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viernes, 28 de febrero de 2020
martes, 2 de julio de 2019
Spain After the Indignados/15M Movement The 99% Speaks Out
Editors:
Pereira-Zazo, Óscar, Torres, Steven L. (Eds.)
https://www.palgrave.com/gp/book/9783030194345
Spain After the Indignados/15M Movement explores how the
aftershocks of the 2007 Great Recession restructured Spain’s political
sphere and political imaginary. It brings together a representative
sample of Spain’s leading progressive voices, including two of the five
founding members of the Podemos party. The essays herein explore the
areas of economics, politics, ecology, social change, media, and
cultural politics in order to present a broad, critical account of
contemporary Spain, with a special emphasis on emerging forms of
sociopolitical contestation, self-organizing, democratic participation,
and radical politics. The edited volume argues that Spanish cultural
studies—which originally gravitated toward celebratory accounts of
capitalist modernization, the cultural Movida and the advent of a
postmodern Spain—must continue to build a new cultural politics that not
only challenges the accepted narrative of the Spanish Transition to
democracy, but that is committed to confronting the civilizatory
challenges currently faced.
https://www.palgrave.com/gp/book/9783030194345
Spain After the Indignados/15M Movement explores how the
aftershocks of the 2007 Great Recession restructured Spain’s political
sphere and political imaginary. It brings together a representative
sample of Spain’s leading progressive voices, including two of the five
founding members of the Podemos party. The essays herein explore the
areas of economics, politics, ecology, social change, media, and
cultural politics in order to present a broad, critical account of
contemporary Spain, with a special emphasis on emerging forms of
sociopolitical contestation, self-organizing, democratic participation,
and radical politics. The edited volume argues that Spanish cultural
studies—which originally gravitated toward celebratory accounts of
capitalist modernization, the cultural Movida and the advent of a
postmodern Spain—must continue to build a new cultural politics that not
only challenges the accepted narrative of the Spanish Transition to
democracy, but that is committed to confronting the civilizatory
challenges currently faced.Table of contents (20 chapters)
-
Introduction: After the 15MPereira-Zazo, Óscar (et al.)
-
15M and Indignant Democracy: Legitimation Problems Within Neoliberal CapitalismMonedero, Juan Carlos
-
“Populism” as the Task of Constructing a People for ChangeAlegre Zahonero, Luis
-
Podemos in Spain: Limits and Possibilities for ChangeAlba Rico, Santiago
-
The 15M and the Financialization of Spanish SocietyFernández-Steinko, Armando
-
Basic Income: A Rational Proposal Guaranteeing the Material Existence of the PopulationRaventós, Daniel (et al.)
-
Feminism and Environmentalism in Dialogue with the 15M and the New Political Cycle in SpainHerrero, Yayo
-
The Podemos Phenomenon and the Crisis of CivilizationSantiago Muíño, Emilio
-
Toward a Postindustrial Left in Spain: Political Parties and Social Movements Facing the Collapse of CivilizationCasal-Lodeiro, Manuel
-
Media Control and Emancipation: The Public Sphere in Post-15M SpainFaber, Sebastiaan (et al.)
-
Breaking the Walls of the Palace: The 15M Facing the Mass Media and the Culture IndustryRendueles, César (et al.)
-
From the Politicization of Life to the New PoliticsGarcés, Marina
-
Post-15M Grassroots Interventions in and for Public Space: Resurgence in Everyday Forms of Control and ResistanceSaltzman, Megan
-
PAH, the Platform for People Affected by Mortgages: A Transformative and Poliethical MobilizationMir Garcia, Jordi
-
Culture a la contra: A Cultural Paradigm Toward Alternatives to the Civilizatory and Ecological CrisisÁlvarez-Blanco, Palmar
-
Reasons to CelebrateSan Juan, Alberto
-
Ending the Culture of Fear Once and for All: Notes on NegraBlanca and Other Forms of Post-15M EmpowermentMoreno-Caballud, Luis (et al.)
-
Broken AuthoritiesGopegui, Belén
-
A Specter Is Haunting the Recent Spanish NovelBecerra-Mayor, David
-
Conclusion: Toward a New Cultural Politics for SpainPereira-Zazo, Óscar (et al.)
martes, 7 de mayo de 2019
domingo, 17 de marzo de 2019
NeMLA Conference - Washington, DC, 21-24 marzo 2019
Etiquetas:
15M,
acontecimiento,
Crisis,
exhumación,
imaginario,
NeMLA,
Washigton
jueves, 10 de diciembre de 2015
Juventud sin presente
Cuando el 15 de mayo de 2011 bajamos a las plazas y desplegamos una
pancarta que decía «Juventud sin futuro», quizá pecamos de optimistas.
