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jueves, 7 de julio de 2016

La escultura (o la escritura) en el pedestal. Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique Adoum


Estamos de celebración. Una de las novelas más emblemáticas de la literatura ecuatoriana vuelve a publicarse después de cuarenta años sin hacerlo. Nos referimos a la novela del poeta y novelista Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda. Publicada originalmente por Siglo XXI en México en 1976, y que es ahora reeditada por la filial colombiana de Random House. 

Entre Marx y una mujer desnuda debe considerarse, sin duda, como una de las mejores novelas que se han escrito en lengua española, como una de las novelas más interesantes que se ha producido en América Latina. Es una novela donde la experimentación formal no está reñida con el compromiso político, sino todo lo contrario: la subversión del lenguaje se concibe como una forma de subvertir asimismo la realidad, y la presencia de lo onírico no aparece en el texto como un inocente juego vanguardista, sino que se concibe —y ya lo apunta Lenin en la cita que abre la novela— como posibilidad de futuro. 

Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique —o Jorgenrique, como firmó en sus últimos años— es un texto —¿acaso no nos atrevemos a decir que es una novela?— que puede leerse como se mira una escultura: por cada uno de sus lados, de sus cuatro dimensiones. Hay una escena en la que el autor/narrador/personaje dice que su meta es «ensayar una novela más cercana a la escultura que a la pintura, es decir que pudiera comprobarse lateralmente, leerse en cualquier orden, o dejarla inconclusa a fin de poner a trabajar al lector acostumbrado a siglos de pereza». Creo que no hay mejor manera de definir esta novela sino como una escultura que se puede mirar por todos sus costados, y cada uno de ellos te permite leerla de una manera diferente. Por eso es una novela donde los significados se multiplican —no es lo mismo leerla desde un lado, que desde el opuesto—. Jorgenrique consiguió una novela tetradimensional. 

Tal vez por esta razón la novela de Adoum es muchas novelas a la vez sin ser en realidad ninguna. Porque el lector puede encontrar en Entre Marx y una mujer desnuda una novela de adulterio, una novela biográfica o una novela del indio. Depende desde dónde nos acerquemos a mirar la escultura. Si el lector quiere naufragar en la anécdota, puede leer Entre Marx y una mujer desnuda como una trepidante novela de adulterio, como la de los folletines decimonónicos, donde un escritor pobre y acaso maldito se entiende con una mujer despechada y mal casada con un rico hacendado. Una historia de amor prohibido incapaz de funcionar fuera de los encuentros clandestinos de los amantes, porque en realidad ella no quiere renunciar al estatus que le confiere su matrimonio. «No te casaste con un hombre, sino con la burguesía, y es de ella de quien no quieres separarte», le increpa el amante. 

Pero a su vez, Entre Marx y una mujer desnuda puede leerse como una biografía novelada del escritor comunista Joaquín Gallegos Lara. Aunque a medida que avanza la lectura, el lector atento empieza a sospechar que la novela está en parte protagonizada por el autor de Las cruces sobre el agua, esto no se confirma hasta que alcanza a leer el prólogo de la novela que, extrañamente, empieza en la página 233. Adoum homenajea con esta novela al escritor del Grupo de Guayaquil a la vez que utiliza su minusvalía como metáfora de un pueblo ecuatoriano políticamente inmovilizado. Porque, como dice el texto, «a fin de cuentas, todos tenemos las piernas más o menos rotas por la comodidad, atadas por la costumbre, deformadas por el temor, inválidas por la complicidad con un sistema que rechazamos en nuestros momentos de lucidez pero al que nos sometemos cada día». 

Y Entre Marx y una mujer desnuda acaso sea también una novela del indio. El conflicto de la novela se resuelve —o ha de resolverse— a través de la acción del indio, que rompe a hablar al ver que la oligarquía privatiza su agua, el agua que mana de los pozos que ha cavado: «Después de cuatrocientos años de silencio alguien dice trabajosamente, como si las palabras se abrieran paso a codazos a través de los siglos de frío y de humo: “No podimos esperar más [...] No podemos seguir aguantando”». 

Pero volvamos al fragmento inicial, a aquel en el que Adoum entiende su novela como una escultura. Aparece allí una idea clave que asimismo define su escritura: el propósito de retar al lector, de poner a trabajar a ese lector acostumbrado a leer una literatura lineal, demasiado sencilla, y casi siempre acrítica. Exigir política y estéticamente al lector para activarlo es uno de los objetivos que persigue esta compleja novela. Por medio de la complejidad narrativa que el texto presenta, se busca transformar al lector, convertirlo en un sujeto activo en el ejercicio de lectura, no un sujeto pasivo que asume —sin pensar— todo lo que literariamente engulle. Forma y fondo se entrelazan en Entre Marx y una mujer desnuda; la experimentación en el caso de esta novela —y esto es casi una excepción— es también una forma de compromiso político. No experimenta para divertirse con las palabras, sino para emanciparnos de los sentidos totalitarios que imponen quienes poseen los medios de producción de los sentidos. 

En esta novela, la experimentación es un modo de ahondar en la función de la literatura en el capitalismo. Theodor W. Adorno se preguntaba cómo se podría seguir escribiendo poesía después del horror que significó Auschwitz. Parece como si Adoum se preguntara, en Entre Marx y una mujer desnuda, cómo seguir escribiendo bajo el capitalismo, en un sistema que todo aquello que toca lo convierte en mercado, en entretenimiento vacuo, en espectáculo vacío. Porque el capitalismo ha convertido al escritor en un payaso, en una niñera que entretiene a los lectores en sus ratos libres —se apunta en la novela—. Porque el capitalismo demuestra que la literatura ha fracasado cuando ha renunciado a intervenir en el debate público, cuando ya no asume viejos compromisos de transformación social, y ha desertado de su función de ser una fuente de conocimiento. 

¿Cómo escribir bajo el capitalismo?, podría ser la pregunta que se trata de responder Adoum en una novela que, desde la primera página, se va construyendo y destruyendo. En una novela en la que encontramos al escritor/narrador sacando la página que acabamos de leer de la máquina de escribir, haciendo una pelota con el folio descartado, e intentando una y otra vez escribir el comienzo de una novela. 

