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lunes, 30 de mayo de 2016

Entrevista en El Viejo Topo


¿A quién sirve la literatura?

Enric Llopis
 foto 1 David BecerraBN copia
La crítica literaria no siempre es superficial, gacetillero o propagandística. No siempre sirve a los intereses de las editoriales “protegidas” por los grandes medios. No siempre legitima, de una forma u otra, consciente o inconscientemente, el sistema. Los escritos de Becerra dan fe de ello.
Dado que toda literatura es, de manera consciente o inconsciente, ideológica, ya que reproduce y legitima lo quiera o no una determinada concepción del mundo, resulta imprescindible promover la “bibliodiversidad”, un concepto que surge en la década de los 90. Esta diversidad en los libros implica “combatir la estandarización y homogeneización del pensamiento que promueve la sociedad capitalista”, opina el crítico literario David Becerra Mayor, quien recientemente ha coordinado la obra Convocando al fantasma. Novela crítica en la España ac­tual (Tierradenadie). Prueba de esta uniformidad literaria es que si se observan los suplementos culturales de los diarios El País o El Mundo, puede comprobarse que una veintena de edito­riales concentran el 70% de la visibilidad. La conclusión es que proliferan lo que David Becerra Mayor ha llamado “novelas de la no-ideología”, funcionales al relato dominante y conformes en que hoy se vive en el mejor de los mundos posibles. Este joven crítico literario es autor de los libros La novela de la no-ideología, La guerra civil como moda literaria y coautor de Qué hacemos con la literatura. También ha realizado las ediciones críticas de La mina, de Armando López Salinas, y La consagración de la primavera” de Alejo Carpentier.

 —¿Existe actualmente debate literario en España? ¿Te has visto envuelto en condenas o rifirrafes por tus posiciones críticas respecto a la literatura dominante?

—Para que exista el debate, y por extensión la polémica, pre­via­mente tienen que existir las condiciones que hagan posible ese debate. Es lo que Terry Eagleton denomina –siguiendo a Ha­­bermas– “esfera pública discursiva”. Esa esfera, que según Eagleton surgió entre el siglo XVII y XVIII, en el contexto de la Ilustración, está habitada por “sujetos discursivos” que se reconocen a sí mismos como interlocutores válidos y legítimos, con los que se puede contrastar ideas, confrontar argumentos, ex­poner razones. Como en España no hubo Ilustración –o mejor dicho: la Ilustración que tuvimos fue borrada de la Historia, por considerarse “el siglo menos español de la Historia de Es­paña” (como decía Ortega)– esa “esfera pública discursiva” ha­­bi­tada por sujetos igualmente discursivos nunca se llegó a constituir del todo. Por eso no hay posibilidad de debate. Las voces críticas con el sistema –y con la narrativa dominante– son invisibilizadas, al no considerarse como legítimo su derecho a disentir. Como no existimos, como nos invisibilizan, no pueden discutir con nosotros. No se discute con quien no existe. Prefieren borrarnos. Cuando publiqué La Guerra Civil como mo­da literaria, un ensayo donde cuestiono el modo en que la no­vela actual ha despolitizado un conflicto que no puede entenderse, en mi opinión, sino desde lo histórico y lo político como fue la Guerra Civil, a las pocas semanas un novelista escribió en El País un artículo donde cargaba contra aquellos críticos que les exigen a las novelas una interpretación histórica y política de la Guerra Civil. Desde su punto de vista, la Guerra Civil no es sino un espacio lejano, y por lo tanto mítico, que ya no nos pertenece, y solo podemos extraer de la Guerra Civil una lectura épica, pero no política. Frente a las tesis materialistas que yo exponía en mi libro, el novelista reivindicaba una visión mítica del conflicto bélico. Evidentemente, la alusión era clara, y el debate hubiera podido ser productivo, pero no pudo existir el debate porque lo que pudo serlo se inició negando al interlocutor. Al no nombrarme no pude responder. La negación del otro forma parte de la estrategia de dominación. Sin embargo, otros autores sí me nombraron en textos pu­blicados en sus blogs o en redes sociales (nunca en medios de comunicación tradicionales), cuando comprobaron que la lectura que de sus novelas se hacía en mi ensayo ponía de ma­nifiesto las estrategias de reproducción y legitimación ideológica de sus textos. Pero sus comentarios, que podrían haber sido muy útiles para construir esa esfera pública discursiva, tampoco sirvieron para abrir un debate, porque no me consideraban interlocutor válido; sus comentarios estaban destinados a deslegitimarme por medio del insulto. Además de “sectario”, que es como siempre se cataloga a quien se opone al poder desde concepciones materialistas, me insultaban llamándome “joven” y “marxista”. En España “joven” y “marxista” funcionan todavía como insulto, lo cual demuestra lo envejecida que está la sociedad y su élite intelectual, pero también lo conservadora que sigue siendo. En estas condiciones es muy difícil el debate.

