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martes, 2 de julio de 2019

Spain After the Indignados/15M Movement The 99% Speaks Out

Editors: Pereira-Zazo, Óscar, Torres, Steven L. (Eds.)
https://www.palgrave.com/gp/book/9783030194345 

coverSpain After the Indignados/15M Movement explores how the aftershocks of the 2007 Great Recession restructured Spain’s political sphere and political imaginary. It brings together a representative sample of Spain’s leading progressive voices, including two of the five founding members of the Podemos party. The essays herein explore the areas of economics, politics, ecology, social change, media, and cultural politics in order to present a broad, critical account of contemporary Spain, with a special emphasis on emerging forms of sociopolitical contestation, self-organizing, democratic participation, and radical politics. The edited volume argues that Spanish cultural studies—which originally gravitated toward celebratory accounts of capitalist modernization, the cultural Movida and the advent of a postmodern Spain—must continue to build a new cultural politics that not only challenges the accepted narrative of the Spanish Transition to democracy, but that is committed to confronting the civilizatory challenges currently faced.


Table of contents (20 chapters)

  • Introduction: After the 15M
    Pereira-Zazo, Óscar (et al.)

  • 15M and Indignant Democracy: Legitimation Problems Within Neoliberal Capitalism
    Monedero, Juan Carlos

  • “Populism” as the Task of Constructing a People for Change
    Alegre Zahonero, Luis

  • Podemos in Spain: Limits and Possibilities for Change
    Alba Rico, Santiago

  • The 15M and the Financialization of Spanish Society
    Fernández-Steinko, Armando
  • Basic Income: A Rational Proposal Guaranteeing the Material Existence of the Population
    Raventós, Daniel (et al.)

  • Feminism and Environmentalism in Dialogue with the 15M and the New Political Cycle in Spain
    Herrero, Yayo

  • The Podemos Phenomenon and the Crisis of Civilization
    Santiago Muíño, Emilio

  • Toward a Postindustrial Left in Spain: Political Parties and Social Movements Facing the Collapse of Civilization
    Casal-Lodeiro, Manuel

  • Media Control and Emancipation: The Public Sphere in Post-15M Spain
    Faber, Sebastiaan (et al.)

  • Breaking the Walls of the Palace: The 15M Facing the Mass Media and the Culture Industry
    Rendueles, César (et al.)

  • From the Politicization of Life to the New Politics
    Garcés, Marina

  • Post-15M Grassroots Interventions in and for Public Space: Resurgence in Everyday Forms of Control and Resistance
    Saltzman, Megan

  • PAH, the Platform for People Affected by Mortgages: A Transformative and Poliethical Mobilization
    Mir Garcia, Jordi

  • Culture a la contra: A Cultural Paradigm Toward Alternatives to the Civilizatory and Ecological Crisis
    Álvarez-Blanco, Palmar

  • Reasons to Celebrate
    San Juan, Alberto

  • Ending the Culture of Fear Once and for All: Notes on NegraBlanca and Other Forms of Post-15M Empowerment
    Moreno-Caballud, Luis (et al.)

  • Broken Authorities
    Gopegui, Belén

  • A Specter Is Haunting the Recent Spanish Novel
    Becerra-Mayor, David

  • Conclusion: Toward a New Cultural Politics for Spain
    Pereira-Zazo, Óscar (et al.)

Descargar capítulo "A Specter Is Haunting the Recent Spanish Novel". 

jueves, 10 de diciembre de 2015

Juventud sin presente

Cuando el 15 de mayo de 2011 bajamos a las plazas y desplegamos una pancarta que decía «Juventud sin futuro», quizá pecamos de optimistas. Porque, golpeados por la crisis, no es que no tuviéramos futuro; es que ni siquiera teníamos presente. La juventud observaba que su horizonte de expectativas se había derrumbado y que aquellas promesas de futuro a la generación mejor formada de España de pronto se desvanecían. Dolía comprobar que nos habían robado el futuro; pero más iba a doler descubrir que también nos habían robado el presente.

