Buscar

Mostrando entradas con la etiqueta La Guerra Civil como moda literaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Guerra Civil como moda literaria. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de octubre de 2018

Congreso "Con la posguerra en el retrovisor"



Con la posguerra en el retrovisor


Las representaciones culturales del periodo franquista en la democracia (1975-2018)


Congreso Internacional
5 y 6 de noviembre de 2018
KANTL Centrum (Gante)

 Más info: http://www.posguerra.ugent.be/

Organizadores:
Universidad de Gante
Universidad de Amberes
Coordinadores:
Prof. Dra. Elizabeth Amann
Prof. Dra. Diana Arbaiza
Dra. María Teresa Navarrete
Dr. Nettah Yoeli-Rimmer










Programa:

miércoles, 13 de septiembre de 2017

The Objective - entrevista sobre "El realismo social en España"

David Becerra, contra la ideologización del canon


Anna Maria Iglesia


Foto: David Becerra
David Becerra
Tras La novela de la no-ideología y La guerra Civil como moda literaria, David Becerra publica ahora El realismo social en España. Historia de un olvido (Quodlibet). Si bien es cierto que el objeto central de su último trabajo es la reivindicación literaria y política del realismo socialista, Becerra prosigue con las indagaciones en torno a la conformación del canon literario español, subrayando la idea de que el concepto de “calidad literaria” no ha sido –no es- más que una excusa para “olvidar” obras literarias que ponían en entredicho el relato –el mito- de la Transición. El olvido de autores como López Salinas o López Pacheco responde a la misma lógica que se impone cuando la Guerra Civil se convierte en una moda literaria: eliminar cualquier elemento que ponga en entredicho el relato de consenso confeccionado en la Transición.

A priori, tu ensayo es una reivindicación del realismo social y de sus autores. Sin embargo, ¿podríamos decir que la idea última es una crítica a la construcción del canon literario español a partir de un uso ideológico del término “calidad literaria?

Exacto. Cuando se estudian unas obras literarias que han sido borradas o expulsadas del canon, que hemos dejado de leer y que hemos olvidado, en cierta manera estamos obligados a hacer también una crítica al modo en que se ha configurado ese mismo canon literario que las ha expulsado. Un canon no es una construcción inocente en el que únicamente participan argumentos estrictamente literarios; es también una construcción ideológica. Las obras que se incorporan a la tradición literaria son aquellas que en cierto modo legitiman el orden actual de las cosas. Por esta razón, aquellas obras que podrían contradecir, o al menos poner en cuestión, el relato que a la sociedad española se le ha impuesto desde arriba, dejan de leerse. Porque son obras que perturban, molestan, disienten. Claro que para que un discurso ideológico sea eficaz no puede evidenciar nunca su ideología de forma explícita, y allí entra el juego la tan cacareada “calidad literaria”: se nos dijo que no convenía leer estas novelas porque eran torpes, ramplonas, estaban mal escritas, que en ellas lo “literario” se sacrificaba a favor de lo político, etc. Y finalmente nos convencieron de que no valía la pena dedicar nuestro tiempo a leerlas, no porque fueran novelas políticas sino porque eran malas novelas.

Sin embargo, ¿no era así?

Basta leerlas para comprobar que no son en absoluto malas novelas, incluso si las evaluamos según los códigos y los esquemas de análisis de los productores del gusto. Pero, independientemente de esto, desde el punto de vista del historiador de la literatura, son novelas que conviene leer y estudiar, ya que nos hablan de un periodo histórico fundamental del siglo xx español, y no tenerlas en cuenta supondría renunciar a extraer una visión de conjunto de lo que es la historia –y la historia literaria—de la España del siglo xx. Un historiador no debe estudiar solo lo que obedece a su gusto, debe estudiar todo aquello que resulte significativo para una mejor comprensión de la historia y de la historia literaria. Y estas novelas, aunque pretendan negarlo, sin duda lo son. Por eso es fundamental rescatar y leer estas novelas.

¿El relato de la Transición fue el fin último de la construcción de un canon literario que necesitaba “olvidar” el realismo social para poder construir un relato de la Transición sin fisuras?

El relato, o el mito, de la Transición se construye de la siguiente manera: dos grandes hombres con grandes gestos deciden traer la democracia a España. Pero las cosas no fueron exactamente así. La democracia no fue una concesión, sino una conquista de hombres y mujeres que, durante muchos años, lucharon oponiéndose a la dictadura franquista. Esos hombres y mujeres que no salen en el relato oficial sí aparecen, con gran protagonismo, en las novelas del realismo social de los años cincuenta y sesenta.

David Becerra, contra la ideologización del canon
Portada de “El realismo social en España” editado por Quodlibet

Es decir, el realismo social da voz a la silenciados por el relato oficial.

