera se trata del agasajo acostumbrado en este tipo de homenajes, es, con total probabilidad, de nuevo, el mayor teórico marxista español. Ambas vertientes se conjugan, se entremezclan y dan lugar a una concepción de «lo» literario diametral y radicalmente enfrentada a la ideología literaria dominante y establecida. En la primera página de la tercera edición de su ensayo La norma literaria el propio Juan Carlos Rodríguez muestra, de forma muy transparente, de qué se trata:  

Se trata de dar cuatro pasos en las nubes o cuatro pasos en la tierra. Hay una visión generalizada sobre la literatura, sobre la manera de escribirla, de leerla, de enseñarla. A esa visión se la puede llamar esencialista o evolucionista. Se trata de dar siempre cuatro pasos en las nubes, es decir, la misma esencia literaria desde Homero hasta hoy. Por el contrario este libro trata de dar cuatro pasos en la tierra. Plantear que la literatura es un efecto de la historia y de los individuos históricos. ¿Qué otra cosa podríamos ser? Si se quiere, ahí empieza la polémica. Quiero decir que no puede ser lo mismo lo que se escribía en el mundo esclavista grecorromano (donde todo dependía de los Amos y de la Polis), que lo que se escribía en el mundo feudal (donde todo dependía de la escritura de Dios sobre las cosas), que lo que comienza a escribirse desde el primer capitalismo, entre los siglos XIV y XVI, donde todo comienza a depender del mundo laico y del sujeto «libre» (aunque se sea libre para ser explotado). A esto es a lo que he llamado Radical Historicidad de la literatura[1].

De eso se trata: de bajar de las nubes y de dar cuatro pasos en la tierra. Es decir: de oponernos a la concepción dominante de la literatura –de estos discursos a los que hemos convenido en denominar literarios–, edificada sobre una base ideológica humanista e idealista, que concibe la literatura como un discurso eterno, siempre igual a sí mismo, en el que las sutiles diferencias que se reconocen entre unos textos y otros derivan de ese accidente llamado Historia; y que, más allá de sus matices, comparten su esencia, debido a que todos esos discursos han sido creados por un «autor» que posee el mismo y eterno Espíritu Humano. Pero no: Juan Carlos Rodríguez nos hizo comprender que ni la Historia es un accidente superficial que en nada altera las esencias ni que los autores hablan en la voz de su espíritu; al contrario, la literatura es un discurso radicalmente histórico como radicalmente históricos son los sujetos que las crean y que, de igual modo, hemos convenido en denominar autores, unas veces; genios creadores, en otras. 

            De lo que se trata, por lo tanto, es de estudiar –de leer, en un sentido más amplio– la literatura como lo que radicalmente es: un producto o el resultado de unas relaciones sociales, políticas, económicas –y asimismo históricas– que, lejos de trascender el momento histórico en que se inscribe, las relaciones sociales que la producen, opera como transmisor privilegiado de ideología y participa en las confrontaciones ideológicas de su época. La literatura no es inocente ni es un discurso autónomo situado al margen –o por encima– de la Historia. La literatura es un discurso histórico y, por consiguiente, cada vez que abrimos un libro no tenemos que buscar en él ese espíritu humano que nos iguale, como lectores, con el autor, identificándonos con sus preocupaciones, con sus conflictos, con sus sentimientos, que hacemos propios por mucho que el texto se haya escrito hace años, décadas, siglos o incluso milenios. Juan Carlos Rodríguez nos ha enseñado a leer de otra manera. Después de leer Teoría e historia de la producción ideológica nadie ha salido igual de sus páginas, nadie ha podido seguir comportándose como lector del mismo en que se había comportado antes. Nace un lector nuevo, crítico, en absoluto complaciente, que se enfrenta al libro, se pone frente a él, nunca a su lado, concibiendo el ejercicio de lectura como una forma de conocimiento radical, una búsqueda de la raíz histórica –la radical historicidad– que produce los textos. Juan Carlos Rodríguez no ha enseñado que la literatura no aparece porque sí, sino que es el resultado de la lucha de clases de una nueva clase social, llamada burguesía, que en su enfrentamiento contra un sistema de explotación feudal en descomposición, inventa –más exacto sería el uso del verbo producir– un nuevo discurso que opera en la legitimación de la burguesía en su lucha por el poder contra una nobleza feudal (o feudalizante), cada vez en una posición menos dominante y más residual. La teoría de Juan Carlos Rodríguez ya se encontraba presente en el párrafo que abría su Teoría e historia de la producción ideológica:

La Literatura no ha existido siempre.
Los discursos a los que hoy aplicamos el nombre de «literarios» constituyen una realidad histórica que sólo ha podido surgir a partir de una serie de condiciones –asimismo históricas– muy estrictas: las condiciones derivadas del nivel ideológico característico de las formaciones sociales «modernas» o «burguesas» en sentido general[2].

Este párrafo, que sintetiza de manera muy notable el pensamiento de Juan Carlos Rodríguez y su concepción de lo que entiende por literatura, abre la veda para la polémica: la opinión generalizada de lo que debemos entender por literatura –la conversación íntima entre dos sujetos libres llamados autor y lector– no es natural ni mucho menos eterna; al contrario, es radicalmente histórica. Hasta que no aparezca –de nuevo: se produzca– la noción de intimidad y la noción de libertad, ligadas ambas a la aparición de un nuevo espacio, el ámbito de «lo» privado, será inconcebible hablar de literatura en los términos modernos –i.e., burgueses– predominantes hoy (y, como dice Juan Carlos Rodríguez, cuando decimos «hoy» queremos decir desde el siglo XVIII, aproximadamente). 

            La literatura no ha existido siempre. Pero parece que esta afirmación, que define la literatura y plantea su debate en términos históricos, y que sirve para cuestionar la ideología dominante al menos –aunque no sólo– en el ámbito de la investigación literaria, no ha hecho tambalear suficientemente los pilares que sostienen la estructura ideológica del capitalismo. Parece como si la teoría de Juan Carlos Rodríguez haya sido apartada a esos espacios de marginalidad que, en aras de la libertad de expresión, concede el capitalismo, pero que neutraliza por medio del silencio y el demérito, convirtiendo a Juan Carlos Rodríguez, en particular, pero también a la teoría marxista en general, en un clamor en medio del desierto. No es casualidad que en su libro De qué hablamos cuando hablamos de marxismo (…) reconozca Juan Carlos Rodríguez que cuando habla de marxismo –o enfoque sus estudios de la literatura desde la teoría marxista– le vengan a la cabeza unos versos de Góngora que dicen: «Gastar en Guinea razones / y cruces de Bebería». El motivo lo expone a continuación:

Por supuesto que el sarcasmo implícito en estas imágenes gongorinas se puede interpretar de mil maneras –suele ocurrir siempre con Góngora– pero a mí me interesa sólo ahora un sentido literal muy preciso: si en el XVII intentabas «predicar» en Guinea o intentabas colocar unas cruces entre los bereberes, evidentemente ya se sabía cuál iba a ser el resultado: te degollarían en cuanto empezaras a hacerlo.
                ¿Ocurre algo parecido hoy cuando se trata de hablar de marxismo? Claro que ahora existe la libertad de expresión, pero obviamente –y diciéndolo de forma muy suave– «el resto es silencio»[3]. 

El marxismo, la crítica y la teoría literaria marxista, aquella que no encaja en la concepción esencialista de la literatura, dominante hoy, la obra de Juan Carlos Rodríguez, concretamente, forma parte de ese silencio (…). Formamos parte del silencio instituido (…). Sólo somos silencio, y lo sabemos. Pero sabemos también que solamente dejaremos de ser silencio cuando superemos el capitalismo, es decir, cuando lo derrotemos, sea por desbordamiento o por colisión directa. Dejaremos de ser silencio cuando exista una sociedad en libertad, que, como dice Juan Carlos Rodríguez, es una sociedad libre de explotación.
Ahora le toca al lector romper el silencio. Eso sí, sin olvidar, que lo más importante sin duda es romper el inconsciente. Pues, como decía Althusser, y Juan Carlos Rodríguez ha citado en múltiples ocasiones, «Para cambiar el mundo de base (y junto a otras muchas cosas) es preciso cambiar, de base, nuestra manera de pensar»[4].