—En 2013 participaste con Raquel Arias Careaga, Marta Sanz y Julio Rodríguez Puértolas en la obra colectiva Qué hacemos con la literatura ¿Cuál fue la conclusión? ¿Tienen sentido hoy la li­teratura realista y las novelas de 900 páginas?
—En Qué hacemos con la literatura nos preguntábamos no solo para qué sirve la literatura sino también –y sobre todo– a quién sirve la literatura. Porque la literatura no es –como así se construye desde el pensamiento dominante– un discurso inocente y neutral, autónomo respecto a la historia y la sociedad, y capaz de trascender el momento histórico en que se produce. La literatura –activa o pasivamente, consciente o inconscientemente– interviene en la sociedad, tanto para cuestionarla como para legitimar y reproducir la ideología dominante. Ese discurso que hemos convenido en denominar “literatura” nace –y esto lo explica mejor que yo Juan Carlos Rodríguez en Teo­ría e historia de la producción ideológica– como un instrumento de la burguesía para legitimar su asalto al poder contra una clase social (la nobleza) y unas estructuras sociales (el feu­da­lismo) que impiden el desarrollo de sus fuerzas productivas. Entender eso nos parecía básico para bajar la literatura de las nubes y entenderla como un discurso histórico que participa en la transformación de los procesos asimismo históricos.
Respecto a la segunda parte de tu pregunta, no sé si tienen sentido hoy las novelas de corte realista y de 900 páginas. De he­­cho, ni siquiera estoy seguro de que la novela en sí misma –o más ampliamente: la literatura– tenga sentido hoy. No estoy se­guro; y precisamente por eso, porque no estoy seguro, creo que es necesario seguir haciendo literatura, seguir hablando de li­teratura y seguir exigiéndole a la literatura que se comprometa, por si acaso una novela o unos versos pudieran llegar a tener un impacto, por mínimo que sea, en el cuestionamiento del es­t­ado de las cosas actual y en la posibilidad de imaginar otro mundo posible.

—También has escrito sobre la novela de la “no-ideología”. ¿Qué caracteriza a estos textos? ¿Qué autores y obras pondrías como ejemplo de este tipo de narrativa?
—Denominé “novelas de la no-ideología” a aquellas que, desde 1989 hasta hoy, son funcionales al relato dominante. Son novelas que asumen que vivimos en el mejor de los mundos posibles, en un mundo que se sitúa en el tantas veces proclamado “Fin de la Historia”. Son novelas que asumen que no hay posibilidad de construir un mundo mejor, que no hay horizonte de transformación política y social posible. Además, interpretan que todos nuestros conflictos son siempre individuales, nunca se entienden desde lo histórico, lo político o lo social. Son no­velas que hablan del yo y nunca del nosotros. Como dirían Ba­libar y Macherey, son novelas que desplazan las contradicciones radicales del sistema –esas contradicciones ante las que nos sitúa el capitalismo todos los días– a favor de unas contradicciones asumibles por ese mismo sistema. Todo conflicto se explica desde nuestro interior, desde el yo, nunca desde el exterior, desde el sistema capitalista. Son novelas que se presentan como no-ideológicas, pero claro que son ideológicas y además los efectos políticos que producen son inmediatos: nos tratarán de convencer de que no hace falta cambiar el sistema para cambiar nuestra situación individual, lo que tengo que hacer es cambiar yo, adaptarme a la situación, para resolver el conflicto. Son discursos nada inocentes.
¿Qué autores y obras incluyo en La novela de la no-ideología? Analizo a autores como Almudena Grandes, Antonio Muñoz Mo­­lina, Elvira Lindo, Javier Marías, Juan José Millás o Javier Cercas, entre otros. El ca­so de Javier Cercas es paradigmático. Al asumir el autor que vivimos en un mun­do aconflictivo, perfecto y cerrado, pa­rece que en esas condiciones es muy difícil es­cribir una novela. Como vivimos en un mundo en el que no pasa nada –“sin épica”, dice Eduardo Mendoza; “abu­rrido y de­mocrático”, dice Almu­de­na Grandes–, ¿de qué van a hablar las no­velas? Almudena Grandes acudirá a la Guerra Civil para poder armar una tra­ma –entonces sí pasaban cosas interesan­tes, no como ahora, dirá ella o su in­­cons­ciente ideológico, en el epílogo que cierra su novela Inés y la alegría–. Javier Cer­cas hace lo mismo en Soldados de Salamina, pero El móvil, una novela corta anterior, trata de lo siguiente: El móvil es una novela sobre un novelista sin inspiración que quiere escribir una novela, pero no le sale, al vivir en un mundo donde no pasa nada interesante, digno de trasladar a una novela (en verdad, es el argumento de todas las novelas de Cercas). La realidad, vacía y anodina, le impide al escritor escribir una gran novela, y el protagonista finalmente se verá obligado a cometer un asesinato para poder extraer de la realidad una trama, con la suficiente dosis de intriga, para escribir una novela. Ese es el móvil que anuncia el título: la posibilidad de escribir una novela en un mundo que se ha quedado sin épica, cuando la realidad como materia novelable –que diría Galdós– se ha quedado sin trama. El móvil de Cercas muestra, de forma muy transparente, cómo se ha interiorizado el discurso de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, sin conflictos ni contradicciones.

—Como crítico literario, ¿consideras que las reseñas y críticas se caracterizan por una cierta jerga retorcida y un punto oscura, que las hace de difícil acceso para los no iniciados? ¿Se cae en ocasiones en un amaneramiento que envuelve de retórica el puro sentido común?
—Depende del medio. Por ejemplo, en las páginas culturales y los suplementos de la prensa generalista, las reseñas y las críticas no son más –o para no ser injustos: no suelen ser más– que textos informativos sobre el contenido del libro. Apenas hay reflexión o argumentación, apenas análisis crítico, simplemente exposición de contenido y pinceladas sobre la forma (siempre separados, como si de dos cosas distintas se tratara). No son más que noticias de la novedad literaria. Pero quizá esa falta de profundidad derive de que el medio y el formato reseña/crítica no sea el más apropiado para hablar de literatura. En el ámbito académico, es cierto que a veces la crítica tiende a servirse de esa “jerga retorcida y un pun­to oscuro” de la que hablas, utilizando un lenguaje solamente comprensible para aquellos que forman parte no del gremio académico, sino de la escuela teórica a la que pertenece el crítico. Sin embargo, en el ámbito académico español, que se mueve entre el positivismo y el más tradicional enfoque filológico, sucede incluso lo contrario: hay un absoluto rechazo a la teoría. Se reivindica una lectura transparente del texto, sin la mediación de discursos teóricos que acaso podrían alejarnos del sentido real del texto –argumentan. Claro que este discurso también tiene implicaciones ideológicas, porque, como decía Louis Althusser, un vacío teórico es siempre un lleno ideológico. Habría que estudiar con qué ideología se llena el vacío teórico de los discursos críticos que salen de la universidad.

