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jueves, 7 de julio de 2016

La escultura (o la escritura) en el pedestal. Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique Adoum


Estamos de celebración. Una de las novelas más emblemáticas de la literatura ecuatoriana vuelve a publicarse después de cuarenta años sin hacerlo. Nos referimos a la novela del poeta y novelista Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda. Publicada originalmente por Siglo XXI en México en 1976, y que es ahora reeditada por la filial colombiana de Random House. 

Entre Marx y una mujer desnuda debe considerarse, sin duda, como una de las mejores novelas que se han escrito en lengua española, como una de las novelas más interesantes que se ha producido en América Latina. Es una novela donde la experimentación formal no está reñida con el compromiso político, sino todo lo contrario: la subversión del lenguaje se concibe como una forma de subvertir asimismo la realidad, y la presencia de lo onírico no aparece en el texto como un inocente juego vanguardista, sino que se concibe —y ya lo apunta Lenin en la cita que abre la novela— como posibilidad de futuro. 

Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique —o Jorgenrique, como firmó en sus últimos años— es un texto —¿acaso no nos atrevemos a decir que es una novela?— que puede leerse como se mira una escultura: por cada uno de sus lados, de sus cuatro dimensiones. Hay una escena en la que el autor/narrador/personaje dice que su meta es «ensayar una novela más cercana a la escultura que a la pintura, es decir que pudiera comprobarse lateralmente, leerse en cualquier orden, o dejarla inconclusa a fin de poner a trabajar al lector acostumbrado a siglos de pereza». Creo que no hay mejor manera de definir esta novela sino como una escultura que se puede mirar por todos sus costados, y cada uno de ellos te permite leerla de una manera diferente. Por eso es una novela donde los significados se multiplican —no es lo mismo leerla desde un lado, que desde el opuesto—. Jorgenrique consiguió una novela tetradimensional. 

Tal vez por esta razón la novela de Adoum es muchas novelas a la vez sin ser en realidad ninguna. Porque el lector puede encontrar en Entre Marx y una mujer desnuda una novela de adulterio, una novela biográfica o una novela del indio. Depende desde dónde nos acerquemos a mirar la escultura. Si el lector quiere naufragar en la anécdota, puede leer Entre Marx y una mujer desnuda como una trepidante novela de adulterio, como la de los folletines decimonónicos, donde un escritor pobre y acaso maldito se entiende con una mujer despechada y mal casada con un rico hacendado. Una historia de amor prohibido incapaz de funcionar fuera de los encuentros clandestinos de los amantes, porque en realidad ella no quiere renunciar al estatus que le confiere su matrimonio. «No te casaste con un hombre, sino con la burguesía, y es de ella de quien no quieres separarte», le increpa el amante. 

Pero a su vez, Entre Marx y una mujer desnuda puede leerse como una biografía novelada del escritor comunista Joaquín Gallegos Lara. Aunque a medida que avanza la lectura, el lector atento empieza a sospechar que la novela está en parte protagonizada por el autor de Las cruces sobre el agua, esto no se confirma hasta que alcanza a leer el prólogo de la novela que, extrañamente, empieza en la página 233. Adoum homenajea con esta novela al escritor del Grupo de Guayaquil a la vez que utiliza su minusvalía como metáfora de un pueblo ecuatoriano políticamente inmovilizado. Porque, como dice el texto, «a fin de cuentas, todos tenemos las piernas más o menos rotas por la comodidad, atadas por la costumbre, deformadas por el temor, inválidas por la complicidad con un sistema que rechazamos en nuestros momentos de lucidez pero al que nos sometemos cada día». 

Y Entre Marx y una mujer desnuda acaso sea también una novela del indio. El conflicto de la novela se resuelve —o ha de resolverse— a través de la acción del indio, que rompe a hablar al ver que la oligarquía privatiza su agua, el agua que mana de los pozos que ha cavado: «Después de cuatrocientos años de silencio alguien dice trabajosamente, como si las palabras se abrieran paso a codazos a través de los siglos de frío y de humo: “No podimos esperar más [...] No podemos seguir aguantando”». 

Pero volvamos al fragmento inicial, a aquel en el que Adoum entiende su novela como una escultura. Aparece allí una idea clave que asimismo define su escritura: el propósito de retar al lector, de poner a trabajar a ese lector acostumbrado a leer una literatura lineal, demasiado sencilla, y casi siempre acrítica. Exigir política y estéticamente al lector para activarlo es uno de los objetivos que persigue esta compleja novela. Por medio de la complejidad narrativa que el texto presenta, se busca transformar al lector, convertirlo en un sujeto activo en el ejercicio de lectura, no un sujeto pasivo que asume —sin pensar— todo lo que literariamente engulle. Forma y fondo se entrelazan en Entre Marx y una mujer desnuda; la experimentación en el caso de esta novela —y esto es casi una excepción— es también una forma de compromiso político. No experimenta para divertirse con las palabras, sino para emanciparnos de los sentidos totalitarios que imponen quienes poseen los medios de producción de los sentidos. 