El perfil sociológico de quien acampó en la madrileña Puerta del Sol –y en otras plazas españolas (me ha traicionado el inconsciente centralista)– era el de un estudiante universitario recién aterrizado a un mercado laboral precarizado. A la generación mejor formada no le correspondía la profesión mejor pagada. Su indignación era la consecuencia lógica de una promesa incumplida. La promesa de que su esfuerzo sería recompensado en el futuro se desmoronaba. Además, el conocimiento desclasa siempre hacia arriba y, con un título bajo el brazo, volver a la precariedad cuesta. La precariedad parece que siempre la sufren los otros y que no nos va a tocar a nosotros. Muchos de los pertenecientes a la juventud mejor formada de España han protagonizado este proceso. La juventud sin futuro.

Otros no necesitaron la llegada de la crisis para saber qué era la precariedad. Vivían en la exclusión social ya antes de la caída de Lehman Brothers. Quizá por eso no bajaron a las plazas a compartir su indignación. No habían perdido nada, porque nunca tuvieron nada. No habían perdido el futuro, porque ni siquiera tenían presente. De esa juventud «sin presente» habla la segunda novela del Lionel Tran, Sin presente. Se trata de una novela que, como sucede siempre con las segundas novelas, corría el peligro de decepcionar al lector sacudido por la primera novela de Tran, Sida mental (Periférica, 2008). Su primera novela –también reseñada en estas páginas– presentaba una revisión –en el buen sentido de la palabra– del sesentayochismo, y lo hacía a través de un texto construido desde la violencia. Pero no violencia solo en la trama, también se violentaba el lenguaje, el estilo, el propio género narrativo. Sin presente vuelve a sacudir al lector por medio de una trama protagonizada por unos jóvenes nacidos a comienzos de los años sesenta en un barrio periférico de Lyon, en el suburbio de Vaulx-en-Velin. Crecen con los ecos de un nuevo mundo que nace, el del «Fin de la Historia» proclamada por Fukuyama tras la caída del muro de Berlín, de la crisis del petróleo, de la reestructuración industrial, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, la mercantilización de la vida, la guerra del Golfo, Maastricht, la flexibilidad laboral, la sociedad del espectáculo.

En este contexto, estos jóvenes se reconocen como una «generación sin ideales, una Bof Génération». Si estamos en el Fin de la Historia, ¿para qué luchar, si no hay horizonte posible?, se preguntarán inevitablemente. Habrá quien tendrá posibilidades de sustituir los viejos ideales políticos por metas individualistas, y dedicará su vida a «tener éxito», pero ni siquiera eso es posible en un suburbio de Lyon. Las drogas, el sida o el paro son su único horizonte. «Dejamos el instituto, la facultad, las escuelas privadas, ni tenemos trabajo ni lo queremos». Lo que se denomina en España NI-NI no es una opción, sino la consecuencia de un contexto socioeconómico –lo que vale decir, político.

«La revolución no tendrá lugar aquí», afirman. Esta generación desencantada es funcional al sistema que la excluye. No son peligrosos, ya que han renunciado a la revolución. No convierten su desencanto en potencial revolucionario, y eso les hace inofensivos. Han perdido toda esperanza. Sin embargo, la violencia que soportan es tan fuerte que puede llegar a desbordar la apatía de jóvenes como ellos y estallar en algún momento. Y eso también lo saben: «Esperamos, algo va a pasar, está en el aire, sentimos cómo sube la tensión, cómo aumenta, ya no se puede dar un paso sin darse de bruces con la policía, sin que te registren las brigadas antidelincuencia de paisano [...], se queman coches en los barrios, se saquean supermercados, los parados se manifiestan, las huelgas paralizan el país, el precio de la gasolina no deja de subir, la abstención gana terreno, esto va a explotar, es palpable, no es paranoia, la presión aumenta». Ya lo cuentan los diarios: «una bombona de butano llena de clavos y pernos explota en el metro parisino» y se ha producido un «tiroteo en los alrededores de Lyon».