El lector observa al escritor en su trabajo productivo. Indeciso, siempre titubeando. Ve cómo escribe y rescribe su novela y cómo borra y suprime pasajes; y, en consecuencia, el lector se encuentra de pronto con capítulos inacabados y otros a medio empezar. El lector ve al escritor reflexionar sobre la relación entre el lenguaje y el mundo, pensando que tal vez la destrucción del lenguaje pueda asimismo suponer la destrucción del capitalismo. Porque, bien lo sabe el autor, el lenguaje ordena el mundo, construye relatos de legitimación, y acaso desordenando el lenguaje, atentando contra él, sea posible hacer añicos ese mundo que el lenguaje ordena. Se asume el riesgo de caer en aquello que ya dijo Brecht de los poetas expresionistas: pretendían rebelarse contra el capitalismo y terminaron por rebelarse contra la gramática. 

Sin embargo, Jorge Enrique Adoum se adelanta a nosotros y saca a colación otra acertada frase de Brecht. Decía Gramsci que un momento de crisis es aquel en que el mundo viejo no termina de marcharse, pero el mundo nuevo todavía no ha terminado de llegar. Como si quisiera aplicar esta definición de crisis gramsciana al ámbito de la literatura, Brecht nos dice —y así se cita en Entre Marx y una mujer desnuda— que «en una sociedad como la nuestra, cuyas bases se encuentran en un proceso de transformación revolucionaria, las viejas formas incapacitan a la literatura para influir en la configuración de nuevos modos de vida». La complejidad de Entre Marx y una mujer desnuda se debe, pues, a que se produce en medio de «un proceso de transformación revolucionaria», donde las viejas formas narrativas ya no funcionan y hay que buscar unas nuevas, explorar vías distintas para la construcción de un discurso literario otro. Entre Marx y una mujer desnuda es el resultado de esa búsqueda. 

Pero a su vez, ya lo decíamos al principio, Entre Marx y una mujer desnuda es una apuesta por los sueños. La cita de Lenin con la que se abre la novela es en este sentido muy significativa. Dice Lenin que «el desacuerdo entre el sueño y la realidad no tiene nada de nocivo, siempre que el hombre que sueña crea seriamente en su sueño, que observe atentamente la vida, compare sus observaciones con sus castillos en el aire y, de una manera general, trabaje a conciencia por la realización de su sueño». Y acaso no estemos, al leer Entre Marx y una mujer desnuda, ante otra cosa que no sea un sueño. Es obligación del lector descubrirlo. Y, les aseguro, valdrá la pena descubrirlo. Porque, en mi opinión, estamos ante una de las novelas más interesantes escritas en lengua española. Acérquense a ella como quien se acerca a una escultura, y mírenla por todos sus costados, léanla lateralmente. Y, como lectores, construyan un pedestal para que esta escultura pueda ser vista también desde lejos. Porque, como decía Jorge Enrique Adoum en la entrevista que le realizó su hija y periodista Alejandra Adoum para el documental titulado Jorgenrique, dirigido por Poncho Álvarez, la literatura ecuatoriana es una literatura de altura, de gran calidad, pero sucede que nadie se ha preocupado en construir un pedestal desde el cual pueda ser contemplada o leída. Esta escultura hecha de palabras titulada Entre Marx y una mujer desnuda, como el conjunto de la literatura ecuatoriana, necesita apoyarse en un pedestal para que no solo los ecuatorianos y las ecuatorianas puedan disfrutarla y leerla. Hay en el Ecuador una producción literaria que poco o nada tiene que envidiarles a otros países de habla hispana. Solamente hay que trabajar, entre todos y todas, para construir ese pedestal que la literatura tanto necesita. 

Hagámoslo. Ya no hay excusas. Ha llegado el momento.

David Becerra Mayor // Cartón Piedra, nº242 (19 de junio 2016), págs. 81-83. Fuente: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/carton-piedra/34/la-escultura-o-la-escritura-en-el-pedestal