—Eres fundador y director de la Revista de crítica literaria marxista. ¿Qué diferencias separan a la crítica convencional de inspirada en el marxismo? ¿Qué rasgos destacarías desde esta perspectiva en obras como La Celestina o El Quijote, que has analizado en tu condición de crítico literario?
—La crítica literaria marxista, a diferencia de otros acercamientos teóricos o críticos a la literatura, concibe el texto como el resultado de unas condiciones históricas –sociales, políticas, etc.– específicas. La literatura no es algo que surja porque sí ni es el resultado de un genio creador e inspirado, tocado por una varita mágica; la literatura es un producto de lo que Juan Carlos Ro­drí­guez denomina la “radical historicidad”. La crítica literaria marxista observa cómo el texto contiene las contradicciones ideológicas de una época, cómo re­produce una ideología concreta y có­mo legitima una concepción del mun­do y no otra. La función del crítico es siempre analizar esos discursos públicos llamados “literatura”, y en el caso de un crítico literario marxista, observar su po­tencial emancipador o, al contrario, la ca­pa­cidad inmovilizadora de esos discursos.
La Celestina o El Quijote son, por ejemplo, dos obras que representan muy bien las contradicciones que surgen entre un mundo que está en des­com­posición –el feudalismo– y otro mun­­do que emerge –el primer capita­lis­mo en Es­paña. Esos dos mundos –vale decir: modos de producción– coexisten en el momento histórico en que esas novelas se escriben –se producen– y esa contradicción entre dos sistemas en pugna no solo se refleja en el texto, sino que determina el propio texto. El personaje de don Quijote contiene elementos residuales y emergentes –la terminología es de Williams– de ambos mundos. Don Quijote es un hidalgo que, con la descomposición del feudalismo, ha perdido su razón de ser, su función social. Su disfunción le conduce a esa nostalgia de querer vivir en un mundo que ya no existe, y que quizá no ha existido nunca, el de las novelas de caballerías. Pero sería erróneo entender que en la ideología don Quijote solo late una nostalgia por un mundo perdido; para convertirse en caballero, don Quijote tiene primero que acudir al mercado (vender sus tierras para comprar los libros de caballerías que a la postre le harán enloquecer) y seguidamente concebir, como solo se puede concebir en el capitalismo (nunca en el feudalismo), que la identidad depende del yo, no de la sangre, del linaje. Y don Quijote se cambia de nombre, y afirma aquello de “yo sé quién soy y sé quién puedo ser”; es decir, que él mismo va a construir –a escribir– su propia vida, no como sucede en el feudalismo, donde la vida está previamente escrita y es reflejo de la verdad celestial. En el feudalismo no es posible elegir qué pasos dar, porque el destino ya está escrito. Frente al destino, El Quijote habla de libertad, de una libertad que depende enteramente del yo. Don Quijote no po­dría haber existido si previamente no sur­ge el yo-libre capitalista. Para un acercamiento marxista a la novela de Cervantes véase el libro El escritor que compró su propio libro. Para leer “El Quijote” de Juan Carlos Rodríguez.

—Estudiar con detalle los planos narrativos, la coincidencia de personajes y espacios en diferentes obras de un autor, el estilo, las expresiones o los reflejos autobiográficos en un texto, ¿supone (este trabajo de crítica) “desguazar” una obra literaria, “despiezarla”, arrebatarle el misterio que comparten el autor y el lector de un libro?
—A mí la noción de “autor” me interesa poco. No creo que el autor sea dueño del sentido de su texto. La noción de “autor” puede resultar útil para un acercamiento positivista a la literatura en el que pretendamos construir el sentido del texto como reflejo de la biografía de su autor. Pero creo que el sentido del texto escapa del control del autor. Por eso, prefiero analizar un texto literario como el resultado de unas condiciones históricas concretas y objetivas, sin detenerme a analizar –aunque a veces pueda resultar también interesante y por supuesto útil– cuál era la intención del autor al componer ese texto. El autor puede ser dueño del “proyecto” literario, pero no lo es siempre de su “resultado”. En el resultado final de la obra operan otras mediaciones, entre las cuales también está, obviamente, la del autor, pero no creo que sea la que más peso tenga.
Luego, al poner en cuestión la noción de “autor” se pone de inmediato en cuestión esa definición neohumanista de lectura como un diálogo o comunión de almas, que se en­cuentran en el libro, y se identifican en el libro, a pesar de que les separe una distancia de siglos o kilómetros. En ese diálogo/comunión sería posible encontrar el “misterio” de la literatura, que, como lectores, nos permite vernos reflejados en todos los textos. Pero la identificación es una trampa ideológica que nos impide tomar conciencia de la historicidad de los textos, nos impide reconocer que lo que hay en el texto no es algo eterno e inmutable, sino algo radicalmente histórico.

—En septiembre de 2015 te encargaste de la coordinación del ensayo Convocando al fantasma. Novela crítica en la España actual, publicado por la editorial Tierradenadie. ¿Qué obras y autores actuales convocan al “fantasma” del capitalismo, lo nombran y muestran sus vergüenzas?