Porque, golpeados por la crisis, no es que no tuviéramos futuro; es que
ni siquiera teníamos presente. La juventud observaba que su horizonte de
expectativas se había derrumbado y que aquellas promesas de futuro a la
generación mejor formada de España de pronto se desvanecían. Dolía
comprobar que nos habían robado el futuro; pero más iba a doler
descubrir que también nos habían robado el presente.
El perfil sociológico de quien acampó en la madrileña Puerta del Sol –y en otras plazas españolas (me ha traicionado el inconsciente centralista)– era el de un estudiante universitario recién aterrizado a un mercado laboral precarizado. A la generación mejor formada no le correspondía la profesión mejor pagada. Su indignación era la consecuencia lógica de una promesa incumplida. La promesa de que su esfuerzo sería recompensado en el futuro se desmoronaba. Además, el conocimiento desclasa siempre hacia arriba y, con un título bajo el brazo, volver a la precariedad cuesta. La precariedad parece que siempre la sufren los otros y que no nos va a tocar a nosotros. Muchos de los pertenecientes a la juventud mejor formada de España han protagonizado este proceso. La juventud sin futuro.
El perfil sociológico de quien acampó en la madrileña Puerta del Sol –y en otras plazas españolas (me ha traicionado el inconsciente centralista)– era el de un estudiante universitario recién aterrizado a un mercado laboral precarizado. A la generación mejor formada no le correspondía la profesión mejor pagada. Su indignación era la consecuencia lógica de una promesa incumplida. La promesa de que su esfuerzo sería recompensado en el futuro se desmoronaba. Además, el conocimiento desclasa siempre hacia arriba y, con un título bajo el brazo, volver a la precariedad cuesta. La precariedad parece que siempre la sufren los otros y que no nos va a tocar a nosotros. Muchos de los pertenecientes a la juventud mejor formada de España han protagonizado este proceso. La juventud sin futuro.
Otros no necesitaron la llegada de la crisis para saber qué era la precariedad. Vivían en la exclusión social ya antes de la caída de Lehman Brothers. Quizá por eso no bajaron a las plazas a compartir su indignación. No habían perdido nada, porque nunca tuvieron nada. No habían perdido el futuro, porque ni siquiera tenían presente. De esa juventud «sin presente» habla la segunda novela del Lionel Tran, Sin presente. Se trata de una novela que, como sucede siempre con las segundas novelas, corría el peligro de decepcionar al lector sacudido por la primera novela de Tran, Sida mental (Periférica, 2008). Su primera novela –también reseñada en estas páginas– presentaba una revisión –en el buen sentido de la palabra– del sesentayochismo, y lo hacía a través de un texto construido desde la violencia. Pero no violencia solo en la trama, también se violentaba el lenguaje, el estilo, el propio género narrativo. Sin presente vuelve a sacudir al lector por medio de una trama protagonizada por unos jóvenes nacidos a comienzos de los años sesenta en un barrio periférico de Lyon, en el suburbio de Vaulx-en-Velin. Crecen con los ecos de un nuevo mundo que nace, el del «Fin de la Historia» proclamada por Fukuyama tras la caída del muro de Berlín, de la crisis del petróleo, de la reestructuración industrial, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, la mercantilización de la vida, la guerra del Golfo, Maastricht, la flexibilidad laboral, la sociedad del espectáculo.
En este contexto, estos jóvenes se reconocen como una «generación sin ideales, una Bof Génération». Si estamos en el Fin de la Historia, ¿para qué luchar, si no hay horizonte posible?, se preguntarán inevitablemente. Habrá quien tendrá posibilidades de sustituir los viejos ideales políticos por metas individualistas, y dedicará su vida a «tener éxito», pero ni siquiera eso es posible en un suburbio de Lyon. Las drogas, el sida o el paro son su único horizonte. «Dejamos el instituto, la facultad, las escuelas privadas, ni tenemos trabajo ni lo queremos». Lo que se denomina en España NI-NI no es una opción, sino la consecuencia de un contexto socioeconómico –lo que vale decir, político.