La violencia cotidiana que soportan sus cuerpos, día a día, tal vez encontrará su reacción. No quieren cambiar el mundo –han asumido que es imposible– y no tienen conciencia política, pero, como reconoce el protagonista al final de la novela, «sientes que en el fondo de ti germina la ira, una ira fría». Que la ira que germina termine en un motín o una Revolución depende de nosotros mismos.

David Becerra Mayor // Mundo Obrero, nº 289 (octubre 2015). Fuente: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=5216

lunes, 27 de julio de 2015

El consenso o la lógica cultural de la democracia española

En las últimas décadas se ha instalado en España, como una suerte de sentido común, que la cultura ocupa un espacio diferenciado, autónomo, regido por sus propias normas, al margen de la política y la sociedad. En este escenario, la cultura solo rinde cuentas ante sí misma y nadie debe exigirle que intervenga, que reflexione sobre lo común, que cuestione la realidad en la que nace y se consume, que interpele al ciudadano para tratar de transformar el estado de las cosas. Estas prácticas, dirán, pertenecen al pasado, nos devuelven la imagen, ya amarillenta, del intelectual orgánico que con un aséptico estilo realista ponía la cultura –la literatura, el cine, la pintura– al servicio de la política, haciendo un flaco favor al arte, que se malograba por el camino. Esta idea se ha vuelto dominante en nuestros días, pero lo cierto es que no es más que una mistificación ideológica, pues hoy la cultura interviene más que nunca, salvo que no lo hace para cuestionar las relaciones de poder, sino para legitimarlas.
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La cultura española de las últimas décadas no ha hecho otra cosa que intervenir, celebrando y apuntalando el valor del consenso como elemento constitutivo de la estabilidad política de la España post-franquista. Sobre la configuración de la cultura del consenso, trata el libro de Luisa Elena Delgado, La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española (1996-2011) (Siglo XXI, 2014)*. Desde la metodología de los «estudios culturales», y en diálogo con teóricos como Rancière, Espósito o Žižek, Luisa Elena Delgado, profesora de Literatura española de la Universidad de Illinois, propone en las páginas de su ensayo un cuestionamiento de la lógica cultural de la democracia española. A través del análisis de novelas, películas, de tiras cómicas o artículos de opinión publicados en prensa, anuncios televisivos e incluso del análisis de las lecturas que se hicieron tras el Mundial del fútbol de 2010 del que salió victoriosa la selección española, nos ofrece un magnífico fresco sobre el papel que ha representado la cultura en la España post-franquista, en su función de construir y legitimar una pretendida –o mejor: fantasiosa– normalidad democrática.
La Cultura de la Transición
Todo empezó acaso con la Transición, con la configuración de lo que se ha denominado –el éxito del sintagma se lo debemos sin duda a Guillem Martínez– la Cultura de la Transición (CT). Para superar viejos conflictos y cerrar las heridas del pasado, la democracia española se construyó sobre la idea del «consenso». El sentido común de la época revelaba la necesidad de limar asperezas, de dejar de lado particularismos y excentricismos por «el bien de todos», porque solo remando conjuntamente era posible construir un futuro de prosperidad, progreso y modernidad. Y la cultura –que en absoluto es un discurso autónomo por mucho que se empeñen en ello sus mistificadores– empezó a calentar motores para legitimar discursos que cohesionaran a la sociedad española, borrando sus diferencias históricas y culturales y demonizando sus disidencias internas.
