
Decía Juan Carlos Rodríguez, en su libro Literatura, moda y erotismo: el deseo
(I&CILE, 2003), que «tal vez habría que preocuparse no sólo por las
enfermedades físicas del capitalismo sino también por las enfermedades
psíquicas que provoca». La trabajadora de Elvira Navarro recoge
la proposición del profesor de la Universidad de Granada y sitúa el
foco de su trama en las enfermedades psíquicas de un sujeto propio del
capitalismo avanzado, descentrado e inestable, que experimenta la
dificultad de vivir y sobrevivir con dignidad en un mercado laboral cada
vez más precarizado.
La novela está protagonizada por dos mujeres, Elisa y Susana, que se ven
obligadas a compartir piso, en un periférico barrio de Madrid, cuando
las dos han alcanzado la madurez vital y profesional, y han superado
aquellos tiempos de juventud en los que el relato dominante les prometía
que con una alta formación académica podrían optar a un trabajo estable
y bien remunerado que, a su vez, les permitiría ser independientes y
vivir cierta holgura. Pero no: tras la Universidad, los másters
y las estancias en el extranjero, no está el paraíso, más bien el
infierno de las prácticas no remuneradas y los contratos temporales que
se encadenan ad infinitum. Elisa, la protagonista, descubre el
lado oculto de la ideología de la flexibilidad laboral, que se traduce
en un trabajo mal remunerado y ocupando puestos de trabajo que en
ocasiones requieren menos formación que la que el trabajador ostenta. En
La trabajadora sus protagonistas son las víctimas de las
nuevas relaciones de explotación capitalistas: Elisa es una novelista
sin éxito que trabaja, como freelance, de correctora en una
editorial que ha externalizado gran parte de sus funciones y que
subcontrata, para su realización, a colaboradores externos, más baratos;
y Susana, un personaje extraño sin pasado, de quien sabemos que, a
pesar de sus aptitudes artísticas, trabaja de teleoperadora en un call center.
La trabajadora de Elvira Navarro podría leerse como una novela
que pone en escena la frustración que sufre la llamada «generación mejor
formada de la Historia de España» cuando, en plena crisis, descubre de
pronto que sus expectativas de vida y de trabajo se desmoronan ante sus
ojos. Su burbuja se pincha y en vez de encontrar puestos de trabajo bien
pagados, acordes con su formación, no hallan más horizonte que el de la
precariedad. Y, en consecuencia, forman parte de la primera generación
que vive peor que la de sus padres, contraviniendo la denominada «ley
del progreso», como si de una anomalía se tratara. Pero no se trata de
anomalía alguna, sino de la normalidad en el capitalismo; lo anómalo era
que, en los tiempos del excedente, los hijos de la clase trabajadora
pudieran tener acceso a estudios universitario. Los tiempos del
excedente han terminado y volvemos a la normalidad capitalista, y cada
cual a su sitio.
Con la crisis, desaparece la llamada «clase media» –la gran
mistificación que alumbró el ocaso de la lucha de clases y sentó las
bases de la denominada «paz social»– y los trabajadores cualificados no
pueden sino sufrir un efecto de proletarización, descubriendo como
propio lo que creían que era un mal ajeno. Ante esta situación hay dos
salidas: elevar –en sentido gramsciano– la conciencia y participar en
una acción colectiva revolucionaria, o sufrir algún tipo de patología
mental, como le sucede a la protagonista de La trabajadora.
Porque es muy difícil, parece decirnos la novela, emprender una acción
colectiva cuando no somos sino un «Coro de Personas Solas». El
capitalismo ha destruido el nosotros y, en esta situación de
aislamiento individual, donde el sentimiento solidario es desplazado por
el sentir solitario, el conflicto se interpreta como asimismo
individual: Elisa es incapaz de aprovechar el tiempo de trabajo y en
consecuencia no alcanza los objetivos de productividad programados por
la empresa que la subcontrata, y le acecha un sentimiento de
frustración, de culpabilidad y de fracaso. No interpreta su situación
como un efecto del sistema, sino como una incapacidad personal; lo cual
responde al ideologema básico del capitalismo: no hay pobres, sino
perdedores. Y, viéndose a sí misma como perdedora, como un sujeto
incapaz de competir y sacar rentabilidad en la competitividad cotidiana
del capitalismo, enloquece. Sufre alucinaciones, ataques de pánico,
hormigueo en las piernas y en los brazos. En el capitalismo avanzado, en
vez de acudir al sindicato asistimos al psiquiatra; y en lugar de
politizar el conflicto, éste se borra por medio de la medicación. Por
eso, a pesar de la precariedad y la extracción de plusvalía absoluta y
relativa, y del concurso de acreedores que atraviesa la empresa en la
que trabaja Elisa, no hubo revuelo en la oficina, todo seguía «en el
mismo orden de siempre, primoroso y eficaz, como si nada hubiera
ocurrido».
¿En qué se diferencia La trabajadora de otros títulos de la
narrativa actual donde el conflicto se interpreta en clave psicologista?
La respuesta está en que Elvira Navarro le da la vuelta al esquema
dominante: la enfermedad psíquica es consecuencia de la precariedad y no
al revés. En mi ensayo La novela de la no-ideología
(Tierradenadie, 2013) analicé el modo en que en la novela española
actual la huella de lo político y lo social ha sido borrada a favor de
una lectura individualista, moral o psicologista de los conflictos. Todo
se reduce a un conflicto interior y el afuera si apenas existe
es como escenario. Las páginas de la última hora de la novela española
están llenas de sujetos descentrados, histéricos e inestables, que como
Elisa y Susana tienen serias dificultades para llevar una vida plena y
ordenada, en lo erótico y en lo laboral. Pero en La trabajadora de Elvira Navarro sucede justamente lo contrario: el exterior es lo que determina el interior
del individuo, es la precariedad de un mercado laboral flexibilizado e
inestable lo que impide a los sujetos construir una narrativa de vida
coherente, labrarse un futuro, construir un horizonte vital sobre el que
dirigir sus pasos. El capitalismo produce su locura.
En este sentido, La trabajadora de Elvira Navarro es un soplo de aire
fresco en el ámbito de la narrativa española actual, que había
acostumbrado al lector a intrigas complacientes y cómplices con el
sistema, ocultando la materialidad de nuestros trastornos,
preocupaciones y conflictos, como si quisieran transmitirnos la idea de
que la explicación de todo lo que nos ocurre se halla en nuestro
interior. Pero la verdad está ahí fuera, parece decirnos La trabajadora;
una novela que abre las ventanas de la literatura, acaso para airearla
un poco –que falta le hace–, acaso para que, desde la novela, podamos
asomar la cabeza a la calle y observar el exterior, porque el exterior
es lo que nos construye.
David Becerra Mayor // Publicado en Mundo Obrero, nº 271 (abril, 2014), pág. 27.