—El título del libro proviene de una cita de Belén Gopegui. En su última novela, El comité de la noche, un personaje dice que “escribir es convocar al fantasma”. Se trata, claro, del fantasma del que hablaron Engels y Marx en El manifiesto comunista. En este libro colectivo tratamos de analizar las novelas actuales que, desde nuestro punto de vista, son críticas con el sistema capitalista, lo nombran y, en algunos casos, tratan de superarlo. En el libro se analiza la obra de autores como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa, Rafael Chirbes, Rafael Reig, entre otros, por citar solamente algunos de los más conocidos.

—¿A qué autores y textos literarios “clásicos” de la literatura española incluirías si se te permitiera agregar un apéndice a Convocando al fantasma? ¿Tal vez a Valle-Inclán, pese a lo que últimamente señalen algunas interpretaciones “revisionistas”?
—El problema es que el canon literario español ha expulsado a aquellos autores que se enfrentaron, des­de la literatura, al poder. Estoy pensando en los autores del realismo social de los cincuenta, como Armando López Salinas, Je­sús López Pacheco o Antonio Ferres; o autores de la llamada “generación perdida de la literatura española”, novelistas que hoy apenas conocemos porque de su ge­ne­ración solamente leemos a los poetas de la mal llamada “Generación del 27”. Es­toy pensando en Luisa Carnés, por ejemplo, autora de una novela interesantísima titulada Tea rooms, que describe la sociedad española de la década de los treinta desde la perspectiva de una camarera que trabaja en una cafetería de Madrid. Luisa Carnés ha sido doblemente olvidada, por comunista y por mujer. Pero a veces hay buenas noticias en el mundo literario, y la editorial Hoja de Lata va a publicar este mismo año, por primera vez desde 1934, una nueva edición de la novela de Luisa Carnés.
Pero, si me preguntas por los canónicos, podríamos incluir algunas obras de Valle-Inclán, al Pérez Galdós que, como dice Julio Rodríguez Puértolas, escribe desde la burguesía contra la burguesía, y quizá obras como el Lazarillo, La Celestina o El Quijote, que no convocaban al fantasma de 1848 –no podían hacerlo– pero sí resultan interesantes para entender la formación del primer capitalismo en España.
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—Y en el contexto europeo y global, ¿quiénes convocan hoy al “fantasma” capitalista y lo desnudan para que afloren sus contradicciones?
—No soy experto en literatura europea y por lo tanto solo puedo responder a esta pregunta como lector interesado en lo que se produce fuera de nuestras fronteras, pero no como especialista. Lo cierto es que la mayoría de novelas extranjeras que se traducen y se publican en España son aquellas que pueden ser bien recibidas por la ideología dominante. Por ello, la mayoría de novelas de autores extranjeros que leemos en España son asimismo novelas de la no-ideología. No obstante, y como no podía ser de otra manera, hay notables excepciones. Por ejemplo, a mí me interesa mucho la narrativa de Lionel Tran, un novelista francés que solamente ha publicado, por el momento, dos novelas cortas: Sida mental y Sin presente (ambas publicadas en España por Periférica). Son novelas que si bien no estoy seguro de que en su proyecto se cuente la idea de convocar al fantasma y desnudar las contradicciones capitalistas para que afloren, son novelas que muestran de una forma tan clara el grado de malestar so­cial que vive la sociedad contemporánea que sacude al lector de tal modo –lo deja con tan mal cuerpo– que sale de la novela de forma distinta a la que había entrado en ella. Es una novela que si bien no imagina una solución política colectiva para resolver el conflicto que describe, ese malestar desborda el texto y nos hace reflexionar sobre la necesidad de cambiar el rumbo de las cosas.
Por otro lado, también me interesa el pro­yecto Wu Ming en Italia, un colectivo de artistas y escritores que deciden prescindir de la noción “autor” y de este modo enfrentarse, por un lado, a la in­dustria cultural –basada en la idea de “au­tor” como marca comercial– y por otro lado para proponer otro relato de nuestra historia.
También me interesa mucho la obra de John Berger, no solo los ensayos que escribe como historiador marxista del arte, como Ways of seeing, sino también sus textos literarios, mezcla de novela y testimonio, donde nos muestra, en algunos de ellos, una perspectiva distinta a la del relato oficial sobre las guerras de Oriente Medio. Estoy pensando, por ejemplo, en From A to X. Berger, sin duda, está en la nómina de escritores que convocan al fantasma.