«La revolución no tendrá lugar aquí», afirman. Esta generación desencantada es funcional al sistema que la excluye. No son peligrosos, ya que han renunciado a la revolución. No convierten su desencanto en potencial revolucionario, y eso les hace inofensivos. Han perdido toda esperanza. Sin embargo, la violencia que soportan es tan fuerte que puede llegar a desbordar la apatía de jóvenes como ellos y estallar en algún momento. Y eso también lo saben: «Esperamos, algo va a pasar, está en el aire, sentimos cómo sube la tensión, cómo aumenta, ya no se puede dar un paso sin darse de bruces con la policía, sin que te registren las brigadas antidelincuencia de paisano [...], se queman coches en los barrios, se saquean supermercados, los parados se manifiestan, las huelgas paralizan el país, el precio de la gasolina no deja de subir, la abstención gana terreno, esto va a explotar, es palpable, no es paranoia, la presión aumenta». Ya lo cuentan los diarios: «una bombona de butano llena de clavos y pernos explota en el metro parisino» y se ha producido un «tiroteo en los alrededores de Lyon».
La violencia cotidiana que soportan sus cuerpos, día a día, tal vez encontrará su reacción. No quieren cambiar el mundo –han asumido que es imposible– y no tienen conciencia política, pero, como reconoce el protagonista al final de la novela, «sientes que en el fondo de ti germina la ira, una ira fría». Que la ira que germina termine en un motín o una Revolución depende de nosotros mismos.
David Becerra Mayor // Mundo Obrero, nº 289 (octubre 2015). Fuente: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=5216
lunes, 27 de julio de 2015
El consenso o la lógica cultural de la democracia española
En las últimas décadas se ha instalado en España, como una suerte de
sentido común, que la cultura ocupa un espacio diferenciado, autónomo,
regido por sus propias normas, al margen de la política y la sociedad.
En este escenario, la cultura solo rinde cuentas ante sí misma y nadie
debe exigirle que intervenga, que reflexione sobre lo común, que
cuestione la realidad en la que nace y se consume, que interpele al
ciudadano para tratar de transformar el estado de las cosas. Estas
prácticas, dirán, pertenecen al pasado, nos devuelven la imagen, ya
amarillenta, del intelectual orgánico que con un aséptico estilo
realista ponía la cultura –la literatura, el cine, la pintura– al
servicio de la política, haciendo un flaco favor al arte, que se
malograba por el camino. Esta idea se ha vuelto dominante en nuestros
días, pero lo cierto es que no es más que una mistificación ideológica,
pues hoy la cultura interviene más que nunca, salvo que no lo hace para
cuestionar las relaciones de poder, sino para legitimarlas.
La cultura española de las últimas décadas no ha hecho otra cosa que intervenir, celebrando y apuntalando el valor del consenso como
elemento constitutivo de la estabilidad política de la España
post-franquista. Sobre la configuración de la cultura del consenso,
trata el libro de Luisa Elena Delgado, La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española (1996-2011) (Siglo
XXI, 2014)*. Desde la metodología de los «estudios culturales», y en
diálogo con teóricos como Rancière, Espósito o Žižek, Luisa Elena
Delgado, profesora de Literatura española de la Universidad de Illinois,
propone en las páginas de su ensayo un cuestionamiento de la lógica
cultural de la democracia española. A través del análisis de novelas,
películas, de tiras cómicas o artículos de opinión publicados en prensa,
anuncios televisivos e incluso del análisis de las lecturas que se
hicieron tras el Mundial del fútbol de 2010 del que salió victoriosa la
selección española, nos ofrece un magnífico fresco sobre el papel que ha
representado la cultura en la España post-franquista, en su función de
construir y legitimar una pretendida –o mejor: fantasiosa– normalidad
democrática.
La Cultura de la Transición
Todo empezó acaso con la Transición, con la configuración de lo que
se ha denominado –el éxito del sintagma se lo debemos sin duda a Guillem
Martínez– la Cultura de la Transición (CT). Para superar
viejos conflictos y cerrar las heridas del pasado, la democracia
española se construyó sobre la idea del «consenso». El sentido común de
la época revelaba la necesidad de limar asperezas, de dejar de lado
particularismos y excentricismos por «el bien de todos», porque solo
remando conjuntamente era posible construir un futuro de prosperidad,
progreso y modernidad. Y la cultura –que en absoluto es un discurso
autónomo por mucho que se empeñen en ello sus mistificadores– empezó a
calentar motores para legitimar discursos que cohesionaran a la sociedad
española, borrando sus diferencias históricas y culturales y
demonizando sus disidencias internas.