En esta novela, la experimentación es un modo de ahondar en la función de la literatura en el capitalismo. Theodor W. Adorno se preguntaba cómo se podría seguir escribiendo poesía después del horror que significó Auschwitz. Parece como si Adoum se preguntara, en Entre Marx y una mujer desnuda, cómo seguir escribiendo bajo el capitalismo, en un sistema que todo aquello que toca lo convierte en mercado, en entretenimiento vacuo, en espectáculo vacío. Porque el capitalismo ha convertido al escritor en un payaso, en una niñera que entretiene a los lectores en sus ratos libres —se apunta en la novela—. Porque el capitalismo demuestra que la literatura ha fracasado cuando ha renunciado a intervenir en el debate público, cuando ya no asume viejos compromisos de transformación social, y ha desertado de su función de ser una fuente de conocimiento. 

¿Cómo escribir bajo el capitalismo?, podría ser la pregunta que se trata de responder Adoum en una novela que, desde la primera página, se va construyendo y destruyendo. En una novela en la que encontramos al escritor/narrador sacando la página que acabamos de leer de la máquina de escribir, haciendo una pelota con el folio descartado, e intentando una y otra vez escribir el comienzo de una novela. 

El lector observa al escritor en su trabajo productivo. Indeciso, siempre titubeando. Ve cómo escribe y rescribe su novela y cómo borra y suprime pasajes; y, en consecuencia, el lector se encuentra de pronto con capítulos inacabados y otros a medio empezar. El lector ve al escritor reflexionar sobre la relación entre el lenguaje y el mundo, pensando que tal vez la destrucción del lenguaje pueda asimismo suponer la destrucción del capitalismo. Porque, bien lo sabe el autor, el lenguaje ordena el mundo, construye relatos de legitimación, y acaso desordenando el lenguaje, atentando contra él, sea posible hacer añicos ese mundo que el lenguaje ordena. Se asume el riesgo de caer en aquello que ya dijo Brecht de los poetas expresionistas: pretendían rebelarse contra el capitalismo y terminaron por rebelarse contra la gramática. 

Sin embargo, Jorge Enrique Adoum se adelanta a nosotros y saca a colación otra acertada frase de Brecht. Decía Gramsci que un momento de crisis es aquel en que el mundo viejo no termina de marcharse, pero el mundo nuevo todavía no ha terminado de llegar. Como si quisiera aplicar esta definición de crisis gramsciana al ámbito de la literatura, Brecht nos dice —y así se cita en Entre Marx y una mujer desnuda— que «en una sociedad como la nuestra, cuyas bases se encuentran en un proceso de transformación revolucionaria, las viejas formas incapacitan a la literatura para influir en la configuración de nuevos modos de vida». La complejidad de Entre Marx y una mujer desnuda se debe, pues, a que se produce en medio de «un proceso de transformación revolucionaria», donde las viejas formas narrativas ya no funcionan y hay que buscar unas nuevas, explorar vías distintas para la construcción de un discurso literario otro. Entre Marx y una mujer desnuda es el resultado de esa búsqueda. 

Pero a su vez, ya lo decíamos al principio, Entre Marx y una mujer desnuda es una apuesta por los sueños. La cita de Lenin con la que se abre la novela es en este sentido muy significativa. Dice Lenin que «el desacuerdo entre el sueño y la realidad no tiene nada de nocivo, siempre que el hombre que sueña crea seriamente en su sueño, que observe atentamente la vida, compare sus observaciones con sus castillos en el aire y, de una manera general, trabaje a conciencia por la realización de su sueño». Y acaso no estemos, al leer Entre Marx y una mujer desnuda, ante otra cosa que no sea un sueño. Es obligación del lector descubrirlo. Y, les aseguro, valdrá la pena descubrirlo. Porque, en mi opinión, estamos ante una de las novelas más interesantes escritas en lengua española. Acérquense a ella como quien se acerca a una escultura, y mírenla por todos sus costados, léanla lateralmente. Y, como lectores, construyan un pedestal para que esta escultura pueda ser vista también desde lejos. Porque, como decía Jorge Enrique Adoum en la entrevista que le realizó su hija y periodista Alejandra Adoum para el documental titulado Jorgenrique, dirigido por Poncho Álvarez, la literatura ecuatoriana es una literatura de altura, de gran calidad, pero sucede que nadie se ha preocupado en construir un pedestal desde el cual pueda ser contemplada o leída. Esta escultura hecha de palabras titulada Entre Marx y una mujer desnuda, como el conjunto de la literatura ecuatoriana, necesita apoyarse en un pedestal para que no solo los ecuatorianos y las ecuatorianas puedan disfrutarla y leerla. Hay en el Ecuador una producción literaria que poco o nada tiene que envidiarles a otros países de habla hispana. Solamente hay que trabajar, entre todos y todas, para construir ese pedestal que la literatura tanto necesita. 