Para lograr la estabilidad y la normalidad democrática, el centro –geográfico, pero también político– necesitaba alcanzar acuerdos con la periferia. Pero lo cierto es que no hay consenso democrático cuando la otra parte no se reconoce como legítima, y finalmente se impone, como falso consenso, la visión del mundo que representa el centro, que se ve con la legitimidad de representar el todo, aunque exista una parte muy significativa de la sociedad que no se sienta en absoluto representada en ese todo. El centro se apresura, pues, a negar al otro, a la parte que no se reconoce en el todo, a borrarlo, a cuestionar su legitimidad como parte constitutiva del todo.
La cultura, lejos de subrayar la heterogeneidad del Estado español y celebrar su pluralidad, se ha encargado de borrar los particularismos que, desde el centro, se observan como elementos que hacen peligrar la normalidad democrática. Luisa Elena Delgado señala en La nación singular el modo en que las películas cuya acción transcurre en Cataluña –y pone como ejemplo Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar– se construyen sobre una borradura de la diferencia, de lo particular, cultural y lingüístico; si bien en ésta u otras películas puede aparecer, sin que ello provoque una distorsión, un personaje que hable con acento canario e incluso en inglés, es raro escuchar, aunque la acción se desarrolle en Barcelona, a alguien hablando en catalán o con acento catalán, más allá de dos fugaces y anecdóticos «adéu». Almodóvar es solo un ejemplo, apunta Delgado, de cómo se borran las lenguas periféricas peninsulares y se neutralizan ciertos acentos en la producción cultural dominante española.
La función de la cultura en la España post-franquista no ha sido otra que la de construir la fantasía de un estado normalizado, es decir, según la definición que propone Luisa Elena Delgado en La nación singular, «la idea de un Estado democrático sin antagonismos internos, con desacuerdos siempre consensuables» que «va ligada en España a la de una identidad nacional sana, esto es, coherente y cohesiva, unida en sus objetivos y en su capacidad de defenderse de los elementos extraños que amenazan su estabilidad». Todo aquello que no encaje dentro del supuesto consenso será visto como una amenaza contra la estabilidad política y social, y en consecuencia será demonizado, sea el 15M, las movilizaciones ciudadanas que son rápidamente criminalizadas o el «desafío secesionista», que es así como han definido el «derecho a decidir» aquellos que han patrimonializado lo que debe ser aceptado. Desde esta lógica, se denuncia lo que no encaja dentro del consenso y se define como factor de crispación y, por lo tanto, como potencial elemento disruptivo.
El papel de la cultura, ni neutral ni inocente
Los elementos disruptivos deben ser cohesionados, adheridos a lo que se considera «la normalidad». El papel de la cultura, en este contexto, no ha sido neutral ni inocente; muy al contrario, la cultura ha asumido la función de suturar los elementos disruptivos. La cultura ha sido el pegamento necesario que ha permitido cohesionar lo que podía llegar a fracturarse. O dicho más claramente por Luisa Elena Delgado: «la cultura se entiende como el hilo que tiene que servir para suturar la herida de la desunión y curar la patología de la desafección nacional». Y, cuando no ha sido posible la adhesión, se ha identificado al otro como el enemigo que pone en peligro la democracia en España. Esta lógica, como se explica en La nación singular, parte de la «fijación obsesiva con una otredad en reacción a la cual (a favor o en contra) se organizan nuestras propias acciones». Todo el discurso –y la acción política que del discurso deriva– termina organizándose en función de la actuación de quien se ha tildado de enemigo. Los particularismos, todo aquello que no se integra en la lógica del consenso, «se interpreta siempre como un cáncer de la nación cohesionada y funcional», argumenta Delgado