Para lograr la estabilidad y la normalidad democrática, el centro
–geográfico, pero también político– necesitaba alcanzar acuerdos con la
periferia. Pero lo cierto es que no hay consenso democrático cuando la
otra parte no se reconoce como legítima, y finalmente se impone, como
falso consenso, la visión del mundo que representa el centro, que se ve
con la legitimidad de representar el todo, aunque exista una parte muy
significativa de la sociedad que no se sienta en absoluto representada
en ese todo. El centro se apresura, pues, a negar al otro, a la parte
que no se reconoce en el todo, a borrarlo, a cuestionar su legitimidad
como parte constitutiva del todo.
La cultura, lejos de subrayar la heterogeneidad del Estado español y
celebrar su pluralidad, se ha encargado de borrar los particularismos
que, desde el centro, se observan como elementos que hacen peligrar la
normalidad democrática. Luisa Elena Delgado señala en La nación singular el modo en que las películas cuya acción transcurre en Cataluña –y pone como ejemplo Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar– se construyen sobre una borradura de la diferencia, de
lo particular, cultural y lingüístico; si bien en ésta u otras
películas puede aparecer, sin que ello provoque una distorsión, un
personaje que hable con acento canario e incluso en inglés, es raro
escuchar, aunque la acción se desarrolle en Barcelona, a alguien
hablando en catalán o con acento catalán, más allá de dos fugaces y
anecdóticos «adéu». Almodóvar es solo un ejemplo, apunta Delgado, de
cómo se borran las lenguas periféricas peninsulares y se neutralizan
ciertos acentos en la producción cultural dominante española.
La función de la cultura en la España post-franquista no ha sido otra
que la de construir la fantasía de un estado normalizado, es decir,
según la definición que propone Luisa Elena Delgado en La nación singular,
«la idea de un Estado democrático sin antagonismos internos, con
desacuerdos siempre consensuables» que «va ligada en España a la de una
identidad nacional sana, esto es, coherente y cohesiva, unida en sus
objetivos y en su capacidad de defenderse de los elementos extraños que
amenazan su estabilidad». Todo aquello que no encaje dentro del supuesto
consenso será visto como una amenaza contra la estabilidad política y
social, y en consecuencia será demonizado, sea el 15M, las
movilizaciones ciudadanas que son rápidamente criminalizadas o el
«desafío secesionista», que es así como han definido el «derecho a
decidir» aquellos que han patrimonializado lo que debe ser aceptado.
Desde esta lógica, se denuncia lo que no encaja dentro del consenso y se
define como factor de crispación y, por lo tanto, como potencial
elemento disruptivo.
El papel de la cultura, ni neutral ni inocente
Los elementos disruptivos deben ser cohesionados, adheridos a lo que
se considera «la normalidad». El papel de la cultura, en este contexto,
no ha sido neutral ni inocente; muy al contrario, la cultura ha asumido
la función de suturar los elementos disruptivos. La cultura ha sido el
pegamento necesario que ha permitido cohesionar lo que podía llegar a
fracturarse. O dicho más claramente por Luisa Elena Delgado: «la cultura
se entiende como el hilo que tiene que servir para suturar la herida de
la desunión y curar la patología de la desafección nacional». Y, cuando
no ha sido posible la adhesión, se ha identificado al otro como el enemigo que pone en peligro la democracia en España. Esta lógica, como se explica en La nación singular,
parte de la «fijación obsesiva con una otredad en reacción a la cual (a
favor o en contra) se organizan nuestras propias acciones». Todo el
discurso –y la acción política que del discurso deriva– termina
organizándose en función de la actuación de quien se ha tildado de
enemigo. Los particularismos, todo aquello que no se integra en la
lógica del consenso, «se interpreta siempre como un cáncer de la nación
cohesionada y funcional», argumenta Delgado
Frente al fetichismo del consenso, mito fundacional de la democracia
que se presenta como el remedio para todos los males, y siempre que
existe una crisis institucional se termina apelando al consenso, Luisa
Elena Delgado propone en La nación singular que la construcción
de una sociedad en verdad democrática no debe levantarse sobre la
lógica del consenso. El consenso elimina la otredad y expulsa los
particularismos en nombre de una mistificada comunidad, siempre
estática, pura y sin tensiones. Toda comunidad, al contrario, es siempre
conflictiva y el reconocimiento del conflicto es el primer paso para la
construcción de una auténtica sociedad democrática. Frente a la lógica
del consenso, Delgado propone el disenso como elemento constitutivo de
la democracia. Estas son sus palabras: «la discrepancia, lejos de
constituir una fractura que debe ser soldada para preservar la cohesión
social y nacional, apunta precisamente a la cualidad esencial de la
democracia, que consiste en la posibilidad de cuestionamiento de las
formas de compartir, dividir, adjudicar y relacionarse dentro de lo
común».