stamos de celebración. Una de las novelas más emblemáticas de la literatura ecuatoriana vuelve a publicarse después de cuarenta años sin hacerlo. Nos referimos a la novela del poeta y novelista Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda. Publicada originalmente por Siglo XXI en México en 1976, y que es ahora reeditada por la filial colombiana de Random House. Entre Marx y una mujer desnuda debe considerarse, sin duda, como una de las mejores novelas que se han escrito en lengua española, como una de las novelas más interesantes que se ha producido en América Latina. Es una novela donde la experimentación formal no está reñida con el compromiso político, sino todo lo contrario: la subversión del lenguaje se concibe como una forma de subvertir asimismo la realidad, y la presencia de lo onírico no aparece en el texto como un inocente juego vanguardista, sino que se concibe —y ya lo apunta Lenin en la cita que abre la novela— como posibilidad de futuro. Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique —o Jorgenrique, como firmó en sus últimos años— es un texto —¿acaso no nos atrevemos a decir que es una novela?— que puede leerse como se mira una escultura: por cada uno de sus lados, de sus cuatro dimensiones. Hay una escena en la que el autor/narrador/personaje dice que su meta es «ensayar una novela más cercana a la escultura que a la pintura, es decir que pudiera comprobarse lateralmente, leerse en cualquier orden, o dejarla inconclusa a fin de poner a trabajar al lector acostumbrado a siglos de pereza». Creo que no hay mejor manera de definir esta novela sino como una escultura que se puede mirar por todos sus costados, y cada uno de ellos te permite leerla de una manera diferente. Por eso es una novela donde los significados se multiplican —no es lo mismo leerla desde un lado, que desde el opuesto—. Jorgenrique consiguió una novela tetradimensional. Tal vez por esta razón la novela de Adoum es muchas novelas a la vez sin ser en realidad ninguna. Porque el lector puede encontrar en Entre Marx y una mujer desnuda una novela de adulterio, una novela biográfica o una novela del indio. Depende desde dónde nos acerquemos a mirar la escultura. Si el lector quiere naufragar en la anécdota, puede leer Entre Marx y una mujer desnuda como una trepidante novela de adulterio, como la de los folletines decimonónicos, donde un escritor pobre y acaso maldito se entiende con una mujer despechada y mal casada con un rico hacendado. Una historia de amor prohibido incapaz de funcionar fuera de los encuentros clandestinos de los amantes, porque en realidad ella no quiere renunciar al estatus que le confiere su matrimonio. «No te casaste con un hombre, sino con la burguesía, y es de ella de quien no quieres separarte», le increpa el amante. Pero a su vez, Entre Marx y una mujer desnuda puede leerse como una biografía novelada del escritor comunista Joaquín Gallegos Lara. Aunque a medida que avanza la lectura, el lector atento empieza a sospechar que la novela está en parte protagonizada por el autor de Las cruces sobre el agua, esto no se confirma hasta que alcanza a leer el prólogo de la novela que, extrañamente, empieza en la página 233. Adoum homenajea con esta novela al escritor del Grupo de Guayaquil a la vez que utiliza su minusvalía como metáfora de un pueblo ecuatoriano políticamente inmovilizado. Porque, como dice el texto, «a fin de cuentas, todos tenemos las piernas más o menos rotas por la comodidad, atadas por la costumbre, deformadas por el temor, inválidas por la complicidad con un sistema que rechazamos en nuestros momentos de lucidez pero al que nos sometemos cada día». Y Entre Marx y una mujer desnuda acaso sea también una novela del indio. El conflicto de la novela se resuelve —o ha de resolverse— a través de la acción del indio, que rompe a hablar al ver que la oligarquía privatiza su agua, el agua que mana de los pozos que ha cavado: «Después de cuatrocientos años de silencio alguien dice trabajosamente, como si las palabras se abrieran paso a codazos a través de los siglos de frío y de humo: “No podimos esperar más [...] No podemos seguir aguantando”». Pero volvamos al fragmento inicial, a aquel en el que Adoum entiende su novela como una escultura. Aparece allí una idea clave que asimismo define su escritura: el propósito de retar al lector, de poner a trabajar a ese lector acostumbrado a leer una literatura lineal, demasiado sencilla, y casi siempre acrítica. Exigir política y estéticamente al lector para activarlo es uno de los objetivos que persigue esta compleja novela. Por medio de la complejidad narrativa que el texto presenta, se busca transformar al lector, convertirlo en un sujeto activo en el ejercicio de lectura, no un sujeto pasivo que asume —sin pensar— todo lo que literariamente engulle. Forma y fondo se entrelazan en Entre Marx y una mujer desnuda; la experimentación en el caso de esta novela —y esto es casi una excepción— es también una forma de compromiso político. No experimenta para divertirse con las palabras, sino para emanciparnos de los sentidos totalitarios que imponen quienes poseen los medios de producción de los sentidos. En esta novela, la experimentación es un modo de ahondar en la función de la literatura en el capitalismo. Theodor W. Adorno se preguntaba cómo se podría seguir escribiendo poesía después del horror que significó Auschwitz. Parece como si Adoum se preguntara, en Entre Marx y una mujer desnuda, cómo seguir escribiendo bajo el capitalismo, en un sistema que todo aquello que toca lo convierte en mercado, en entretenimiento vacuo, en espectáculo vacío. Porque el capitalismo ha convertido al escritor en un payaso, en una niñera que entretiene a los lectores en sus ratos libres —se apunta en la novela—. Porque el capitalismo demuestra que la literatura ha fracasado cuando ha renunciado a intervenir en el debate público, cuando ya no asume viejos compromisos de transformación social, y ha desertado de su función de ser una fuente de conocimiento. ¿Cómo escribir bajo el capitalismo?, podría ser la pregunta que se trata de responder Adoum en una novela que, desde la primera página, se va construyendo y destruyendo. En una novela en la que encontramos al escritor/narrador sacando la página que acabamos de leer de la máquina de escribir, haciendo una pelota con el folio descartado, e intentando una y otra vez escribir el comienzo de una novela. El lector observa al escritor en su trabajo productivo. Indeciso, siempre titubeando. Ve cómo escribe y rescribe su novela y cómo borra y suprime pasajes; y, en consecuencia, el lector se encuentra de pronto con capítulos inacabados y otros a medio empezar. El lector ve al escritor reflexionar sobre la relación entre el lenguaje y el mundo, pensando que tal vez la destrucción del lenguaje pueda asimismo suponer la destrucción del capitalismo. Porque, bien lo sabe el autor, el lenguaje ordena el mundo, construye relatos de legitimación, y acaso desordenando el lenguaje, atentando contra él, sea posible hacer añicos ese mundo que el lenguaje ordena. Se asume el riesgo de caer en aquello que ya dijo Brecht de los poetas expresionistas: pretendían rebelarse contra el capitalismo y terminaron por rebelarse contra la gramática. Sin embargo, Jorge Enrique Adoum se adelanta a nosotros y saca a colación otra acertada frase de Brecht. Decía Gramsci que un momento de crisis es aquel en que el mundo viejo no termina de marcharse, pero el mundo nuevo todavía no ha terminado de llegar. Como si quisiera aplicar esta definición de crisis gramsciana al ámbito de la literatura, Brecht nos dice —y así se cita en Entre Marx y una mujer desnuda— que «en una sociedad como la nuestra, cuyas bases se encuentran en un proceso de transformación revolucionaria, las viejas formas incapacitan a la literatura para influir en la configuración de nuevos modos de vida». La complejidad de Entre Marx y una mujer desnuda se debe, pues, a que se produce en medio de «un proceso de transformación revolucionaria», donde las viejas formas narrativas ya no funcionan y hay que buscar unas nuevas, explorar vías distintas para la construcción de un discurso literario otro. Entre Marx y una mujer desnuda es el resultado de esa búsqueda. Pero a su vez, ya lo decíamos al principio, Entre Marx y una mujer desnuda es una apuesta por los sueños. La cita de Lenin con la que se abre la novela es en este sentido muy significativa. Dice Lenin que «el desacuerdo entre el sueño y la realidad no tiene nada de nocivo, siempre que el hombre que sueña crea seriamente en su sueño, que observe atentamente la vida, compare sus observaciones con sus castillos en el aire y, de una manera general, trabaje a conciencia por la realización de su sueño». Y acaso no estemos, al leer Entre Marx y una mujer desnuda, ante otra cosa que no sea un sueño. Es obligación del lector descubrirlo. Y, les aseguro, valdrá la pena descubrirlo. Porque, en mi opinión, estamos ante una de las novelas más interesantes escritas en lengua española. Acérquense a ella como quien se acerca a una escultura, y mírenla por todos sus costados, léanla lateralmente. Y, como lectores, construyan un pedestal para que esta escultura pueda ser vista también desde lejos. Porque, como decía Jorge Enrique Adoum en la entrevista que le realizó su hija y periodista Alejandra Adoum para el documental titulado Jorgenrique, dirigido por Poncho Álvarez, la literatura ecuatoriana es una literatura de altura, de gran calidad, pero sucede que nadie se ha preocupado en construir un pedestal desde el cual pueda ser contemplada o leída. Esta escultura hecha de palabras titulada Entre Marx y una mujer desnuda, como el conjunto de la literatura ecuatoriana, necesita apoyarse en un pedestal para que no solo los ecuatorianos y las ecuatorianas puedan disfrutarla y leerla. Hay en el Ecuador una producción literaria que poco o nada tiene que envidiarles a otros países de habla hispana. Solamente hay que trabajar, entre todos y todas, para construir ese pedestal que la literatura tanto necesita. Hagámoslo. Ya no hay excusas. Ha llegado el momento.