—¿Por qué la Guerra Civil llegó a convertirse en una “moda literaria”? ¿En qué sentido lo es? ¿Qué autores y novelas se han sumado a esta tendencia y han despojado de su esencia, o incluso interpretado torticeramente, la contienda del 36?
—En principio, como lector, uno no puede sino celebrar que de pronto se escriban tantas novelas sobre la Guerra Civil. Teniendo en cuenta de dónde veníamos –los pactos de olvido y silencio de la Tran­sición– no puede sino interpretarse co­mo una buenísima noticia que se em­piecen a publicar novelas sobre la Guerra Civil española. Sin embargo, cuando se em­pie­zan a leer y a analizar estas novelas no se puede sino rebajar la euforia. Porque mu­chas de las novelas que se autoproclaman “novelas de la memoria histórica” en realidad no lo son. En primer lugar, observamos que la Guerra Civil se ha convertido en un atractivo telón de fondo, en un escenario donde ocurren tramas que nada tienen que ver con la Guerra Civil; tramas don­de la Guerra Civil funciona como un decorado. En segundo lugar, si entendemos que la memoria –en un sentido político fuerte y de raíz benjaminiana– es un instrumento para traer el pasado a nuestro presente con el objetivo no solo de reparar el pasado sino de transformar el presente con la fuerza de todos los vencidos de la Historia, en estas novelas la memoria brilla por su ausencia. Son novelas que desconectan presente y pasado, que nos muestran el pasado como un tiempo lejano, que no nos pertenece, que no tiene nada que ver con nosotros. Son novelas que funcionan como el espejo reluciente del que ha­blaba Fredric Jameson: un espejo que desprende un brillo ce­gador que impide que veamos nuestro rostro reflejado en él. Estas novelas nos deslumbran y entretienen con aventuras de amor y muerte, aventuras que suceden en un lugar que parece remoto y mítico. Al no vernos en el espejo/pasado y, en consecuencia, al concebir el pasado como algo ajeno a nuestra experiencia, no nos comprometemos con él, ni para intervenir en el pasado ni para transformar un presente en el que sigue viviendo el pasado, aquel pasado que ganó la Guerra Civil.
Las modas literarias –los best-sellers en general, que en absoluto son textos solamente entretenidos– no son nada inocentes. Suelen captar cuáles son los temas que interesan al grueso de la ciudadanía, temas que pueden tener un potencial político emancipador o transformador, y se apropian de él para desac­tivar ese potencial político. Cuando la sociedad española empieza a perder el miedo a hablar del pasado y se empieza a organizar en movimientos de recuperación de la memoria histórica, surgen estas novelas sobre la Guerra Civil donde se ha­bla de la Guerra Civil pero sin mostrar la guerra como un conflicto histórico, político y social, sino –como decíamos an­tes hablando de las novelas de la no-ideología– como una suma de conflictos individuales y morales. La Historia, en sentido estricto, nunca aparece en las novelas. Son novelas históricas sin Historia. Decía Žižek que en la pos­mo­­dernidad bebemos cerveza sin alcohol, café sin cafeína, helado sin azúcar y, yo añado, leemos novelas históricas sin historicidad. 
¿Qué autores analizo en La Guerra Ci­vil como moda literaria? Hay algunos abiertamente revisionistas, como puede ser Manuel Maristany, autor de La enfermera de Brunete, una novela que Planeta describe como la gran novela sobre la Guerra Civil, pero que en realidad es una novela que reproduce todos los mitos de la Cruzada de Franco; a saber: que la Re­pública era un caos y que había que in­troducir un correctivo por el bien de España, como fue el golpe de Estado, que España (sic.) actuaba en legítima defensa ante el terror rojo y que la República no era más que un satélite de la Unión Soviética. Así habla la mejor novela sobre la Gue­rra Civil según Planeta. Pero también analizo otras como Sol­dados de Salamina de Javier Cercas, los Episodios de una guerra interminable de Almudena Grandes o La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina, y un largo etcétera.

—Estas diferencias entre “apocalípticos” e “integrados”, en terminología de Umberto Eco, ¿se podrían aplicar también a la poesía española de los últimos años? ¿Puedes mencionar ejemplos?
—Hay distintos proyectos poéticos en España ahora mismo, pero yo no utilizaría la terminología de Eco, pues él la utiliza básicamente para hablar del posicionamiento del intelectual ante la cultura de masas, y las corrientes poéticas españolas en la actualidad se enfrentan por cuestiones bien diferentes. La poesía que se produce hoy en día y que tal vez sea la más interesante, desde mi punto de vista, es la llamada “poesía de la conciencia crítica”, que por cierto ha analizado de forma ma­gistral Alberto García-Teresa en libro asimismo titulado Poesía de la conciencia crítica. En ella encontramos autores como Jorge Riechmann, Enrique Falcón, Antonio Orihuela, Isabel Pérez Montalbán o María Ángeles Maeso, entre otros. Es una poesía cuya principal característica consiste en que, como señala García-Teresa, “sitúa el conflicto socioeconómico y político que atraviesa la actual coyuntura histórica en el centro y en el eje (implícita y explícitamente) de su creación poética, manifestándolo de una manera crítica”.
También resulta interesante leer la poesía de la otra sentimentalidad (que luego derivó en la llamada “poesía de la experiencia”, hoy mainstream). La poesía de uno de los fundadores de esa corriente, Javier Egea, de quien en los últimos años se están volviendo a publicar sus versos, resulta a todas luces interesantes, ya que Egea perseguía –y posiblemente lo logró– componer una poesía materialista. Una autora de la otra sentimentalidad que me sigue interesando es Ángeles Mora, poeta materialista y feminista, que escribe desde la subjetividad, pe­ro siendo muy consciente de que el yo desde el cual se escribe está atravesado por un afuera –el capitalismo y el patriarcado– que nos construye. Por lo tanto, cuando decimos yo no estamos hablando únicamente de lo subjetivo, sino de todas aquellas mediaciones que construyen nuestra subjetividad. Como ella misma afirma: “El infierno no son los otros, como decía Sartre, el infierno está en nosotros”. Esta toma de conciencia de que el infierno –i.e. el capitalismo– está dentro de nosotros demuestra aquello que decía Louis Althusser: “para cambiar el mundo de base (y junto a otras mu­chas cosas) es preciso cambiar, de base, nuestra manera de pensar”. Bien parece que es más fácil luchar contra el capita­lismo que contra nosotros mismos.