Una nueva forma de entender la democracia
La nación singular no es solamente un libro que analiza la
cultura del consenso en la España post-franquista; además propone una
nueva forma de entender la democracia, no como la borradura del otro, o en cualquier caso su asimilación por el todo, sino como el reconocimiento de la diferencia
en una comunidad no mistificada, sino en permanente conflicto, en
movimiento, en constante diálogo con las partes que conforman el todo.
Para Delgado el disenso –y no el consenso– constituye la verdadera
esencia de la democracia. De forma mucho más clara que la nuestra queda
expuesto en La nación singular:
«…la expresión “democracia consensual” pone en relación dos términos
contradictorios, que corresponden a dos lógicas muy diferentes. La
lógica del consenso entiende la comunidad como resultado natural de una
forma común de ser, la suma de todas las partes de un todo. Bajo ese
prisma, la identificación con el todo es la única forma de “ser en
común”, y esa forma a su vez está siempre mediada por el estado. La
lógica del disenso, por el contrario, sostiene que la democracia implica
un debate abierto sobre lo que constituye lo común y la división del
todo. En efecto, la comunidad democrática no se puede dar nunca por
cerrada, como constituida de forma permanente. Antes al contrario, tiene
que existir la posibilidad de que en ella quepan formas singulares de
pertenecer a ella. A la vez, la pertenencia a una comunidad no puede
excluir la realidad del litigio político, ni de un antagonismo que tiene
que ser reconocido y negociado. Esto implica una forma de entender la
comunidad, que no se define en base a una delimitación constante de “lo
nuestro”, ni en la convergencia y la cohesión ni en la aspiración
siempre frustrada a la plenitud del todo. La comunidad en su sentido más
democrático debe entenderse como relación transversal, como movimiento
que nos pone en contacto con lo que queda fuera de nosotros, con lo que
evidencia una falta que nos constituye, pero también nos relaciona con
otros».
La nación singular de Luisa Elena Delgado es, pues, un libro
necesario para reflexionar sobre lo que verdaderamente entendemos por
democracia en un momento destituyente como el que vive España desde el
15 de mayo de 2011. Si lo llaman democracia y no lo es, si no nos
representan, como gritaron las plazas, es porque una parte significativa
de la sociedad no se veía reconocida como parte en un todo que fue
colonizado por las élites de este país. La construcción de una nueva
sociedad, más abierta, más dinámica, que no niegue el conflicto sino que
lo politice, necesita desprenderse de la idea del consenso, mistificada
por la cultura de la Transición, y empezar a operar con otras
categorías como el disenso. Porque sin disenso, sin debate, sin el
reconocimiento del otro, sin participación de la ciudadanía activa, no
hay posibilidad de vivir en democracia. Lo llamarán democracia, pero no
lo será.
David Becerra Mayor // Crónica Popular (20/08/2015). Fuente: http://www.cronicapopular.es/2015/07/el-consenso-o-la-logica-cultural-de-la-democracia-espanola/
jueves, 23 de octubre de 2014
Hacer algo
2 de mayo de 1808. Madrid. El
pueblo se echa a la calle. Suenan disparos por todas partes. La Plaza
Mayor y la Puerta del Sol están desbordadas. Sucede en El siglo de las luces de
Alejo Carpentier. Sofía y Esteban, curtidos de otras revoluciones
fallidas y traicionadas, se suman a la multitud. “¡Hay que hacer algo!”,
grita Sofía. “¿Qué?”, pregunta Esteban. “¡Algo!”, le responde, y sale a
la calle. Simplemente había que hacer algo. No se sabía todavía qué
hacer –entre otras cosas porque no habían leído a Lenin–, no se sabía
hacia dónde iba a conducir ese levantamiento popular, cómo se iba a
articular políticamente. Se sabía que un viejo mundo se descomponía,
pero todavía eran incapaces de articular, a la manera gramsciana, una
realidad nueva. Pero había que hacer algo.
