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jueves, 10 de diciembre de 2015

Juventud sin presente

Cuando el 15 de mayo de 2011 bajamos a las plazas y desplegamos una pancarta que decía «Juventud sin futuro», quizá pecamos de optimistas. Porque, golpeados por la crisis, no es que no tuviéramos futuro; es que ni siquiera teníamos presente. La juventud observaba que su horizonte de expectativas se había derrumbado y que aquellas promesas de futuro a la generación mejor formada de España de pronto se desvanecían. Dolía comprobar que nos habían robado el futuro; pero más iba a doler descubrir que también nos habían robado el presente.

El perfil sociológico de quien acampó en la madrileña Puerta del Sol –y en otras plazas españolas (me ha traicionado el inconsciente centralista)– era el de un estudiante universitario recién aterrizado a un mercado laboral precarizado. A la generación mejor formada no le correspondía la profesión mejor pagada. Su indignación era la consecuencia lógica de una promesa incumplida. La promesa de que su esfuerzo sería recompensado en el futuro se desmoronaba. Además, el conocimiento desclasa siempre hacia arriba y, con un título bajo el brazo, volver a la precariedad cuesta. La precariedad parece que siempre la sufren los otros y que no nos va a tocar a nosotros. Muchos de los pertenecientes a la juventud mejor formada de España han protagonizado este proceso. La juventud sin futuro.

Otros no necesitaron la llegada de la crisis para saber qué era la precariedad. Vivían en la exclusión social ya antes de la caída de Lehman Brothers. Quizá por eso no bajaron a las plazas a compartir su indignación. No habían perdido nada, porque nunca tuvieron nada. No habían perdido el futuro, porque ni siquiera tenían presente. De esa juventud «sin presente» habla la segunda novela del Lionel Tran, Sin presente. Se trata de una novela que, como sucede siempre con las segundas novelas, corría el peligro de decepcionar al lector sacudido por la primera novela de Tran, Sida mental (Periférica, 2008). Su primera novela –también reseñada en estas páginas– presentaba una revisión –en el buen sentido de la palabra– del sesentayochismo, y lo hacía a través de un texto construido desde la violencia. Pero no violencia solo en la trama, también se violentaba el lenguaje, el estilo, el propio género narrativo. Sin presente vuelve a sacudir al lector por medio de una trama protagonizada por unos jóvenes nacidos a comienzos de los años sesenta en un barrio periférico de Lyon, en el suburbio de Vaulx-en-Velin. Crecen con los ecos de un nuevo mundo que nace, el del «Fin de la Historia» proclamada por Fukuyama tras la caída del muro de Berlín, de la crisis del petróleo, de la reestructuración industrial, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, la mercantilización de la vida, la guerra del Golfo, Maastricht, la flexibilidad laboral, la sociedad del espectáculo.

En este contexto, estos jóvenes se reconocen como una «generación sin ideales, una Bof Génération». Si estamos en el Fin de la Historia, ¿para qué luchar, si no hay horizonte posible?, se preguntarán inevitablemente. Habrá quien tendrá posibilidades de sustituir los viejos ideales políticos por metas individualistas, y dedicará su vida a «tener éxito», pero ni siquiera eso es posible en un suburbio de Lyon. Las drogas, el sida o el paro son su único horizonte. «Dejamos el instituto, la facultad, las escuelas privadas, ni tenemos trabajo ni lo queremos». Lo que se denomina en España NI-NI no es una opción, sino la consecuencia de un contexto socioeconómico –lo que vale decir, político.

«La revolución no tendrá lugar aquí», afirman. Esta generación desencantada es funcional al sistema que la excluye. No son peligrosos, ya que han renunciado a la revolución. No convierten su desencanto en potencial revolucionario, y eso les hace inofensivos. Han perdido toda esperanza. Sin embargo, la violencia que soportan es tan fuerte que puede llegar a desbordar la apatía de jóvenes como ellos y estallar en algún momento. Y eso también lo saben: «Esperamos, algo va a pasar, está en el aire, sentimos cómo sube la tensión, cómo aumenta, ya no se puede dar un paso sin darse de bruces con la policía, sin que te registren las brigadas antidelincuencia de paisano [...], se queman coches en los barrios, se saquean supermercados, los parados se manifiestan, las huelgas paralizan el país, el precio de la gasolina no deja de subir, la abstención gana terreno, esto va a explotar, es palpable, no es paranoia, la presión aumenta». Ya lo cuentan los diarios: «una bombona de butano llena de clavos y pernos explota en el metro parisino» y se ha producido un «tiroteo en los alrededores de Lyon».