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/carton-piedra/34/la-escultura-o-la-escritura-en-el-pedestal
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miércoles, 24 de junio de 2015

Entrevista a Abdón Ubidia

Un paseo por los territorios de la literatura ecuatoriana: cuando el canto se convierte en llanto

 

Abdón Ubidia (Quito, 1944) es novelista, cuentista y ensayista. Es uno de los escritores más representativos de la literatura ecuatoriana actual. Organizado por la Agregaduría de Cultura de la Embajada de Ecuador en España, Ubidia ha impartido en el Museo de América de Madrid un seminario sobre literatura e historia ecuatoriana durante tres semanas. El autor de Ciudad de invierno (Alfaguara, 2014) o Sueños de lobos (Txalaparta, 2002) ha invitado a recorrer al público asistente la historia de Ecuador a través de las páginas más significativas de la novela ecuatoriana. El objetivo que se perseguía –y sin duda se ha cumplido– era crear una narrativa de narrativas de Ecuador.
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Aunque quince años antes Miguel Riofrío había publicado ya La emancipada (1863), se suele considerar que la literatura ecuatoriana se inaugura con Cumandá de Juan León Mera, de 1879. El poeta y también novelista ecuatoriano Jorge Enrique Adoum dice, sin embargo, que la literatura ecuatoriana no empieza con Cumandá sino contra Cumandá, porque si bien es esta una novela donde el mundo ecuatoriano aparece retratado por primera vez –la selva amazónica, el indio, etc.– este se mira desde una óptica europea, se observa con una mirada colonizada, podríamos decir; se idealiza la selva y se describe de una manera casi bucólica. Incluso se ha dicho que Cumandá no es sino una copia de Atala de Chateaubriand. ¿La literatura ecuatoriana empieza con Cumandá o contra Cumandá, en tu opinión?
En esta ocasión, lamento discrepar con el concepto que mantiene Jorge Enrique Adoum de Cumandá, de que solo es una novela europea o europeizante. Nadie le puede quitar cercanía con la tradición europea, pero cuando hacemos un ejercicio de literatura comparada vale más bien señalar las diferencias que no las semejanzas. Las diferencias son bien significativas y hay que tomarlas en cuenta. Las semejanzas de Cumandá y Atala son obvias, inclusive en cuanto se refiere a sus intenciones. En apariencia, al menos, Cumandá es una obra escrita para probar lo mismo que su famosa antecesora: que la realidad material no cuenta frente a la espiritual, que el cristianismo es una exigencia imperiosa para poner orden en el mundo de los indios; que el amor casto es el amor ideal. Mas, ciertamente, una lectura seria de Cumandá no se agota en estas semejanzas. Ahora que ya han pasado más de cien años de su publicación es posible ensayar una lectura comprensiva de Cumandá, una lectura histórica, una lectura que la explique, que la sitúe en el preciso marco histórico en el que nació. En mi opinión, para reconocer la singularidad de Cumandá y no verla simplemente como un calco de Atala, es necesario acudir a la base real de la novela, a su carácter histórico, que es central en la novela: el levantamiento indígena de Columbe y Guamote de 1803 (que Mera, al igual que otros historiadores de su generación, sitúa equivocadamente en 1790), con el que arranca la novela. Cumandá se escribe cuando ha ocurrido otro levantamiento, entre 1871 y 1872. Ambos levantamientos dialogan de alguna manera en la novela de Mera. La novela Cumandá se reparte entre dos escenarios: un escenario serrano en el que ocurren hechos ligados a la región indígena, como son las sublevaciones indígenas que allí tuvieron lugar. El hacendado Domingo Orozco pierde a su familia y entiende que en parte se debe al trato despótico que le dio a los indios. Cuando la novela se traslada del escenario serrano al escenario de oriente de la selva ecuatoriana, se redefine la historia maldita y el cruel hacendado pasa a ser santo misionero y el jefe de la rebelión india, un salvaje al que hay que catequizar. En estos traslados uno puede ver muchas cosas más que lo que aparentemente es una reproducción de la literatura europea.
León Mera fue garciano [partidario de García Moreno], fue cristiano y un conservador convencido, pero fue también un escritor honesto. Juan León Mera también amaba a los indígenas, con quienes se crió en una pequeña finca arrendada por su tía. Cumandá es un cuento desgarrado. En el conservadurismo hay unas ganas de negar la realidad objetiva, pero para negar la realidad objetiva hay que contarla. Porque si bien no hay literatura que sea capaz de captar total, “realmente” la realidad; tampoco hay literatura que pueda escapar eficazmente de ella, callarla u ocultarla. En ese desgarro se puede leer la realidad histórica de la novela. Juan León Mera era muy consciente de que él estaba situado en una época histórica en la que el Estado nacional se formaba. Mera fue el autor de la primera novela extensa –la novela de Miguel Riofrío era una novela breve y además fue desconocida durante muchos años–; Mera es el autor de la primera antología de cuentos propios y autor de la primera antología de la poesía quichua. Además de ser el autor de la letra del himno nacional. A pesar del execrable conservadurismo, su garcianismo, hay una mentalidad honesta de quien sabe situarse –y no todos saben– en un momento histórico clave, pero también nota sus propios desgarramientos ideológicos.