Hagámoslo. Ya no hay excusas. Ha llegado el momento.

David Becerra Mayor // Cartón Piedra, nº242 (19 de junio 2016), págs. 81-83. Fuente: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/carton-piedra/34/la-escultura-o-la-escritura-en-el-pedestal

stamos de celebración. Una de las novelas más emblemáticas de la literatura ecuatoriana vuelve a publicarse después de cuarenta años sin hacerlo. Nos referimos a la novela del poeta y novelista Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda. Publicada originalmente por Siglo XXI en México en 1976, y que es ahora reeditada por la filial colombiana de Random House. Entre Marx y una mujer desnuda debe considerarse, sin duda, como una de las mejores novelas que se han escrito en lengua española, como una de las novelas más interesantes que se ha producido en América Latina. Es una novela donde la experimentación formal no está reñida con el compromiso político, sino todo lo contrario: la subversión del lenguaje se concibe como una forma de subvertir asimismo la realidad, y la presencia de lo onírico no aparece en el texto como un inocente juego vanguardista, sino que se concibe —y ya lo apunta Lenin en la cita que abre la novela— como posibilidad de futuro. Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique —o Jorgenrique, como firmó en sus últimos años— es un texto —¿acaso no nos atrevemos a decir que es una novela?— que puede leerse como se mira una escultura: por cada uno de sus lados, de sus cuatro dimensiones. Hay una escena en la que el autor/narrador/personaje dice que su meta es «ensayar una novela más cercana a la escultura que a la pintura, es decir que pudiera comprobarse lateralmente, leerse en cualquier orden, o dejarla inconclusa a fin de poner a trabajar al lector acostumbrado a siglos de pereza». Creo que no hay mejor manera de definir esta novela sino como una escultura que se puede mirar por todos sus costados, y cada uno de ellos te permite leerla de una manera diferente. Por eso es una novela donde los significados se multiplican —no es lo mismo leerla desde un lado, que desde el opuesto—. Jorgenrique consiguió una novela tetradimensional. Tal vez por esta razón la novela de Adoum es muchas novelas a la vez sin ser en realidad ninguna. Porque el lector puede encontrar en Entre Marx y una mujer desnuda una novela de adulterio, una novela biográfica o una novela del indio. Depende desde dónde nos acerquemos a mirar la escultura. Si el lector quiere naufragar en la anécdota, puede leer Entre Marx y una mujer desnuda como una trepidante novela de adulterio, como la de los folletines decimonónicos, donde un escritor pobre y acaso maldito se entiende con una mujer despechada y mal casada con un rico hacendado. Una historia de amor prohibido incapaz de funcionar fuera de los encuentros clandestinos de los amantes, porque en realidad ella no quiere renunciar al estatus que le confiere su matrimonio. «No te casaste con un hombre, sino con la burguesía, y es de ella de quien no quieres separarte», le increpa el amante. Pero a su vez, Entre Marx y una mujer desnuda puede leerse como una biografía novelada del escritor comunista Joaquín Gallegos Lara. Aunque a medida que avanza la lectura, el lector atento empieza a sospechar que la novela está en parte protagonizada por el autor de Las cruces sobre el agua, esto no se confirma hasta que alcanza a leer el prólogo de la novela que, extrañamente, empieza en la página 233. Adoum homenajea con esta novela al escritor del Grupo de Guayaquil a la vez que utiliza su minusvalía como metáfora de un pueblo ecuatoriano políticamente inmovilizado. Porque, como dice el texto, «a fin de cuentas, todos tenemos las piernas más o menos rotas por la comodidad, atadas por la costumbre, deformadas por el temor, inválidas por la complicidad con un sistema que rechazamos en nuestros momentos de lucidez pero al que nos sometemos cada día». Y Entre Marx y una mujer desnuda acaso sea también una novela del indio. El conflicto de la novela se resuelve —o ha de resolverse— a través de la acción del indio, que rompe a hablar al ver que la oligarquía privatiza su agua, el agua que mana de los pozos que ha cavado: «Después de cuatrocientos años de silencio alguien dice trabajosamente, como si las palabras se abrieran paso a codazos a través de los siglos de frío y de humo: “No podimos esperar más [...] No podemos seguir aguantando”». Pero volvamos al fragmento inicial, a aquel en el que Adoum entiende su novela como una escultura. Aparece allí una idea clave que asimismo define su escritura: el propósito de retar al lector, de poner a trabajar a ese lector acostumbrado a leer una literatura lineal, demasiado sencilla, y casi siempre acrítica. Exigir política y estéticamente al lector para activarlo es uno de los objetivos que persigue esta compleja novela. Por medio de la complejidad narrativa que el texto presenta, se busca transformar al lector, convertirlo en un sujeto activo en el ejercicio de lectura, no un sujeto pasivo que asume —sin pensar— todo lo que literariamente engulle. Forma y fondo se entrelazan en Entre Marx y una mujer desnuda; la experimentación en el caso de esta novela —y esto