[1] Juan Carlos Rodríguez, «Prólogo a la tercera edición», La norma literaria, Madrid, Debate, 2001, pág. 5.
[2] Juan Carlos Rodríguez, Teoría e historia de la producción ideológica, Madrid, Akal, 1990, pág. 5.
[3] Juan Carlos Rodríguez, De qué hablamos cuando hablamos de marxismo, Madrid, Akal, 2013, págs. 15-16.
[4] Apud. Juan Carlos Rodríguez, Op. cit., 2013, pág. 14.

martes, 18 de febrero de 2014

Un nuevo fantasma recorre Europa. De qué hablamos cuando hablamos de marxismo de Juan Carlos Rodríguez

Un nuevo fantasma recorre Europa

Un nuevo fantasma recorre Europa Se habla mucho de marxismo, pero la más de las veces difícilmente se sabe de qué se está hablando exactamente.


"Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. Con esta celebérrima frase iniciaron, en 1848, Karl Marx y Friedrich Engels el Manifiesto comunista. Pero, ¿y hoy?, “¿qué fantasma recorre hoy Europa?”, se pregunta Juan Carlos Rodríguez al inicio de su nuevo ensayo, De qué hablamos cuando hablamos de marxismo. Desde luego –se responde el autor– no es el del comunismo, sino el del capitalismo neoliberal.

Porque, en efecto, el capitalismo parece haberse convertido en un fantasma. No en balde cumple el requisito básico que debe caracterizar a un fantasma: es invisible, no lo vemos. Pero, ¿por qué no lo vemos? El capitalismo se ha hecho naturaleza, es nuestra vida, se ha convertido en nuestra piel y en nuestro inconsciente. Está dentro de nosotros. Y en consecuencia podemos ver sus efectos (sus guerras, su paro, sus recortes, su corrupción y su muerte), pues están delante de nuestros ojos a diario, pero somos incapaces de señalar con el dedo al capitalismo como la causa que los origina. Se ven los efectos pero no las causas. Luego, las consecuencias políticas son inmediatas. De este modo tan claro lo explica Juan Carlos Rodríguez en De qué hablamos cuando hablamos de marxismo:

“Si la infraestructura (o sea, las relaciones socio-económicas) se convierten en un fantasma evanescente, entonces nadie –y nunca jamás– va a hablar o a luchar contra el capitalismo en sí mismo, sino solo contra sus pequeños o grandes fallos o lagunas: contra los banqueros malos, contra los ejecutivos deshonestos, contra los jueces corruptos, contra los gobiernos aviesos, contra la Merkel déspota, lo que se quiera. No importa, puesto que el capitalismo es nuestra vida sin más y contra eso no se habla. Por eso decimos que hoy el capitalismo como tal, su infraestructura de explotación de vida, ha desaparecido, se ha evaporado de nuestro lenguaje de nuestro consciente/inconsciente cotidiano”.

Si el capitalismo se ha convertido en fantasma y por consiguiente no lo vemos, ¿cómo combatirlo? La respuesta parece clara: volviendo a hablar de marxismo. Porque solamente el marxismo es capaz de hacer visible lo invisible, de objetivar el capitalismo, de hacer sólido lo que se desvanece en el aire, de materializar el fantasma, de devolverle el cuerpo. Ya no basta con arrancarle al capitalismo el velo idealista que cubría sus relaciones sociales; más bien se trata de echarle el velo encima al fantasma, de cubrirlo con una sábana, para saber por dónde anda.

Pero, ¿cómo lograrlo?, ¿cómo hablar de marxismo hoy? De nuevo la respuesta parece bastante obvia: hablando desde la explotación y contra la explotación; pero más complicado resulta construir este discurso. Es ciertamente una tarea ardua hablar de marxismo, articular un discurso desde y contra la explotación, si tenemos en cuenta, como mínimo, las cuatro dificultades que se extraen del ensayo de Juan Carlos Rodríguez para hablar de marxismo hoy, cuando el fantasma de la explotación ha pasado a integrarse en nuestra cotidianidad.