La violencia cotidiana que soportan sus cuerpos, día a día, tal vez encontrará su reacción. No quieren cambiar el mundo –han asumido que es imposible– y no tienen conciencia política, pero, como reconoce el protagonista al final de la novela, «sientes que en el fondo de ti germina la ira, una ira fría». Que la ira que germina termine en un motín o una Revolución depende de nosotros mismos.

David Becerra Mayor // Mundo Obrero, nº 289 (octubre 2015). Fuente: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=5216

martes, 27 de mayo de 2014

"Teoría y práctica de la censura"

Sobre No tan incendiario y Amor fou de Marta Sanz

Este texto aspira a manchar de tinta las manos que lo agarren». Con estas palabras declara sus intenciones Marta Sanz en los primeros párrafos de su ensayo No tan incendiario (Periférica, 2014). Un libro que reúne las reflexiones de la autora alrededor de la literatura, desde su posición de lectora, pero también –y principalmente– como escritora, como productora de textos y de ideas. Ambas facetas –o puntos de partida– comparten un denominador común claro: la mirada crítica con la que Marta Sanz se enfrenta a la realidad y sus representaciones, a la literatura como conocimiento, como discurso público, pero también como objeto de consumo, como espectáculo vacío, como actividad de ocio destinada a ocupar el tiempo libre a la que ha sido abocada la cultura en el capitalismo. Frente a las posiciones dominantes y siempre complacientes en torno a lo literario, No tan incendiario es una propuesta de debate.
     Y para animar el debate, Sanz insta a los lectores a que vuelvan «a pensar [la cultura] en clave marxista», esto es, a concebir «la cultura como artefacto ideológico [que] conforma una visión del mundo». Nadie escribe desde el vacío; siempre se escribe desde un lleno ideológico. Hay que ser consciente de ello para tratar de cuestionar el sistema que nos construye como subjetividades insertadas en su maquinaria reproductora. El primer paso acaso sea –señala Sanz– el desahucio del escritor de su clásica torre de marfil, para que pise la calle y abandone el papel de genio místico inspirado que le ha asignado la ideología dominante y que tradicionalmente le ha acompañado. Pero a su vez Marta Sanz reclama a los escritores de izquierda que no renuncien a la lucha por el lenguaje y que reivindiquen como propias palabras como libertad, solidaridad, compromiso, fraternidad, etc., que forman parte de nuestra tradición política, pero que han sido arrebatadas por el pensamiento único y la publicidad. No podemos permanecer impasibles ante el rapto del lenguaje.
     No tan incendiario de Marta Sanz cuestiona también el «totalitarismo del mercado cultural», que impone «la urgencia de complacer al mercado» mediante la imposición de la «consigna “No molestar”». En el capitalismo, dice Sanz, «no es de extrañar que el producto cultural sea efímero (fast food cultura: traga y defeca). Es preciso mover mucho dinero en poco tiempo, de modo que no debemos asombrarnos de que las librerías de fondo se vayan extinguiendo a un ritmo vertiginoso ni de que proliferen los grandes supermercados y superficies culturales». El diagnóstico que ofrece Marta Sanz es claro: «la cultura queda reducida a una sola de sus facetas: la de mero objeto de consumo». En consecuencia, el mercado ejerce un nuevo tipo de censura: aquello que no es rentable, no se publica. Los libros prohibidos del capitalismo no son aquellos que cuestionan su orden económico y político, sino los que no obedezcan al principio básico del capital: la obtención de ganancia. Las llamas de la Inquisición capitalista –en forma de guillotinas en los almacenes de las imprentas– esperan a los herejes del mercado: los libros que no aparecen en las listas de los más vendidos.
     Pero no seamos ingenuos. No caigamos en la trampa de pensar que solamente la rentabilidad marca lo que se publica y lo que no. Aunque es cierto que en el capitalismo avanzado se ha privatizado la censura –no la ejerce el Estado sino las empresas privadas que poseen los medios de producción de las palabras– la única censura existente no es la que imponen libros de contabilidad mercantil. También existe una censura política. La última novela publicada –que no escrita– de Marta Sanz, Amor fou (La Pereza, 2013) es una prueba de ello. Se trata de una novela escrita entre 2006 y 2008, pero que nunca llegaría a publicarse en España. Amor fou ha sido publicada a finales de 2013 en la editorial norteamericana La Pereza, con prólogo de Isaac Rosa, tras ser denegada su publicación en varias editoriales españolas. 