es casi una excepción— es también una forma de compromiso político. No experimenta para divertirse con las palabras, sino para emanciparnos de los sentidos totalitarios que imponen quienes poseen los medios de producción de los sentidos. En esta novela, la experimentación es un modo de ahondar en la función de la literatura en el capitalismo. Theodor W. Adorno se preguntaba cómo se podría seguir escribiendo poesía después del horror que significó Auschwitz. Parece como si Adoum se preguntara, en Entre Marx y una mujer desnuda, cómo seguir escribiendo bajo el capitalismo, en un sistema que todo aquello que toca lo convierte en mercado, en entretenimiento vacuo, en espectáculo vacío. Porque el capitalismo ha convertido al escritor en un payaso, en una niñera que entretiene a los lectores en sus ratos libres —se apunta en la novela—. Porque el capitalismo demuestra que la literatura ha fracasado cuando ha renunciado a intervenir en el debate público, cuando ya no asume viejos compromisos de transformación social, y ha desertado de su función de ser una fuente de conocimiento. ¿Cómo escribir bajo el capitalismo?, podría ser la pregunta que se trata de responder Adoum en una novela que, desde la primera página, se va construyendo y destruyendo. En una novela en la que encontramos al escritor/narrador sacando la página que acabamos de leer de la máquina de escribir, haciendo una pelota con el folio descartado, e intentando una y otra vez escribir el comienzo de una novela. El lector observa al escritor en su trabajo productivo. Indeciso, siempre titubeando. Ve cómo escribe y rescribe su novela y cómo borra y suprime pasajes; y, en consecuencia, el lector se encuentra de pronto con capítulos inacabados y otros a medio empezar. El lector ve al escritor reflexionar sobre la relación entre el lenguaje y el mundo, pensando que tal vez la destrucción del lenguaje pueda asimismo suponer la destrucción del capitalismo. Porque, bien lo sabe el autor, el lenguaje ordena el mundo, construye relatos de legitimación, y acaso desordenando el lenguaje, atentando contra él, sea posible hacer añicos ese mundo que el lenguaje ordena. Se asume el riesgo de caer en aquello que ya dijo Brecht de los poetas expresionistas: pretendían rebelarse contra el capitalismo y terminaron por rebelarse contra la gramática. Sin embargo, Jorge Enrique Adoum se adelanta a nosotros y saca a colación otra acertada frase de Brecht. Decía Gramsci que un momento de crisis es aquel en que el mundo viejo no termina de marcharse, pero el mundo nuevo todavía no ha terminado de llegar. Como si quisiera aplicar esta definición de crisis gramsciana al ámbito de la literatura, Brecht nos dice —y así se cita en Entre Marx y una mujer desnuda— que «en una sociedad como la nuestra, cuyas bases se encuentran en un proceso de transformación revolucionaria, las viejas formas incapacitan a la literatura para influir en la configuración de nuevos modos de vida». La complejidad de Entre Marx y una mujer desnuda se debe, pues, a que se produce en medio de «un proceso de transformación revolucionaria», donde las viejas formas narrativas ya no funcionan y hay que buscar unas nuevas, explorar vías distintas para la construcción de un discurso literario otro. Entre Marx y una mujer desnuda es el resultado de esa búsqueda. Pero a su vez, ya lo decíamos al principio, Entre Marx y una mujer desnuda es una apuesta por los sueños. La cita de Lenin con la que se abre la novela es en este sentido muy significativa. Dice Lenin que «el desacuerdo entre el sueño y la realidad no tiene nada de nocivo, siempre que el hombre que sueña crea seriamente en su sueño, que observe atentamente la vida, compare sus observaciones con sus castillos en el aire y, de una manera general, trabaje a conciencia por la realización de su sueño». Y acaso no estemos, al leer Entre Marx y una mujer desnuda, ante otra cosa que no sea un sueño. Es obligación del lector descubrirlo. Y, les aseguro, valdrá la pena descubrirlo. Porque, en mi opinión, estamos ante una de las novelas más interesantes escritas en lengua española. Acérquense a ella como quien se acerca a una escultura, y mírenla por todos sus costados, léanla lateralmente. Y, como lectores, construyan un pedestal para que esta escultura pueda ser vista también desde lejos. Porque, como decía Jorge Enrique Adoum en la entrevista que le realizó su hija y periodista Alejandra Adoum para el documental titulado Jorgenrique, dirigido por Poncho Álvarez, la literatura ecuatoriana es una literatura de altura, de gran calidad, pero sucede que nadie se ha preocupado en construir un pedestal desde el cual pueda ser contemplada o leída. Esta escultura hecha de palabras titulada Entre Marx y una mujer desnuda, como el conjunto de la literatura ecuatoriana, necesita apoyarse en un pedestal para que no solo los ecuatorianos y las ecuatorianas puedan disfrutarla y leerla. Hay en el Ecuador una producción literaria que poco o nada tiene que envidiarles a otros países de habla hispana. Solamente hay que trabajar, entre todos y todas, para construir ese pedestal que la literatura tanto necesita. Hagámoslo. Ya no hay excusas. Ha llegado el momento.