Has hecho referencia a la construcción del Estado nacional. En el seminario de literatura que acabas de impartir en Madrid, señalabas que A la costa de Luis A. Martínez, de 1904, es una novela que, acaso para legitimar el proyecto de construcción del Estado-nación ecuatoriano, convierte al mestizo en protagonista, como si representara el mestizo la identidad más adecuada para el nuevo Estado que se está constituyendo, como si el mestizo fuera el representante de la esencia del ser ecuatoriano, la metonimia del nuevo hombre ecuatoriano que tendrá que ser protagonista en la construcción del nuevo Estado nacional. ¿Cómo pasa a ocupar el mestizo esa posición central en la configuración de la nueva sociedad?
El hecho concreto es que la Revolución liberal fue hecha por mestizos, pero también hay que señalar que en toda la colonia hubo una especie de condena al mestizo. Hay muchas leyendas donde el mestizo aparece como malo y el blanco como bueno. Sin embargo, ¿qué es lo que había ocurrido? Los mestizos fueron los que lucharon por la Revolución liberal y, mal que bien, esos descendientes de la “raza maldita”, los engendros de esas dos “razas malditas” –el negro y el indio–, protagonizaron el triunfo de la Revolución. A partir de este momento empieza a haber un canto al mestizo –recordemos por ejemplo “la raza cósmica” del mexicano Vasconcelos.
A la costa se sitúa en un momento de reafirmación del Estado nacional, en los años en que ocurría la Revolución liberal, que permitió que se lograra una cantidad de transformaciones y reformas que en esos años todavía nadie había hecho: laicismo, divorcio, etc. A la costa es un canto al mestizaje. Es la primera novela realista que ya no le debe nada al romanticismo ni al costumbrismo europeo. A la costa empieza a fundar el realismo social latinoamericano. Es una novela que además legitima, de alguna manera, la construcción del Estado nacional. Para el Estado nacional necesitamos primero un territorio nacional. Entonces, qué hay que hacer: unir las regiones. ¿Cómo? Eso que el hace en la novela, con un protagonista que viaja de la sierra a la costa, lo está haciendo el ferrocarril, la infraestructura más compleja de Eloy Alfaro. Para constituirse el Estado nacional había que unir el territorio; en la literatura también, aunque fuera de modo simbólico. Pero, obviamente, necesitas un habitante para el nuevo Estado. Pero, ¿quién será ese nuevo habitante? Por un lado tienes al indio, por otro al blanco; por un lado los que tienen todo, por otro los que no tienen nada. ¿Cómo resolver esas contradicciones? Inventan al mestizo como redentor de los oprimidos. Entonces, el mestizo obtiene el poder con la Revolución liberal, pero una vez que ha sido previamente ya cantado como el habitante real, necesario, del futuro, en tanto que el mestizo representa la posibilidad de resolver todas las contradicciones generadas en el pasado. El protagonista de A la costa, conservador, caracterizado como blanco y ojiazul, aparece como una raza mal preparada para la vida; en cambio su antagonista, que es Luciano, la luz, es liberal, dinámico, es un representante del nuevo hombre que nace con la Revolución liberal. La función de A la costa es reproducir en el imaginario literario lo que era parte de la historia real. Si A la costa solo hubiera cantado al liberalismo, no hubiera quedado nada; cantó al habitante del futuro. Pero el mestizo llega al poder y no resuelve la contradicción entre ricos y pobres. Y el canto se convertirá en llanto.

Muy interesante la asociación que estableces entre la literatura y el ferrocarril. Mientras que el ferrocarril vertebra el Estado nación geográficamente, la literatura cumple la misma función de cohesionar el país a nivel simbólico e ideológico. Pero hablabas ahora de los años treinta, cuando se produce una literatura realista donde posiblemente ese Estado nacional que se estaba construyendo entra en crisis y el mestizo, cargado de connotaciones positivas en A la costa, deja de tenerlas en novelas como Huasipungo o En las calles de Jorge Icaza, y empieza a ser visto por los indios como un traidor de su raza por situarse cerca de los blancos, por ser servil al blanco e incluso reprimir al indio cuando el blanco se lo ordena, pero a la vez es visto con desprecio por el blanco por correr sangre india por sus venas. El hombre del futuro de repente, por ocupar una posición intermedia, no encuentra lugar en la sociedad ecuatoriana y sufre un rechazo por abajo y por arriba. Este cambio en la percepción del indio, ¿es resultado de la crisis del Estado nacional ecuatoriano del que hablabas, donde el mestizo iba a ocupar un papel central?
Hay que señalar el hecho de que la realidad no cambió con los mestizos en el poder. Luego, se pudo mostrar al mestizo no como el habitante del futuro, sino como el ser desgarrado del presente. Un ser escindido entre una naturaleza blanca y una realidad indígena que esconde. En toda la obra de Icaza hay un análisis de este sujeto desgarrado y contradictorio que es el mestizo. Hay una novela de Icaza, Mama Pacha, donde el protagonista quiere asumir un crimen que no cometió para ocultar que tiene una madre indígena.
Pero este desgarro dio lugar a una muy buena literatura en Ecuador. Posiblemente la década de los treinta fue el periodo de mayor concentración de grandes obras de la literatura ecuatoriana. Los años treinta constituye el boom de la literatura ecuatoriana. Cuando se nos pregunta por qué Ecuador no estuvo en el boom latinoamericano de los años sesenta siempre respondo para qué va a estar, si Ecuador ya tuvo su boom en los años treinta. Se publicó la mejor literatura ecuatoriana en esa década. Yo le escuché a Julio Cortázar decir que quedó trastornado leyendo Huasipungo y que aprendió a escribir leyendo literatura ecuatoriana, y concretamente a Icaza.
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Hay que dividir la literatura de los años treinta y la de la década los cuarenta. En los cuarenta tenemos ya las obras maduras del realismo social ecuatoriano, que empezó a gestarse con A la costa, pero en la década de los treinta tenemos las novelas que definen el realismo social. Son novelas que parten de un principio de objetividad, que hacen protagonista a un héroe gregario y tratan de hacer un inventario de la realidad, incluso en lo lingüístico, al intentar retratar en lenguaje de los indígenas, de los cholos, de los montubios. De hecho se dice que Huasipungo se ha traducido a todos los idiomas menos al castellano, para referirse al modo, sin duda verosímil y fidedigno, con que Icaza supo trasladar la lengua de los indígenas a su literatura. Ese ímpetu que se registró en los años treinta en forma de grito se encuentra en los años cuarenta ya en forma de una literatura ya reposada. Yo creo, para no mencionar tantas novelas, que es un claro ejemplo Juyungo de Adalberto Ortiz, una historia de un negro que no se reconoce como negro, porque es un negro entre mestizos, un negro entre blancos, y a lo largo de un recorrido largo en Esmeraldas, va adquiriendo conciencia del mundo, una conciencia social: no importa que seas blanco o negro, lo importante es si eres pobre o no eres pobre. Lo fantástico de esta novela es que cuando Juyungo tiene conciencia del mundo, y en términos hegelianos tiene una conciencia feliz, una conciencia desde la que puede explicar todas las cosas, en ese momento estalla la guerra entre Ecuador y Perú y se le derrumban todos los esquemas. Entonces, tiene que ir a combatir en la guerra y se enfrenta a otros pobres como él, pobres que combaten entre sí. Blancos o negros, pero están combatiendo los mismos. Y de golpe esa trabajosa conciencia del mundo, que fue una conciencia social, que él adquirió, estalla. La novela termina con una escena fabulosa: Juyungo termina loco en medio de un combate.