Pero, ¿por qué no pudo publicarse? Evidentemente, si preguntáramos a las editoriales que rechazaron el manuscrito, éstas nos remitirían de inmediato a la –supuestamente negativa– calidad del texto; aunque si acudimos a la trama de la novela comprobaremos que es lo sufrientemente explícita como para sacar conclusiones. Amor fou está protagonizada por activistas sociales que, no sin contradicciones, participan en el movimiento okupa. A través de ellos, la novela cuenta –y denuncia– la represión ejercida por los aparatos de Estado y narra cómo los «policías pegaron una sola patada a la puerta y la destrozaron» para desalojar el centro okupado. Tras el desahucio detienen a muchos de los activistas sociales. Entre ellos se encuentra Lala, su protagonista, que sufre vejaciones y humillaciones en la celda. Si bien Lala no sufre ningún tipo de violencia física, aunque sí psicológica, durante su detención, otros compañeros parecen haber sido torturados en la celda: «un rumor ha llegado a mis oídos [dice Lala]: alguien introdujo en el culo de Chavi [activista okupa] el cañón una pistola descargada y jugó a la ruleta rusa». Aunque Lala reconoce que no puede verificar el rumor, la función del abogado Adrián es demostrar que estas denuncias no son una invención de los detenidos dispuestos a reafirmar su papel de víctima, con el objeto de ser absueltos. Adrián trabaja para visibilizar la existencia –siempre negada por las instituciones– de la tortura en las comisarias:
«A diario Adrián en los tribunales se pone enfrente de los comisarios y los tenientes. No sabe durante cuánto tiempo va a poder seguir haciéndolo, porque Adrián lucha por erradicar enfermedades que en apariencia no existen. Vaginas escarbadas y bolsas de plástico en la cabeza. Madres incrédulas que culpan a sus hijos de lo que les han hecho sus torturadores. Porque es imposible. Manifestantes acusados de terrorismo. Al fondo, un contenedor arde».
Este retrato de la policía como aparato represivo contrasta sobremanera con la imagen oficial que describe al cuerpo policial como un servicio público que trabaja para proteger la seguridad de la ciudadanía. La denuncia ante los abusos policiales se convierte en el tema narrativo que contraviene el relato oficial sobre las fuerzas del orden en España, siempre dibujados como héroes en seriales televisivos y en prensa de sucesos. Y acaso por este motivo, por transgredir el consenso alcanzado en torno a la policía española sobre la que se ha dicho, tal vez para oponerla a la del régimen dictatorial, que era una policía democrática, acaso por este motivo –decíamos– Amor fou nunca se ha publicado en España y forma parte de los libros prohibidos de Marta Sanz. Estamos, ciertamente, ante un caso de lo que podríamos denominar censura blanda: se rechaza la publicación, pero nunca se le dice abiertamente a su autora que el motivo se encuentra en el trato de temas espinosos, sino que se escudan en cuestiones estéticas, de estilo, con la que se pretende justificar los motivos por los que la publicación de esta novela ha sido denegada. No es la primera vez que para censurar la presencia de la ideología antagonista en la literatura se escudan en la estética.

David Becerra Mayor // Publicado en Mundo Obrero, nº 272 (mayo 2014), pág. 28.