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/carton-piedra/34/la-escultura-o-la-escritura-en-el-pedestal
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viernes, 20 de marzo de 2015

17 contradicciones de David Harvey

Desde el Instituto de Altos Estudios Nacionales del Ecuador (IAEN), y en colaboración con la editorial española Traficantes de Sueños, se está diseñando una colección editorial llamada «Prácticas Constituyentes», bajo la dirección de Carlos Prieto del Campo y David Gámez Hernández. El proyecto nace con el propósito de publicar libros que, desde un posicionamiento crítico, cuestionen la dominación hegemónica capitalista y contribuyan al proceso de constitución de un horizonte post-capitalista, o al menos post-neoliberal. Uno de los primeros títulos publicados es Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo de David Harvey, geógrafo y pensador marxista de la City University of New York (CUNY), y actualmente director del Centro Nacional de Estrategia para el Derecho al Territorio de Ecuador (CENDET).
El libro de Harvey es un análisis exhaustivo y riguroso del funcionamiento objetivo del capitalismo y sus contradicciones. Para Harvey resulta imprescindible estudiar las contradicciones del sistema capitalista, que se agudizan en los tiempos de crisis, para tratar de articular una alternativa política, económica y social que ponga fin al capitalismo. No se trata únicamente de un análisis de corte académico sobre la lógica económica capitalista; se trata más bien de un intento de entender sus contradicciones para diseñar un pensamiento económico alternativo, de elaborar una respuesta de inmediata aplicación desde las políticas públicas, para salir de una crisis sin entrar en la siguiente. Harvey explica que, en el capitalismo, «la forma de salir de una crisis contiene en sí misma las raíces de la siguiente crisis»; ante este hecho, resulta impositivo establecer nuevas estrategias –acaso prácticas constituyentes–, explorar nuevos horizontes y vías de acción política, para no dejar plantada la semilla de una nueva crisis en nuestro intento de escapar de esta.
Pero, ¿cuáles son las contradicciones? Y, sobre todo, ¿en qué nos afectan? Harvey responde a la pregunta con su acostumbrado tono sencillo: «Podemos vivir perfectamente bien en un mundo [...] sin saber cómo funciona (del mismo modo que podemos accionar un interruptor y disponer de luz sin saber nada de la generación de electricidad). Sólo cuando sucede algo extraordinario –los estantes del supermercado están vacíos, los precios suben disparatadamente, el dinero que guardamos en nuestra cuenta disminuye bruscamente de valor, o la luz no se enciende– nos hacemos las grandes preguntas de por qué y cómo esas cosas que suceden “tan lejos”, más allá de las puertas y de los muebles de descarga de los grandes almacenes, pueden afectar tan espectacularmente a la vida y el sustento cotidianos». Las contradicciones capitalistas no afectan sólo a los datos macroeconómicos, sino a nuestra vida toda. Por eso resulta importante estudiarlas. Y Harvey las estudia, y las estudia a fondo; primero clasificándolas (entre fundamentales, cambiantes y peligrosas) y luego examinando a lo largo del texto su lógica y su funcionamiento.
Pero –y seguramente se encuentre aquí el valor de su libro– Harvey no se conforma con el análisis, sino que hace propuestas concretas de cómo resolver radicalmente esas contradicciones.  ¿Cómo evitar que el dinero siga siendo, como lo es desde la década de los setenta, representación de una representación sin una base material sólida? ¿Cómo preponderar el valor de uso sobre el valor de cambio a través de una política económica que frene el consumismo «maníaco y alienado»? ¿Cómo organizamos la economía para impedir que la acumulación capitalista se levante sobre la desposesión de lo que es común, como sucede con la privatización de escuelas y hospitales o de los sectores energéticos y de las telecomunicaciones? Estos y otros muchos interrogantes los formula Harvey en su libro, los responde y trata de buscar una alternativa política anticapitalista.
Si como dice el crítico literario marxista Terry Eagleton, citado en el paratexto que abre estas Diecisiete contradicciones, «tiene que haber una forma de examinar el presente que muestre en su interior cierto futuro como potencialidad», podemos afirmar, sin un atisbo de duda, que el ensayo de Harvey contiene en su interior, en su examen del presente, una potencialidad de futuro.
Como el conjunto de títulos que ha publicado y que va a publicar la colección «Prácticas Constituyentes», Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo de David Harvey no es un libro para leer en la intimidad de una butaca. Después de la lectura atenta y solitaria, el libro debería bajar a la calles, a las plazas, y ser debatido y reflexionado en colectivo. Los libros de «Prácticas Constituyentes» deberían trabajarse en un taller para, colectivamente, trazar las líneas de un programa político, de aplicación a corto o largo plazo, con un horizonte de transformación post-capitalista. Si la lectura del libro se detiene en la butaca, tal vez habremos sido incapaces de aprovechar todo su potencial emancipador.
Decía René Ramírez en su libro La virtud de los comunes (El Viejo Topo, 2014) que no es posible hablar de una sociedad verdaderamente democrática sin una distribución equitativa del conocimiento, que no puede haber libertad individual ni puede existir la emancipación social sin conocimiento. Un ciudadano sin conocimiento difícilmente podrá ejercer sus derechos como ciudadano, participar activamente en la construcción de una democracia real. Construir una auténtica democracia pasa por empoderar a la ciudadanía a través del conocimiento, convertir a los ciudadanos pasivos en ciudadanos activos y críticos, que sean capaces de tomar decisiones sobre su propia vida y la vida de su comunidad en base a un conocimiento del mundo que les rodea. El acceso libre al conocimiento, pero también la posibilidad de acceder al conocimiento con las herramientas adecuadas, es un reto enorme, pero apasionante, en la constitución del socialismo del buen vivir.
Aprovechemos los libros de «Prácticas Constituyentes» –y el de Harvey puede ser un excelente punto de partida para iniciar una ronda de debates– para empoderarnos a través del conocimiento, de un conocimiento crítico que sea capaz de romper la cadena de acumulación cognitiva del capitalismo. Construir conocimiento crítico para confrontar el pensamiento único hegemónico. Los libros de «Prácticas Constituyentes» –y Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo de David Harvey, concretamente– nos invitan a emprender este reto. Ya tenemos los libros, se pueden comprar o descargar libremente; ahora solamente falta que hagamos nuestra parte como ciudadanos activos: que los trabajemos colectivamente con un horizonte de emancipación post-capitalista.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Cuando google encontró a Wikileaks