—Con la crisis han florecido numerosas editoriales pequeñas y escritores noveles que sobreviven a golpe de voluntarismo, que lanzan ediciones muy cuidadas y en las que se exprime al máximo el talento y la creatividad. Tal vez se trate de la libertad que permite el “amateurismo”, ¿pero es posible sobrevivir así mucho tiempo, sin cobrar y sólo armados con la vocación? ¿Es una falta de respeto a estos autores toda la promoción que reciben obras como la última del Premio Nobel Vargas Llosa (Cinco esquinas), y sus exquisitas disquisiciones sobre el erotismo y la pornografía?
—No es solo falta de respeto, es falta de bibliodiversidad. Creo que es necesario poner sobre la mesa un debate serio sobre bibliodiversidad; este es un concepto que surge en la década de los noventa, en el contexto de la UNESCO, pero que últimamente algunos –como Alfonso Serrano, Eva Fernández y yo mismo– estamos reivindicando en un sentido más político y por supuesto materialista. Creemos que es necesario promover la bibliodiversidad, es decir, la diversidad en el ámbito de los libros, para combatir la estandarización y homogeneización del pensamiento que promueve la sociedad capitalista; una sociedad más bibliodiversa en lo cultural será también una sociedad más activa, más plural y más crítica. Y es necesario trabajar –luchar– para lograrlo. No puede ser que, si analizamos suplementos culturales como Babelia o El cultural de El mundo, los más leídos en este país, observemos que el 70% de la visibilidad la monopolizan no más de veinte editoriales, que siempre son las mismas. En España, como ha sucedido en América Latina, es necesaria una Ley de Prensa que regule el poder de los medios de comunicación privados; en esta Ley de Prensa habría que reservar un apartado para la promoción de la bibliodiversidad.

—Por último, si toda literatura es, de algún modo, política, ¿consideras que determinadas obras de Unamuno, Sábato, Ionesco, Pirandello o Kafka, que plantean conflictos existenciales y no ponen directamente el foco en la lucha de clases, le hacen el juego al sistema?
—No creo que toda literatura sea política, sino ideológica. Es importante diferenciar estos dos conceptos. Por literatura política hay que entender –en mi opinión– aquella literatura que sitúa lo político en el centro del texto, que reconoce el conflicto y que reconoce que nuestros problemas, por muy íntimos que sean, tienen su correlato en lo político. Son novelas que, además, son escritas para intervenir en la sociedad. No toda la literatura es, pues, política. Pero sí son todas, consciente o in­conscientemente, ideológicas, ya que toda novela asume –y reproduce y legitima– una visión del mundo, aunque no se cuente entre sus objetivos hacerlo (recordemos la diferencia entre “proyecto” y “resultado”). Por lo tanto, si una novela asu­me una perspectiva existencial y esa perspectiva borra o diluye la lucha de clases es posible que esa novela le esté negando al lector la posibilidad de concebir sus conflictos como conflictos políticamente determinados; luego, sería una novela que, posiblemente, estaría inmovilizando al lector, obligándole a resignarse, haciéndole asumir que vivimos en un callejón sin salida y que por lo tanto no vale la pena organizarse y tratar de superar, de forma colectiva, el problema que retrata. No obstante, y esto es preciso también apuntarlo, hay también novelas que, aunque no imaginen una salida política a una problemática concreta (hemos hablado antes de Lionel Tran), es tanto el malestar descrito en sus páginas que incluso puede llegar a desbordar al propio texto, y un texto que en principio parece que solo sirve para suturar la ideología dominante finalmente termina saturándola. Y nos permite abrir –o imaginar– nuevos horizontes, o al menos nos permite pensar que es necesario imaginarlos para superar ese malestar descrito, ese malestar que no nos permite vivir dignamente.

 Enric Llopis // ¿A quién sirve la literatura? Entrevista a David Becerra Mayor, El Viejo Topo, nº 341 (junio 2016). Fuente: http://www.elviejotopo.com/articulo/a-quien-sirve-la-literatura/
La crítica literaria no siempre es superficial, gacetillero o propagandística. No siempre sirve a los intereses de las editoriales “protegidas” por los grandes medios. No siempre legitima, de una forma u otra, consciente o inconscientemente, el sistema. Los escritos de Becerra dan fe de ello. - See more at: http://www.elviejotopo.com/articulo/a-quien-sirve-la-literatura/#sthash.wyv875iT.dpuf
La crítica literaria no siempre es superficial, gacetillero o propagandística. No siempre sirve a los intereses de las editoriales “protegidas” por los grandes medios. No siempre legitima, de una forma u otra, consciente o inconscientemente, el sistema. Los escritos de Becerra dan fe de ello. - See more at: http://www.elviejotopo.com/articulo/a-quien-sirve-la-literatura/#sthash.wyv875iT.dpuf

domingo, 20 de marzo de 2016

El capitalismo, un espectro (literario) recorre el mundo...

Enric Llopis
Rebelión

“Escribir es convocar al fantasma”, señala uno de los personajes de la escritora Belén Gopegui en la novela “El comité de la noche”. De aquí toma el título “Convocando al fantasma. Novela crítica en la España actual”, un ensayo de 500 páginas dedicado a Rafael Chirbes y presentado recientemente en el Fòrum de Debats de la Universitat de Valencia, que trata de responder a la siguiente pregunta: “¿Existe acaso y es posible una novela crítica -disidente, contrahegemónica, de oposición- en el capitalismo avanzado, cuando éste muestra su rostro más totalizador?” Acepta el reto “Ediciones Tierradenadie”, que en principio puede abordar libre de mordazas la cuestión porque, advierten en el sello editorial, publican libros “que no son mercancías” y se organizan para no convertirse en “maquinaria de producción de capital”. El ensayo analiza obras específicas o la trayectoria literaria de Rafael Chirbes, Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa, Alfons Cervera, Rafael Reig, Elvira Navarro, Fernando Díaz, Eva Fernández, Javier Mestre, Matías Escalera, Fanny Rubio y Juan Francisco Ferré. Dedica asimismo un apartado a la novela contemporánea española de ciencia ficción crítica. 