También en mayo y también en la
Puerta del Sol, aunque aquel día era 15 y habían pasado dos siglos y
tres años, quiso Madrid volver a ser rompeolas de todas las Españas (que
diría Antonio Machado). El pueblo madrileño respondía a la crisis
económica e institucional con la misma voz que Sofía, “¡Algo!”, con la
ocupación de las plazas, con el debate en las calles, con su indignación
y su decencia. Y se hicieron cosas. Surgió la PAH, surgió 15MPaRato,
surgió la Oficina Precaria, surgieron las Marchas de la Dignidad,
incluso es posible que se produjera aquello que se proclamaba: que el
miedo cambiara de bando. Y surgió Podemos. Y el tercer fin de semana del
mes de octubre de 2014 se ha celebrado su Asamblea Sí Se Puede para
constituirse orgánica y políticamente, para demostrar acaso que Podemos
no es otra cosa que la articulación política de la indignación popular
espontánea del 15M, del “¡Algo!” de Sofía.
Se ha publicado –y no se trata hoy
de matar al mensajero– que se han enfrentado en la Asamblea dos
posturas muy bien delimitadas: la encabezada por Pablo Iglesias y el
grupo promotor de Podemos (Monedero, Errejón, Alegre, Bescansa, etc.) y
la impulsada por Pablo Echenique e Izquierda Anticapitalista. La segunda
le imputa al grupo promotor que con la propuesta de un único portavoz,
que recuerda sobremanera a la figura del secretario general de la vieja
política que combaten, no se están sino reproduciendo las estructuras
políticas que han conducido al país al abismo. Y que, por consiguiente,
hay que inventar estructuras nuevas para tiempos nuevos. Y seguramente
tengan razón. Porque si algún día se alcanza el poder, dirán, ya se
habrá construido un nuevo modelo de organización que permitirá gobernar
de otra manera. Y seguramente vuelvan a tener razón. Pero sucede también
que vivimos tiempos de emergencia y que hay que tener sentido de la
urgencia. Que hay muchas cosas por hacer y que hay que hacerlas ahora.
No se puede esperar el día en que se llegue al poder; hay que llegar al
poder ahora. Y para ello hay que coger atajos. Confiar en un liderazgo
fuerte que sea capaz de construir la unidad de la diferencia. La
experiencia en América Latina puede ser útil: el Partido Socialista
Unido de Venezuela, que agrupa muy diversas corrientes ideológicas, pudo
contener la fragmentación gracias al poder simbólico de un líder como
era Hugo Chávez (cuestión que por el momento Nicolás Maduro está
solventado bastante bien). Algo parecido sucede en Alianza PAIS en
Ecuador, donde Rafael Correa es el símbolo de unidad indispensable para
que la Revolución Ciudadana no se descomponga. A veces los líderes son
necesarios, sobre todo cuando la oposición trabaja día y noche para
desgastar y hacer emerger contradicciones políticas en el interior de
los partidos emancipadores. No olvidemos que es precisamente la unidad
lo que está frenando en América Latina la llamada “restauración
conservadora”.
De nada sirve una organización
horizontal y democrática si su exterior no lo es. Y no lo es cuando el
poder se concentra en unas pocas manos, que son las que gestionan el
capital. Se pueden pasar años discutiendo sobre el modelo de
organización hasta llegar el pretendido consenso, pero mientras se
habla, se argumenta, se discute, se lleva a cabo un ejercicio tan sano y
democrático como es un debate abierto, la oligarquía se adelanta por la
derecha y sigue trabajando al ritmo urgente que imponen los mercados.
Por supuesto que hay que trabajar en organizarse de otra manera, pero lo
prioritario –y lo urgente– es tomar el poder. Y hay que hacerlo rápido.
De lo contrario, como se dice en El siglo de las luces de
Alejo Carpentier, “más que en una revolución parecía que estuviera en
una gigantesca alegoría de la revolución”. Basta de palabras, es la hora
de la realidad.
Que el liderazgo de Pablo Iglesias
haya salido reforzado de la Asamblea de Podemos es una buena noticia
para Podemos, pero también para el país, si de lo que se trata es de
disputar el poder, no de hacer alegorías de la revolución. Porque, en
definitiva, como decía Víctor Hugues, otro de los protagonistas de la
novela de Alejo Carpentier, “una revolución no se razona: se hace”. Y, en efecto, no se trata de otra cosa: “¡Hay que hacer algo!”, “¿Qué?”, “¡Algo!”.
David Becerra Mayor // La Marea (edición digital) (20/10/2014): http://www.lamarea.com/2014/10/20/hacer-algo/
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