En la presentación en Madrid de su libro Cuando Google encontró a Wikileaks (Clave Intelectual, 2014), Julian Assange dijo, por videoconferencia, desde la Embajada de Ecuador en Londres, que el común de la gente concibe a Google como un Dios todopoderoso, implacable pero misericordioso. Es omnisciente, sigue todos nuestros pasos por la red, pero basta con ser buenos, con que no nos desviemos del camino marcado, para no recibir su castigo. La complejidad de Internet y el poco conocimiento que sobre él tenemos hace que parezca ante nuestros ojos como un ente metafísico. Incluso, como sucede con la religión, lo miramos con cierto escepticismo, ya que no lo vemos. Sin embargo, Google es muy real. Su poder, añadió Assange, es superior al que ha ostentado la Iglesia a lo largo de su historia: está mucho más centralizado y es más totalitario. “En Google todo está mediado por el centro de control, como si sólo el Vaticano existiese, como si cada persona tuviese contacto directo con un solo confesionario”, dijo el fundador de Wikileaks.

            Cuando Google encontró a Wikileaks empezó a gestarse, aunque su autor todavía no lo sabía, un día del mes de mayo de 2011. Assange se encontraba entonces bajo arresto domiciliario en Norfolk, una zona rural al nordeste de Londres, cuando recibió la visita de Eric Schmidt y Jared Cohen, director ejecutivo de Google y director de Google Ideas, respectivamente. Acudieron a Assange para entrevistarle. Para Assange esa entrevista suponía una oportunidad única para comprender –y acaso para influir sobre– la compañía más poderosa de la tierra. De aquella reunión nació The New Digital Age, un libro escrito por los dos directivos de Google, en el que Julian Assange no salía muy bien parado y sus palabras sufrieron tergiversaciones de todo tipo.
Cuando Google encontró a Wikileaks es, en parte, una respuesta al libro de Schmidt y Cohen. Assange rebate lo escrito con la transcripción literal de aquel encuentro que duró más de tres horas. Pero decimos «en parte» porque sería injusto considerar este libro sólo como una réplica. Cuando Google encontró a Wikileaks es mucho más que un ajuste de cuentas: es un riguroso análisis del punto de intersección entre el poder global de Estados Unidos y las corporaciones estadounidenses de tecnologías; o más concretamente, dando el nombre exacto de las cosas: entre la Casa Blanca y Google.
Wikileaks demostró que Internet se estaba convirtiendo en un lugar peligroso para el poder establecido. Como dice Assange en su libro, «Internet estaba sufriendo una rápida transformación, pasando de ser un apático medio de comunicación a una especie de demos, un pueblo que compartía cultura, valores y aspiraciones, un lugar en el que tenía lugar la historia, con el que sus habitantes se identificaban y del que incluso sentían que procedían». El 15M en España o Occupy Wall Street en la capital financiera del mundo son un claro ejemplo de la capacidad de convocatoria, de movilización social, que pueden tener las redes sociales. Al poder se le hacía urgente descubrir quién había detrás de las pantallas y Estados Unidos empezó a establecer alianzas con el poder tecnológico que representaba Google, una corporación con capacidad para recopilar más datos e información que la propia NSA (Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos).