La coordinación del texto corre a cargo de David Becerra Mayor, autor de “La novela de la no-ideología” (Tierradenadie, 2013), “La Guerra Civil como moda literaria” (Clave Intelectual, 2015), y coautor de la obra colectiva “Qué hacemos con la literatura” (Akal, 2013). Es posible que “Convocando al fantasma” no resulte un libro sencillo para un lector poco avezado y no académico, es decir, no es de esos textos que se devoran el domingo de una sentada. “Discute el canon establecido, pero sin plantear un modelo cerrado, realmente el ensayo es una invitación al debate”, explica David Becerra en la Universitat de València. La idea del “fantasma” que enuncia el título procede del “Manifiesto Comunista” redactado por Karl Marx y Friedrich Engels entre 1847 y 1848. Más en concreto, remite a un libro del catedrático del departamento de Literatura Española de la Universidad de Granada, Juan Carlos Rodríguez Gómez, titulado “De qué hablamos cuando hablamos de marxismo”, en el que se afirma: “Si la infraestructura (o sea, las relaciones socio-económicas) se convierten en un fantasma evanescente, entonces nadie -y nunca jamás- va a hablar o a luchar contra el capitalismo en sí mismo, sino sólo contra sus pequeños o grandes fallos o lagunas: contra los banqueros malos, los ejecutivos deshonestos, los jueces corruptos (...)”.

David Becerra concluye que hay una literatura que toma partido pero sin decirlo, que ha borrado al capitalismo del relato dominante. En este campo “integrado”, el crítico literario inserta a autores como José Ángel Mañas, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes o Javier Cercas. Es una literatura que en muchos casos remite a problemas personales, de la que subyacen principios como que el ciudadano ha vivido por encima de sus posibilidades. “La responsabilidad es siempre subjetiva”, agrega el fundador y director de la “Revista de Crítica Literaria Marxista”. El poema “Pulcritud”, de Antonio Orihuela, autor inscrito en el movimiento de la “Poesía de la Conciencia”, ilustra bien esta tendencia hegemónica: “En este poema no hay sitio para la mugre./Ni el sudor, ni los malos olores, ni la basura/ tienen sitio en este poema./En este poema no se permite la entrada a vagabundos, heridos, sedados, dopados, indignados, cobradores del frac o parados”. Por esta senda crítica transitan poetas como Enrique Falcón o Jorge Riechmann.

Ángela Martínez, Mélanie Valle, David Becerra, Alfons Cervera y Matías Escalera.
Becerra Mayor pone como ejemplos de literatura antagónica novelas como “El comité de la noche”, de Belén Gopegui, en la que dos mujeres pugnan contra el tráfico y la compraventa de sangre. O también “Made in Spain”, del periodista y escritor Javier Mestre, sobre un joven que vive de manera apacible y un tanto evanescente en Marruecos, cuando recibe en herencia una fábrica de zapatos. Entonces, a pesar de sus propósitos, descubre la imposibilidad de forjar un capitalismo “de rostro humano”. “Son novelas que visibilizan al fantasma y nombran al capitalismo”, concluye David Becerra Mayor. “Si algo no lo ves, no lo puedes combatir”. Cita en el mismo lado de la trinchera a otros escritores como Matías Escalera, Alfons Cervera, Marta Sanz o Elvira Navarro. La exposición de este joven doctor en Literatura es de largo recorrido, de modo que sitúa en el punto de mira a la crítica literaria española desde los años 60 hasta la actualidad. “No le gusta la novela social y que se oponga al poder, habría que analizar desde qué posición escriben y para quién”. En la década de los 50 y sobre todo en los años 60, buena parte de la crítica decía que adentrarse en las novelas del “realismo social” no merecía la pena, principalmente porque estaban mal escritas. Esto se debía a que habían puesto por delante las consignas políticas al estilo literario, opinaban los críticos. Asentado este argumento de fuerza, se empezó a abandonar la edición de estas novelas y a dejar de estudiarse en las universidades.

Hoy los suplementos literarios de los periódicos dominantes -por ejemplo “Babelia”, de El País- barren contra los escritores “comprometidos” con argumentos parecidos a los que empleaban los críticos literarios de los años 60: la pobreza de estilo, la falta de originalidad por los argumentos recurrentes o un supuesto anclaje en la realidad de hace cuatro décadas. Con independencia de estos señalamientos, David Becerra Mayor apunta una diferencia importante de las novelas (críticas) actuales respecto a las del realismo social clásico: “Las de hoy dejan al lector en apuros, además, no sólo se preocupan por elevar la conciencia crítica (también como ciudadanos) de los lectores, sino que tratan de ponerles retos”. “Buscan su activación intelectual, al contrario que la literatura Kleenex”. Recuerda asimismo las palabras del escritor y poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, autor de “Entre Marx y una mujer desnuda”, quien consideraba que en el capitalismo la literatura se ha convertido en una simple niñera que se ocupa de los adultos cuando salen del trabajo.