Frente al fetichismo del consenso, mito fundacional de la democracia que se presenta como el remedio para todos los males, y siempre que existe una crisis institucional se termina apelando al consenso, Luisa Elena Delgado propone en La nación singular que la construcción de una sociedad en verdad democrática no debe levantarse sobre la lógica del consenso. El consenso elimina la otredad y expulsa los particularismos en nombre de una mistificada comunidad, siempre estática, pura y sin tensiones. Toda comunidad, al contrario, es siempre conflictiva y el reconocimiento del conflicto es el primer paso para la construcción de una auténtica sociedad democrática. Frente a la lógica del consenso, Delgado propone el disenso como elemento constitutivo de la democracia. Estas son sus palabras: «la discrepancia, lejos de constituir una fractura que debe ser soldada para preservar la cohesión social y nacional, apunta precisamente a la cualidad esencial de la democracia, que consiste en la posibilidad de cuestionamiento de las formas de compartir, dividir, adjudicar y relacionarse dentro de lo común».
Una nueva forma de entender la democracia
La nación singular no es solamente un libro que analiza la cultura del consenso en la España post-franquista; además propone una nueva forma de entender la democracia, no como la borradura del otro, o en cualquier caso su asimilación por el todo, sino como el reconocimiento de la diferencia en una comunidad no mistificada, sino en permanente conflicto, en movimiento, en constante diálogo con las partes que conforman el todo. Para Delgado el disenso –y no el consenso– constituye la verdadera esencia de la democracia. De forma mucho más clara que la nuestra queda expuesto en La nación singular:
«…la expresión “democracia consensual” pone en relación dos términos contradictorios, que corresponden a dos lógicas muy diferentes. La lógica del consenso entiende la comunidad como resultado natural de una forma común de ser, la suma de todas las partes de un todo. Bajo ese prisma, la identificación con el todo es la única forma de “ser en común”, y esa forma a su vez está siempre mediada por el estado. La lógica del disenso, por el contrario, sostiene que la democracia implica un debate abierto sobre lo que constituye lo común y la división del todo. En efecto, la comunidad democrática no se puede dar nunca por cerrada, como constituida de forma permanente. Antes al contrario, tiene que existir la posibilidad de que en ella quepan formas singulares de pertenecer a ella. A la vez, la pertenencia a una comunidad no puede excluir la realidad del litigio político, ni de un antagonismo que tiene que ser reconocido y negociado. Esto implica una forma de entender la comunidad, que no se define en base a una delimitación constante de “lo nuestro”, ni en la convergencia y la cohesión ni en la aspiración siempre frustrada a la plenitud del todo. La comunidad en su sentido más democrático debe entenderse como relación transversal, como movimiento que nos pone en contacto con lo que queda fuera de nosotros, con lo que evidencia una falta que nos constituye, pero también nos relaciona con otros».
La nación singular de Luisa Elena Delgado es, pues, un libro necesario para reflexionar sobre lo que verdaderamente entendemos por democracia en un momento destituyente como el que vive España desde el 15 de mayo de 2011. Si lo llaman democracia y no lo es, si no nos representan, como gritaron las plazas, es porque una parte significativa de la sociedad no se veía reconocida como parte en un todo que fue colonizado por las élites de este país. La construcción de una nueva sociedad, más abierta, más dinámica, que no niegue el conflicto sino que lo politice, necesita desprenderse de la idea del consenso, mistificada por la cultura de la Transición, y empezar a operar con otras categorías como el disenso. Porque sin disenso, sin debate, sin el reconocimiento del otro, sin participación de la ciudadanía activa, no hay posibilidad de vivir en democracia. Lo llamarán democracia, pero no lo será.