Una de las novelas sin duda más interesantes de la literatura ecuatoriana es Los que se van, un libro de relatos escrito por tres de los cinco miembros del Grupo de Guayaquil: Joaquín Gallegos Lara, Demetrio Aguilera Malta y Enrique Gil Gilbert. Una obra que permitió que la literatura ecuatoriana perdiera su complejo de inferioridad respecto a la literatura producida en otros países de América Latina. El intelectual ecuatoriano Benjamín Carrión cuenta que, cuando se publicó Los que se van, se encontraba en París y que “cuando en charlas amistosas sobre la patria grande, entre escritores iberoamericanos, día tras día se comentaban nuevos aparecimientos de la novela, de la obra valiosa, yo, de mi Ecuador nada nuevo tenía que contar. Nada. Nada. Nada. No interesaba ya nuestro modernismo retrasado […] [Pero un día, en 1930], me llega desde Guayaquil un librito, bastante mal presentado, papel ordinario, con un título que lo mismo podía servir para un tomo de poesías románticas, como para un volumen de canciones saudosas: Los que se van. Por fin podía hablar de la nueva literatura de mi Ecuador y de la vocación de cultura de mi pequeña tierra. Soy enemigo de emplear el cuentagotas para decir mi admiración o mi disgusto. Y es por ello que, seguro de mis preferencias en mí mismo, declaro que este libro de Gil Gilbert, Aguilera Malta y Gallegos Lara, es lo mejor que, en su género haya yo leído de autor ecuatoriano”. Así recibe Benjamín Carrión Los que se van. ¿Qué opinión te merece este sentimiento de orfandad literaria de Carrión y después su sorpresa al recibir el libro?
En los años treinta tenemos unos jóvenes escritores que van en contra de toda la tradición literaria que cuidaban las normas de la Academia, y que asumen, como decía antes, el inventario lingüístico de la realidad. El subtítulo de Los que se van es claro: los cuentos del cholo y del montubio. Es un tema –digamos– “bárbaro”, si utilizamos la terminología que se empleaba entonces. Y luego, en lo formal, tiene un rigor en la forma de calcar la lengua. Son cuentos de distintos autores, pero todos ellos están escritos con la misma factura. El Grupo de Guayaquil estaba fundando la generación de los años treinta. Comparto la alegría con la que recibe el libro Benjamín Carrión.

Cuando analizas Don Goyo de Demetrio Aguilera Malta, de 1933, hablas de ella como la primera novela latinoamericana ecologista. ¿En qué se caracteriza ese tipo de novela?
En los años veinte imperaba en América Latina un tipo de novela que algunos estudiosos llamaban novela de la tierra. Doña Bárbara o La Tigra ponían en escena un conflicto fundamentalmente ideológico, que era el conflicto del hombre y la naturaleza, la civilización contra la barbarie. El voto de esos intelectuales estaba dado a favor de la civilización. Son novelas que parten de un maniqueísmo muy acusado. Don Goyo trasforma el conflicto ideológico civilización/barbarie y funda el realismo social no partiendo del conflicto entre el hombre y la naturaleza, sino entre unos y otros hombres. Es un conflicto de justicia el que hace que se inicie la rebelión. Don Goyo es la primera novela ecologista no solo porque transforma el conflicto de naturaleza/hombre, sino porque además don Goyo, el personaje, funciona como representación de la naturaleza que combate a la civilización que desde fuera viene a destruir los manglares, el lugar donde viven los cholos en el golfo de Guayaquil.

Si observamos la literatura ecuatoriana de la misma época, de los años treinta, es interesante comprobar el interés que genera, entre la intelectualidad ecuatoriana, la Guerra Civil española. En el libro de Niall Binns, Ecuador y la guerra civil española (Calambur, 2012), se observa cómo el proyecto político de la República española permite dejar atrás la idea de esa España oscurantista, inquisitorial, que miraba por encima del hombro a América Latina; la España republicana iba a permitir que la antigua metrópoli y las antiguas colonias pudieran empezar a dialogar de igual a igual, en igualdad de condiciones. Poemas como “Buenos días, Madrid” de Gil Gilbert o “Juzga, España miliciana” de Humberto Mata son un claro ejemplo. El primero dice: “Buenos días, España! / Te saludo con voz mitad de negro, mitad de indio […] Por primera vez con alegría de hombre. / Por primera vez en mis tobillos i muñecas / no arden las pulseras que España me aherrojara. // Este hombre que te odiara cinco siglos en mi sangre, / Hoy te dice por vez primera con voz de compañero: / Buenos días, Madrid”. Y el segundo: “España… la de mantos, la de la Inquisición… / Os odiaba fuertemente, con la sangre de indio y puma […] Si en lugar de alarde prepotente, erizado, / Hubieseis conquistado por amor Sierra y Yungal / Ahora hubieseis sido patrona de la América, / No dejando que salta la Independencia brusca / Para que pueblos jóvenes, más bien digamos: niños, / Se emancipen creyendo poseer su madurez… / España, Señora y Madre, / No estuviéramos ahora ahorcados por el gringo / Que luego de exprimirnos los suelos y subsuelos / Asfixia conciencias, corrompe los estados, / Daña ciudadanías, y ve en nosotros solo / Al mísero comprado, al esclavo deleznable”.
Pero no es un fenómeno exclusivamente ecuatoriano. Pensemos en Neruda, en Vallejo. Obviamente había una nostalgia de España, habíamos matado a la Madre Patria y nos quedamos huérfanos. Con la nueva España que venía con la República era natural que se estableciera un nuevo diálogo. La monarquía recordaba la época colonial y de pronto, con la República, una España nace en contra de sí misma, una España que se rebela contra aquellos a los que habían odiado los que se rebelaron en las colonias. Era un renacimiento, una España renovada que los latinoamericanos reconocían. La izquierda latinoamericana reconocía y apoyaba a la República. España era un enclave nuevo de un mundo que iba hacia el socialismo. Éramos los mismos. En América Latina se leía a Machado, a Lorca. España podía representar, entonces, esa esperanza compartida. Por eso la caída de España fue un duro golpe para el conjunto de la izquierda latinoamericana.