La primera dificultad reside en el yo: si el capitalismo se encuentra en nuestro inconsciente, cambiar el capitalismo implica asimismo romper con nosotros mismos, con nuestra vida; y eso es tremendamente difícil, porque puede parecer fácil luchar contra el capitalismo, pero más complicado resulta luchar también contra nosotros. Porque, como decía Althusser, y Juan Carlos Rodríguez lo cita en su ensayo, “para cambiar el mundo de base (y junto a otras muchas cosas) es preciso cambiar, de base, nuestra manera de pensar”. El segundo obstáculo tiene que ver con la recepción del mensaje: porque quien hoy articula un discurso disidente está abocado al silencio, condenado al ostracismo. No en balde señala Juan Carlos Rodríguez en su ensayo dos citas muy bien atinadas; la primera, extraída de Galileo Galilei de Bertolt Brecht, dice: “Nadie puede ver mucho tiempo cómo dejo caer una piedra y decir que no cae (...) Pensar es uno de los mayores placeres del ser humano (...) ¿pero cuánto tiempo podré seguir hablando solo con las paredes? Esa es la pregunta”. La segunda cita pertenece a Góngora: “Gastar en Guinea razones / y cruces en Berbería”, es decir, y como glosa el propio autor: “si en el siglo XVII intentabas “predicar” en Guinea o intentabas colocar unas cruces entre los bereberes, evidentemente ya se sabía cuál iba a ser el resultado: te degollarían en cuanto empezaras a hacerlo”. Y esto es precisamente lo que ocurre hoy cuando hablamos de marxismo: porque quien posee los medios de producción de las palabras difícilmente habilitará un espacio, una tribuna de análisis o de opinión, a quien articule un discurso contrahegemónico. Al contrario, quien hable de marxismo terminará degollado o le dejarán hablando solo con las paredes.

La tercera dificultad que señala Juan Carlos Rodríguez en De qué hablamos cuando hablamos de marxismo tiene que ver con la aparición de un nuevo fantasma: el fantasma del estalinismo, siempre invocado por quien quiere desacreditar el marxismo y frente al cual, señala el autor, los marxistas tienen que estar constantemente justificándose. El cuarto y último obstáculo se encuentra en el lenguaje, en nuestro lenguaje, que suena anticuado y al que se le atribuye, con insistencia, su incapacidad para comunicar con la gente, lo que no puede leerse sino como un síntoma de que nuestro lenguaje se ha convertido en una acumulación de muertos vivientes. Hay que construir un lenguaje otro capaz de superar el capitalismo.

Con De qué hablamos cuando hablamos de marxismo, Juan Carlos Rodríguez trata de responder lo que el título de su ensayo anuncia. Porque se habla mucho de marxismo, pero la más de las veces difícilmente se sabe de qué se está hablando exactamente. Como Raymond Carver que observa que en su entorno todo el mundo habla de amor pero nadie sabe exactamente de qué hablamos cuando hablamos de amor, este ensayo tampoco pretende dar una respuesta definitiva sobre de qué hablamos cuando hablamos de marxismo, sobre qué es el marxismo. Su propio autor reconoce, en su introducción, que más que respuestas propone “preguntas y más preguntas”, y que estas no tienen más objetivo que “abandonar la ignorancia y los prejuicios y encender alguna luz sobre lo que significa –o puede significar– de hecho el marxismo como horizonte vital”. Un libro imprescindible que, sin duda, arrojará algo de luz y encontrará el lector más respuestas que las que el autor pretende ofrecer.

Y acaso también encuentre el lector alguna sábana con la que cubrir a este fantasma neoliberal que recorre hoy Europa. Porque con la sábana sobre su espectro seguro que esta vez el fantasma no se nos escapa.
David Becerra Mayor / Mundo Obrero, nº 269 (febrero, 2014), pág. 27.