Google se convirtió en un emisario de Washington, en un disimulado cuerpo diplomático, cuya función era construir, desde las redes, la imagen de una sociedad civil que se organiza de manera autónoma –y al margen de los partidos políticos– para manifestar los intereses de la ciudadanía (pero con el apoyo de oscuras ONG y la financiación política de millones de dólares). Google tenía que vigilar los movimientos sociales que empezaban a emerger desde la red, potenciarlos cuando se opusieran a gobiernos enemistados con Estados Unidos, o bloquearlos cuando constituyeran un movimiento de oposición contra sus aliados. No es casualidad, como se muestra en el libro, que a Cohen se le haya podido localizar en Egipto en algún momento de la revolución, en Afganistán en 2009 o en Líbano, donde «trabajó en secreto para crear e instaurar un rival intelectual y clerical de Hezbolá, la Liga Chiíta». Google realizó tareas de «diplomacia encubierta», «haciendo cosas que ni siquiera la CIA estaba en condiciones de hacer».
Google forma parte de nuestra vida, se ha convertido en un orweliano Gran Hermano que todo lo mira. «Su logotipo, colorista y juguetón, está impreso en las retinas de casi seis mil millones de visitantes diarios», dice Assange. Nuestra vida –nuestras búsquedas, nuestros gustos, nuestras amistades, nuestras ideas políticas, todo– puede ser  rápidamente transferido desde Google a la Casa Blanca. Assange nos alerta de que somos demasiado tolerantes ante este ataque a nuestra privacidad, quizá porque no somos del todo conscientes de lo que ocurre en Internet. Pero, como apunta el fundador de Wikileaks, ha llegado la hora de buscar alternativas, y anima a América Latina a que, como Rusia y China, construyan otras redes que escapen de la red –nunca mejor dicho– del poder global de los Estados Unidos. «Si el futuro de Internet es realmente Google, mucha gente de todo el mundo [...] debería empezar a preocuparse seriamente por buscar una alternativa a la hegemonía cultural, económica y estratégica de Estados Unidos», concluye Julian Assange.
Cuando Google encontró a Wikileaks es un libro que da miedo. Podemos optar por vivir dándole la espalda al miedo, ignorando su existencia, o enfrentarnos al miedo, tomando conciencia de su poder real, y empezar a construir alternativas. El libro de Julian Assange es una apuesta por lo segundo.   

David Becerra Mayor // El Telégrafo, 16 de diciembre de 2014. Fuente: http://www.telegrafo.com.ec/cultura/medios/item/assange-se-concibe-a-google-como-un-dios.html 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

"Las cruces sobre el agua" de Joaquín Gallegos Lara

La escena es propia de un capitalismo periférico y subdesarrollado: un sector primario improductivo e ineficiente, anquilosado en antiguas técnicas de explotación de la tierra, expulsa del campo a los trabajadores que, para ganarse la vida, acuden en masa a las ciudades en busca de un futuro mejor. Sin embargo, el capitalismo no ha concluido el desarrollo de sus fuerzas productivas y es incapaz de absorber al nuevo proletariado que vive hacinado en las casuchas y covachas que se improvisan en los arrabales de las ciudades. De este desajuste nace el mundo del hampa, el lumpemproletariado: hombres y mujeres sin más posesión que sus manos y que no tienen nada más que vender que su propia vida, su cuerpo, su fuerza de trabajo. Pero no hay nadie que se los compre.