David Becerra Mayor // Crónica Popular (20/08/2015). Fuente: http://www.cronicapopular.es/2015/07/el-consenso-o-la-logica-cultural-de-la-democracia-espanola/

jueves, 23 de octubre de 2014

Hacer algo

2 de mayo de 1808. Madrid. El pueblo se echa a la calle. Suenan disparos por todas partes. La Plaza Mayor y la Puerta del Sol están desbordadas. Sucede en El siglo de las luces de Alejo Carpentier. Sofía y Esteban, curtidos de otras revoluciones fallidas y traicionadas, se suman a la multitud. “¡Hay que hacer algo!”, grita Sofía. “¿Qué?”, pregunta Esteban. “¡Algo!”, le responde, y sale a la calle. Simplemente había que hacer algo. No se sabía todavía qué hacer –entre otras cosas porque no habían leído a Lenin–, no se sabía hacia dónde iba a conducir ese levantamiento popular, cómo se iba a articular políticamente. Se sabía que un viejo mundo se descomponía, pero todavía eran incapaces de articular, a la manera gramsciana, una realidad nueva. Pero había que hacer algo. 


También en mayo y también en la Puerta del Sol, aunque aquel día era 15 y habían pasado dos siglos y tres años, quiso Madrid volver a ser rompeolas de todas las Españas (que diría Antonio Machado). El pueblo madrileño respondía a la crisis económica e institucional con la misma voz que Sofía, “¡Algo!”, con la ocupación de las plazas, con el debate en las calles, con su indignación y su decencia. Y se hicieron cosas. Surgió la PAH, surgió 15MPaRato, surgió la Oficina Precaria, surgieron las Marchas de la Dignidad, incluso es posible que se produjera aquello que se proclamaba: que el miedo cambiara de bando. Y surgió Podemos. Y el tercer fin de semana del mes de octubre de 2014 se ha celebrado su Asamblea Sí Se Puede para constituirse orgánica y políticamente, para demostrar acaso que Podemos no es otra cosa que la articulación política de la indignación popular espontánea del 15M, del “¡Algo!” de Sofía. 

Se ha publicado –y no se trata hoy de matar al mensajero– que se han enfrentado en la Asamblea dos posturas muy bien delimitadas: la encabezada por Pablo Iglesias y el grupo promotor de Podemos (Monedero, Errejón, Alegre, Bescansa, etc.) y la impulsada por Pablo Echenique e Izquierda Anticapitalista. La segunda le imputa al grupo promotor que con la propuesta de un único portavoz, que recuerda sobremanera a la figura del secretario general de la vieja política que combaten, no se están sino reproduciendo las estructuras políticas que han conducido al país al abismo. Y que, por consiguiente, hay que inventar estructuras nuevas para tiempos nuevos. Y seguramente tengan razón. Porque si algún día se alcanza el poder, dirán, ya se habrá construido un nuevo modelo de organización que permitirá gobernar de otra manera. Y seguramente vuelvan a tener razón. Pero sucede también que vivimos tiempos de emergencia y que hay que tener sentido de la urgencia. Que hay muchas cosas por hacer y que hay que hacerlas ahora. No se puede esperar el día en que se llegue al poder; hay que llegar al poder ahora. Y para ello hay que coger atajos. Confiar en un liderazgo fuerte que sea capaz de construir la unidad de la diferencia. La experiencia en América Latina puede ser útil: el Partido Socialista Unido de Venezuela, que agrupa muy diversas corrientes ideológicas, pudo contener la fragmentación gracias al poder simbólico de un líder como era Hugo Chávez (cuestión que por el momento Nicolás Maduro está solventado bastante bien). Algo parecido sucede en Alianza PAIS en Ecuador, donde Rafael Correa es el símbolo de unidad indispensable para que la Revolución Ciudadana no se descomponga. A veces los líderes son necesarios, sobre todo cuando la oposición trabaja día y noche para desgastar y hacer emerger contradicciones políticas en el interior de los partidos emancipadores. No olvidemos que es precisamente la unidad lo que está frenando en América Latina la llamada “restauración conservadora”. 


De nada sirve una organización horizontal y democrática si su exterior no lo es. Y no lo es cuando el poder se concentra en unas pocas manos, que son las que gestionan el capital. Se pueden pasar años discutiendo sobre el modelo de organización hasta llegar el pretendido consenso, pero mientras se habla, se argumenta, se discute, se lleva a cabo un ejercicio tan sano y democrático como es un debate abierto, la oligarquía se adelanta por la derecha y sigue trabajando al ritmo urgente que imponen los mercados. Por supuesto que hay que trabajar en organizarse de otra manera, pero lo prioritario –y lo urgente– es tomar el poder. Y hay que hacerlo rápido. De lo contrario, como se dice en El siglo de las luces de Alejo Carpentier, “más que en una revolución parecía que estuviera en una gigantesca alegoría de la revolución”. Basta de palabras, es la hora de la realidad. 



Que el liderazgo de Pablo Iglesias haya salido reforzado de la Asamblea de Podemos es una buena noticia para Podemos, pero también para el país, si de lo que se trata es de disputar el poder, no de hacer alegorías de la revolución. Porque, en definitiva, como decía Víctor Hugues, otro de los protagonistas de la novela de Alejo Carpentier, “una revolución no se razona: se hace”. Y, en efecto, no se trata de otra cosa: “¡Hay que hacer algo!”, “¿Qué?”, “¡Algo!”. 

David Becerra Mayor // La Marea (edición digital) (20/10/2014): http://www.lamarea.com/2014/10/20/hacer-algo/