Haciendo un salto en el tiempo, me gustaría preguntarte por uno de los mejores escritores ecuatorianos, y latinoamericanos, Jorge Enrique Adoum y por su novela Entre Marx y una mujer desnuda. ¿Qué significó la publicación de la novela en la tradición literaria ecuatoriana?
La novela se publica en 1976. En los años 70 Ecuador pasa de ser un país bananero a ser un país petrolero. Esto lo cambió todo. Las ciudades crecieron, Quito creció cuatro veces más, al convertirse en un polo de inmigración, pero no solo interna, de gente que venía de otras zonas de Ecuador, sino también llegaron los que huían de las dictaduras del Cono Sur. De pronto la vida cotidiana se trastornó. Y en ese contexto, en la década de los setenta, empieza a asomar una cantidad de novelas nuevas, de entre las cuales destaca Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique Adoum. La novela lleva como subtítulo “Novela con personajes”; yo le dije, en una ocasión a Jorge Enrique Adoum, que más bien debió decir “Poema con personajes”. El tratamiento del texto es el de un poema. El uso del lenguaje de Entre Marx y una mujer desnuda es tan puntilloso, tan detenido, tan hermoso, que eso es un poema con personajes. Entre Marx y una mujer desnuda no es como las novelas que contienen una sola historia, hay en el texto varias historias: la de los escritores de los años treinta, que él conoció cuando ya estaban bastante creciditos –David Andrade y Joaquín Gallegos Lara son protagonistas de la trama–, pero también la novela incluye dentro otras novelas (novela de adulterio, novela del indio, etc.).

Si hablamos de literatura ecuatoriana actual, ¿cuáles son los temas o preocupaciones más recurrentes?
Cuando llegamos al fin de siglo, al fin del milenio, parece que llegamos también al fin del mundo. Ecuador sufre una enorme crisis financiera, pierde la moneda nacional, con la devaluación que ello conlleva. En una sociedad tan cerrada, tan estrecha, tan endogámica, tan familiar, como era la ecuatoriana, de pronto, por la crisis, un millón setecientos mil ecuatorianos y ecuatorianas se vieron obligados a emigrar. Las familias monoparentales empezaron a asomar: chicos que vivían solos, sin sus padres, o sin uno de los dos padres, que recibían dinero, y que tenían dinero pero no tenían familia. Hubo mucho sufrimiento. En este contexto surge la nueva literatura ecuatoriana, una literatura que había reflejado hasta el momento fenómenos de migración interna –hemos hablado de personajes que van de la sierra a la costa–, a partir de este momento empieza a tratar el fenómeno de la migración exterior. Cada año salen títulos nuevos sobre cómo afectó a su literatura el fenómeno migratorio.

He empezado esta conversación con una frase de Adoum y voy a terminar con otra afirmación del autor de Entre Marx y una mujer desnuda. Decía Adoum que la literatura ecuatoriana no era peor que otras del continente latinoamericano –incluso era una tradición que había dado obras excelentes– pero que le faltaba un pedestal para ser vista desde lo lejos. Desde un lejos geográfico pero también temporal. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación? ¿Le ha faltado a la literatura ecuatoriana un pedestal?
Esa especie de deseo de tener el reconocimiento de fuera es también una concepción colonial, creo yo. Para nada diría que Adoum padezca esa enfermedad tan frecuente. En cambio, sí diría que posiblemente quería decir otra cosa. Porque el pedestal en los años setenta para la literatura latinoamericana fueron las editoriales. Lo que ocurrió es que se produjo un fenómeno de reconocimiento de autores que ya estaban hechos y derechos. Eran autores hechos cuando les sorprendió el boom latinoamericano. Y esta fue también una moneda de dos caras: por un lado, nosotros reconocemos cuando nos reconocen; y por otro lado, el Ecuador no tuvo la suerte de haber tenido cabida en el boom latinoamericano, porque, como ya dije, ya hubo un boom en los años treinta.
Pero hay mucha tela que cortar cuando se habla de la necesidad del reconocimiento. Claro que cuanto más lean a un autor, mejor; pero yo no me olvido de esa frase de García Márquez: “escribo para que me lean mis amigos”. Y no me olvido tampoco de aquello de Ezra Pound: “escribo para tres o cuatro personas. Algunos más pueden leer los textos, pero yo he escrito para tres o cuatro personas”. Claro que también nos gusta que se nos reconozca y si publicamos en España, mejor que si no publicamos en España. Eso le ocurría a los escritores de mi generación, pero quizá ya no a los jóvenes. Porque los jóvenes ya son migrantes, estudian en las universidades de fuera, y ya no tiene sentido ese pedestal.
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David Becerra Mayor // Crónica Popular (8 junio 2015). Fuente: http://www.cronicapopular.es/2015/06/conversacion-con-abdon-ubidia-un-paseo-por-los-territorios-de-la-literatura-ecuatoriana-cuando-el-canto-se-convierte-en-llanto/

miércoles, 19 de noviembre de 2014

"Las cruces sobre el agua" de Joaquín Gallegos Lara

La escena es propia de un capitalismo periférico y subdesarrollado: un sector primario improductivo e ineficiente, anquilosado en antiguas técnicas de explotación de la tierra, expulsa del campo a los trabajadores que, para ganarse la vida, acuden en masa a las ciudades en busca de un futuro mejor. Sin embargo, el capitalismo no ha concluido el desarrollo de sus fuerzas productivas y es incapaz de absorber al nuevo proletariado que vive hacinado en las casuchas y covachas que se improvisan en los arrabales de las ciudades. De este desajuste nace el mundo del hampa, el lumpemproletariado: hombres y mujeres sin más posesión que sus manos y que no tienen nada más que vender que su propia vida, su cuerpo, su fuerza de trabajo. Pero no hay nadie que se los compre.