“Tierradenadie” es una pequeña editorial que se podría definir como “socialista”, ya que renuncia al lucro y la acumulación, de hecho, todo lo que gana en el proyecto se reinvierte. Precisamente una de sus cláusulas esenciales es la renuncia al beneficio, hasta el punto que el notario se tomó algo a broma estos principios en el momento de la constitución, explica el novelista y editor Matías Escalera. “Para nosotros los libros no son mercancías sino herramientas de lucha ideológica, es un trabajo militante”. Esta editorial de batalla ha publicado textos como “La dominación liberal”, de John Brown; “Poesía de la conciencia crítica (1987-2011)”, de Alberto García-Teresa; “La voz común”, de Antonio Orihuela; “Foucault y la política”, de José Luis Moreno Pestaña; “El tiempo de la multitud”, de Vittorio Morfino; “Campos de batalla”, de Eduard Ibáñez Jofre, y así hasta más de una veintena de obras dedicadas al ensayo político, filosófico, sobre sociología y de crítica literaria. Publicado en septiembre de 2015, “Convocando al fantasma” es el cuarto de la serie que “Tierradenadie” dedica a la Literatura en el mundo actual desde el lanzamiento de “La (re) conquista de la realidad. La novela, la poesía y el teatro del siglo presente”, texto coordinado por Matías Escalera y cuyos derechos de autor fueron cedidos a Amnistía Internacional. 

Mélanie Valle es doctora en Literatura Española con la tesis “Por un realismo combativo: Transición política, traiciones genéricas, contradicciones discursivas en la obra de Belén Gopegui e Isaac Rosa”, del año 2014. En el ensayo “Convocando al fantasma” dedica un artículo a cada novelista. Destaca la responsabilidad y el compromiso con la realidad en la narrativa de Belén Gopegui: “Pocas veces se define de modo riguroso la manera en que se despliega este compromiso, más allá de artículos y entrevistas”. Mélanie Valle ha estudiado todas las novelas de la escritora madrileña con excepción de la última, “El comité de la noche”. Algunos analistas han señalado críticamente los cambios formales en la obra de esta autora, pero “creo que es una forma de renovarse para expresar mejor tanto el contenido como la historia”. Belén Gopegui ha otorgado relevancia en algunos textos a periodos como la Transición española, por ejemplo en “La conquista del aire” plantea preguntas muy nítidas sobre en qué se ha quedado, finalmente, la izquierda institucional. En “El lado frío de la almohada” se ponen de manifiesto los límites de esa misma izquierda para defender a la revolución cubana. Además, en las novelas de Isaac Rosa uno de los elementos medulares es el conflicto, que desapareció de la narrativa española después de la Transición, explica Mélanie Valle. Así, la Guerra Civil, la dictadura franquista y la Transición se han contado frecuentemente de manera emocional, sin que figurara ese conflicto. En novelas como “La habitación oscura”, Isaac Rosa pretende abandonar al lector en medio de la tormenta, lo que en el fondo implica una obligación a que se cuestione cuanto hay alrededor. 

Ensayos como “La novela de la no-ideología”, “Poesía de la conciencia crítica (1987-2011)” o “Convocando al fantasma” representan propuestas para el debate literario, la cuestión es “dónde”, se pregunta el escritor Alfons Cervera, quien acaba de publicar la novela “Otro mundo” (Piel de Zapa). “El capitalismo ha eliminado esos espacios”. Uno de los lugares que de modo natural tendría que acoger el debate es la Universidad, pero “¿de verdad pensamos que, en términos generales, a los docentes les interesa este tipo de libros?” En las facultades francesas son más habituales los foros de estas características. Cervera apunta otro de los males del tiempo presente: hay muchos escritores a quines se les juzga por lo que hacen al margen de sus libros. El fenómeno no es nuevo, y pueden rastrearse numerosos antecedentes como la novela “Libro de Manuel”, publicada por Julio Cortázar en 1973. Los críticos señalaron la literatura de Cortázar como de mala calidad cuando el escritor se posicionó a favor de las revoluciones nicaragüense y cubana. Sobre la ideología, el estilo literario, la colisión de ambos factores y si alguno de los dos tiene que primar, el escritor y periodista marca su posición: “Hay que escribir bien”. Aunque estas discusiones resulten difíciles de zanjar, porque un autor como Baroja posiblemente fuera un mal escritor de acuerdo con el Canon establecido, pero era al tiempo un gran narrador. Cosas similares se han afirmado del escritor de novelas policíacas, Juan Madrid. Sin embargo, el autor de “Todo lejos” considera que sería necesario alcanzar un acuerdo sobre qué se considera escribir bien, el célebre “estilo” de Flaubert. “Para determinadas historias la buena escritura es fundamental, al igual que la manera de contar”, resume Alfons Cervera.

Una semana antes de que “Convocando al fantasma” viera la luz, falleció el escritor Rafael Chirbes, a cuya obra dedica el catedrático de Literatura Española, Ángel Basanta, un capítulo del ensayo. Según Alfons Cervera, el autor de novelas como “En la otra orilla” o “Crematorio” es uno de los grandes narradores del siglo XX español. Pero también Chirbes es objeto de los “latiguillos” literarios y los eslóganes facilones, por ejemplo, cuando se le etiqueta como “el novelista de la crisis”. “Así se le marca el camino hacia el olvido”, lamenta Alfons Cervera. A la falta de foros para el debate y el esquematismo de las modas, se agrega otra barrera: el desequilibrio en la correlación de fuerzas. Se percibe de modo palmario en historiadores como Francisco Espinosa Maestre, quien destaca por los trabajos sobre memoria histórica y represión franquista. Aunque respetado en los circuitos universitarios, el autor de “Lucha de historias, lucha de memorias. España, 2002-2015” siempre se ha movido en los márgenes de la academia y ha cuestionado muchos de los relatos oficiales. El precio de todo ello es que ha publicado su último libro en una pequeña editorial, la sevillana Aconcagua, y pronuncia conferencias allí donde puede. No tiene acceso a los altavoces a los que tiene acceso, por ejemplo, el historiador Santos Juliá, el grupo Prisa. “Hay una gran desproporción”, concluye Alfons Cervera.

Enric Llopis // Rebelión (19/03/2016). Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=210148