En este ambiente viven los protagonistas de la novela Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara, publicada en 1946. Por sus páginas desfilan personajes muy diversos. No es una novela coral, más bien colectiva, donde las distintas voces terminan confluyendo el 15 de noviembre de 1922. La novela de Gallegos Lara retrata la vida de violencia y miseria en la que viven personajes como Margarita, obligada por su marido a ejercer la prostitución; como la cigarrera Leonor, que regresa a casa con los olores del tabaco adheridos a su cuerpo; como los trabajadores de la herrería, que no saben si hacerle una huelga al patrón Mano de Cabra o darle su merecido en forma de apaleamiento; como el Loco Becerra, el cacaotero que decide tomarse la justicia por su mano cuando descubre que su mujer se acuesta con el gordo Fantasía, el cobrador del arriendo, para cancelarle los recibos de los 6 meses de retraso; o como el panadero, Baldeón, que sufre la peste bubónica y que se muestra reticente a ser llevado al hospital, porque allí muere la gente: la idea del progreso y la modernidad no forma parte de las vidas de los invisibilizados por la sociedad, que solamente acude a su rescate cuando su enfermedad puede extenderse por los barrios ricos.
Estos son algunos de los personajes que habitan las páginas de Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara, pero sobre todos ellos sobresalen sus dos verdaderos protagonistas: Alfredo Baldeón y Alfonso Cortés. Si el primero toma conciencia de clase en el ejercicio de distintos oficios, desde panadero hasta herrero, pasando por soldado en Esmeraldas, el segundo puede acudir al colegio Rocafuerte, gracias al esfuerzo de su familia, y construir un discurso político desde el conocimiento y la cultura. Una escena infantil define a Alfonso: mientras los otros muchachos empapelan sus cometas con banderas francesas o alemanas, nuestro protagonista lo hacía con la bandera de Ecuador. Los muchachos se ríen de su bandera que, aunque “es la de nosotros”, como dice Alfonso, ellos siguen cuestionándola: “¿Y eso qué hace? ¿Qué guerras ha ganado, qué ha hecho, qué es el Ecuador?”. Alfonso no sabía qué contestar, pero seguía empapelando sus cometas con el color de la bandera nacional “con una mezcla de humillación y orgullo”. La suma de la conciencia de clase de Alfredo y el amor por “las palabras pueblo y libertad [que Alfonso] aprendió en los libros de Montalvo”, la clase y la nación, constituyen la base del pensamiento revolucionario ecuatoriano.

Era preciso empezar a cambiar las cosas. Era imprescindible construir un nuevo mundo que no obedeciera al diagnóstico que Alfonso ofrece de su realidad circundante: “una tierra en la que reina el hambre y la muerte, donde aspirar a ser feliz es una canallada”. Y llegó el 15 de noviembre. Y, como se dice en la novela, “todo Guayaquil, menos los ricos” salió a la calle a protestar, a exigir que para ser feliz no fuera necesario robar a los demás. La precariedad compartida de todos los personajes de Las cruces sobre el agua, su rabia y su indignación se canalizan a través de su participación en la huelga general.
La protesta del pueblo fue asfixiada por la represión policial que culminó en masacre. “No son ladrones ¿sabe? Es el pueblo”, dice una voz a quienes empuñan las armas. Pero dispararon y murieron centenares de personas. Y cuando se restableció el orden -lo que la clase dominante llama orden- volvieron los días “de la esclavitud y el hambre”. Muchos perdieron la vida. Sin embargo, sus muertes no serían en vano, porque la lucha y los muertos “quedaban grabados como la mordedura del hacha en el tronco del guayacán: los lustros ampliarían su huella en las capas de los nuevos años”. La recordación de los muertos traerá nuevas luchas que harán caer el tronco. Basta con no olvidar, con mantener su lucha en la memoria.

Después de la masacre, Alfonso abandona Guayaquil. Pasan algunos años y decide regresar. Se asoma al Guayas y por el extremo de los muelles ve aparecer un grupo de cruces negras, que “se erguían, flotando sobre boyas de balsa. Eran altas, de palo pintado de alquitrán. Las ceñían coronas de esas moradas flores del cerro, que se consagran a los difuntos”. ¿Qué significan esas cruces?, le pregunta a un zambo cargador: “¡Ahí adebajo, de donde están las cruces hay fondeados cientos de cristianos, de una mortandad que hicieron hace años. Como eran bastantísimos, a muchos los tiraron a la ría por aquí, abriéndoles la barriga con bayoneta, a que no rebalsaran. Los que enterraron en el panteón, descansan en sagrado. A los de acá ¿cómo no se les va a poner la señal del cristiano, siquiera cuando cumplen años?”. Alfonso, entonces, cae en la cuenta de que es 15 de noviembre. ¿Quién pone las cruces?, pregunta. “No se sabe: alguien que se acuerda”.

No se sabe: alguien que se acuerda. Del mismo modo que la lucha se diluye en lo colectivo, la memoria de quienes lucharon no la custodia un individuo concreto. En ese “alguien que se acuerda”, indefinido, late la voz de un pueblo que igual que se enfrentó a la injusticia, se enfrenta ahora a quienes quieren borrarlos de la historia. De su lucha saldrán nuevas luchas y de su memoria habrá de germinar un mundo nuevo. Porque quizá, como termina la novela, “esas cruces eran la última esperanza del pueblo ecuatoriano”.



David Becerra Mayor // Publicado en El Telégrafo (16 de noviembre de 2014), pág. 9. http://www.telegrafo.com.ec/politica/item/las-cruces-sobre-el-agua-3.html