En este ambiente viven los protagonistas de la novela Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara, publicada en 1946. Por sus páginas desfilan personajes muy diversos. No es una novela coral, más bien colectiva, donde las distintas voces terminan confluyendo el 15 de noviembre de 1922. La novela de Gallegos Lara retrata la vida de violencia y miseria en la que viven personajes como Margarita, obligada por su marido a ejercer la prostitución; como la cigarrera Leonor, que regresa a casa con los olores del tabaco adheridos a su cuerpo; como los trabajadores de la herrería, que no saben si hacerle una huelga al patrón Mano de Cabra o darle su merecido en forma de apaleamiento; como el Loco Becerra, el cacaotero que decide tomarse la justicia por su mano cuando descubre que su mujer se acuesta con el gordo Fantasía, el cobrador del arriendo, para cancelarle los recibos de los 6 meses de retraso; o como el panadero, Baldeón, que sufre la peste bubónica y que se muestra reticente a ser llevado al hospital, porque allí muere la gente: la idea del progreso y la modernidad no forma parte de las vidas de los invisibilizados por la sociedad, que solamente acude a su rescate cuando su enfermedad puede extenderse por los barrios ricos.
Estos son algunos de los personajes que habitan las páginas de Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara, pero sobre todos ellos sobresalen sus dos verdaderos protagonistas: Alfredo Baldeón y Alfonso Cortés. Si el primero toma conciencia de clase en el ejercicio de distintos oficios, desde panadero hasta herrero, pasando por soldado en Esmeraldas, el segundo puede acudir al colegio Rocafuerte, gracias al esfuerzo de su familia, y construir un discurso político desde el conocimiento y la cultura. Una escena infantil define a Alfonso: mientras los otros muchachos empapelan sus cometas con banderas francesas o alemanas, nuestro protagonista lo hacía con la bandera de Ecuador. Los muchachos se ríen de su bandera que, aunque “es la de nosotros”, como dice Alfonso, ellos siguen cuestionándola: “¿Y eso qué hace? ¿Qué guerras ha ganado, qué ha hecho, qué es el Ecuador?”. Alfonso no sabía qué contestar, pero seguía empapelando sus cometas con el color de la bandera nacional “con una mezcla de humillación y orgullo”. La suma de la conciencia de clase de Alfredo y el amor por “las palabras pueblo y libertad [que Alfonso] aprendió en los libros de Montalvo”, la clase y la nación, constituyen la base del pensamiento revolucionario ecuatoriano.

Era preciso empezar a cambiar las cosas. Era imprescindible construir un nuevo mundo que no obedeciera al diagnóstico que Alfonso ofrece de su realidad circundante: “una tierra en la que reina el hambre y la muerte, donde aspirar a ser feliz es una canallada”. Y llegó el 15 de noviembre. Y, como se dice en la novela, “todo Guayaquil, menos los ricos” salió a la calle a protestar, a exigir que para ser feliz no fuera necesario robar a los demás. La precariedad compartida de todos los personajes de Las cruces sobre el agua, su rabia y su indignación se canalizan a través de su participación en la huelga general.
La protesta del pueblo fue asfixiada por la represión policial que culminó en masacre. “No son ladrones ¿sabe? Es el pueblo”, dice una voz a quienes empuñan las armas. Pero dispararon y murieron centenares de personas. Y cuando se restableció el orden -lo que la clase dominante llama orden- volvieron los días “de la esclavitud y el hambre”. Muchos perdieron la vida. Sin embargo, sus muertes no serían en vano, porque la lucha y los muertos “quedaban grabados como la mordedura del hacha en el tronco del guayacán: los lustros ampliarían su huella en las capas de los nuevos años”. La recordación de los muertos traerá nuevas luchas que harán caer el tronco. Basta con no olvidar, con mantener su lucha en la memoria.

Después de la masacre, Alfonso abandona Guayaquil. Pasan algunos años y decide regresar. Se asoma al Guayas y por el extremo de los muelles ve aparecer un grupo de cruces negras, que “se erguían, flotando sobre boyas de balsa. Eran altas, de palo pintado de alquitrán. Las ceñían coronas de esas moradas flores del cerro, que se consagran a los difuntos”. ¿Qué significan esas cruces?, le pregunta a un zambo cargador: “¡Ahí adebajo, de donde están las cruces hay fondeados cientos de cristianos, de una mortandad que hicieron hace años. Como eran bastantísimos, a muchos los tiraron a la ría por aquí, abriéndoles la barriga con bayoneta, a que no rebalsaran. Los que enterraron en el panteón, descansan en sagrado. A los de acá ¿cómo no se les va a poner la señal del cristiano, siquiera cuando cumplen años?”. Alfonso, entonces, cae en la cuenta de que es 15 de noviembre. ¿Quién pone las cruces?, pregunta. “No se sabe: alguien que se acuerda”.

No se sabe: alguien que se acuerda. Del mismo modo que la lucha se diluye en lo colectivo, la memoria de quienes lucharon no la custodia un individuo concreto. En ese “alguien que se acuerda”, indefinido, late la voz de un pueblo que igual que se enfrentó a la injusticia, se enfrenta ahora a quienes quieren borrarlos de la historia. De su lucha saldrán nuevas luchas y de su memoria habrá de germinar un mundo nuevo. Porque quizá, como termina la novela, “esas cruces eran la última esperanza del pueblo ecuatoriano”.



David Becerra Mayor // Publicado en El Telégrafo (16 de noviembre de 2014), pág. 9. http://www.telegrafo.com.ec/politica/item/las-cruces-sobre-el-agua-3.html

jueves, 8 de mayo de 2014

"Huasipungo" de Jorge Icaza

El miércoles 7 de mayo enrolamos en nuestro pequeño pueblo en armas contra la soledad a Jorge Icaza y a su novela Huasipungo. Comentario emitido en el programa de Radio Sucesos (Quito) Con Cierto Sentido, que dirige y presenta Ramiro Díez.

viernes, 7 de marzo de 2014

"Entre Marx y una mujer desnuda" de Jorge Enrique Adoum

Mi crítica de la novela Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique Adoum, emitida en el programa Con Cierto Sentido de Ramiro Díez, en Radio Sucesos (Quito, Ecuador), el 6 de marzo de 2014.


martes, 4 de febrero de 2014

Ecuador y la Guerra Civil española

En la página "Audiovisual" he añadido mi crítica sobre el libro Ecuador y la Guerra Civil española. La voz de los intelectuales de Niall Binns (Calambur, 2013), emitida en el programa Con Cierto Sentido de Ramiro Díez, de Radio Sucesos de Quito, el 3 de febrero de 2014.