En estas novelas vemos cómo las clases subalternas de la sociedad española poco a poco van elevando su conciencia, empiezan a organizarse y a luchar contra una sociedad injusta. En las luchas que emprenden los personajes de estas novelas está el germen de lo que será la lucha antifranquista de los años sesenta y setenta, la lucha que modificará la correlación de fuerzas y que obligará a las élites franquistas a acostarse franquistas y a despertarse demócratas para sobrevivir en los nuevos tiempos. Pero esas élites no trajeron la democracia, la democracia se conquistó luchando en la calle. Y eso es lo que queda fuera del relato de la transición. Estas novelas nos recuerdan quiénes son los que lucharon, por eso, molestan y ha sido mejor olvidarlas.

En tu ensayo sostienes que estas novelas muestran “las huellas de revolución y ruptura que situarían al régimen en una desfavorable correlación de fuerzas” ¿Esta correlación de fuerzas tiene su origen en el desarrollismo económico?

La incorporación de la España de Franco al bloque capitalista pasa por la aceptación de las recetas económicas FMI y OCDE, es decir, reducción de gasto público, privatizaciones, liberalización del mercado, etc. Son los años en los que el franquismo sale de la autarquía de posguerra para desarrollar una economía capitalista. España empieza a crecer, a desarrollarse, pero como nos recuerdan una vez más estas novelas –y La mina es un ejemplo muy claro– este crecimiento se debe fundamentalmente a la explotación laboral, los bajos salarios, la falta de inversión en seguridad, etc. Pero, del mismo modo, los excedentes que genera esta economía les van a permitir a los trabajadores aumentar su poder adquisitivo y empezar a formar parte de la sociedad de consumo. Hay una frase del ministro de Vivienda de Franco que es muy significativa: convertir a los proletarios en propietarios. Los proletarios se convierten en propietarios y poco a poco empiezan a formar parte de la llamada clase media. Podríamos pensar, como de hecho se piensa, que por medio del consumo el capital domestica a una clase trabajadora que a medida que ve aumentar su poder adquisitivo y se adentra en la sociedad de consumo empieza a olvidar sus reivindicaciones de clase.

¿Una especie de alienación?

Aunque en realidad el argumento funciona, no fue exactamente así, ya que esto supondría otorgarle demasiada inteligencia estratégica al capital. Creo que el aumento del poder adquisitivo de la clase obrera tampoco es un regalo, sino el resultado de sus luchas.  

Dice Bértolo que el “certificado de homologación” recae solamente en aquellas obras que tienen como “espacio narrativo la alienación existencial de las clases medias” ¿Podemos afirmar que el realismo social ejerció y, en parte, ejerce como relato contra-hegemónico?

Sin duda. Y en las palabras de Constantino Bértolo que citas creo que está ya la respuesta. Pero vamos a ponerle nombre: Tiempo de silencio, por ejemplo, que es una novela muy interesante y nos ofrece una riquísima radiografía de la sociedad española de la época, ha recibido ese “certificado de homologación” precisamente porque habla de la alienación existencial de las clases medias, no de cómo la explotación laboral de la clase obrera –que en ocasiones acaba con la muerte– es la que permite el desarrollo de las fuerzas capitalistas en España.  

Hablamos de realismo social, pero en verdad tú terminas reivindicando el realismo socialista. ¿Todavía hoy, como diría García Hortelano, hay pudor en hablar de realismo socialista y a qué se debe?

En un momento del ensayo siento la necesidad de establecer una distinción entre realismo social y realismo socialista para poner un poco de luz en la confusión terminológica que existe en este campo de estudio. Porque normalmente, y bajo la etiqueta de “realismo social”, se encuentran novelas que no tienen nada que ver unas con otras. La diferencia entre realismo social y el socialista es su intención “implicativa”: si el realismo social indaga la realidad que describe para explicar, de manera sociológica, cómo las condiciones sociales determinan la conducta de los seres humanos, el realismo socialista describe la realidad con la intención de transformarla políticamente. Sin embargo, seguimos hablando de “realismo social”. No sé si, como decía Hortelano, se trata de pudor, pero de lo sí que se trata, seguro, es de política.  La ideología literaria dominante, que concibe la literatura como un discurso autónomo que no interviene en lo político y en lo social, desplaza de la esfera pública discursiva cualquier proyecto literario que tenga, entre sus pretensiones, la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, una sociedad sin explotación. Por eso siguen existiendo, todavía hoy, tantas reticencias a llamar a las cosas por su nombre.

David Becerra, contra la ideologización del canon 3
Portada de “La mina” de Armando López Salinas | Imagen vía Akal Literaria

En su crítica de La Mina, Belén Gopegui desarma la crítica literaria. ¿La afirmación de que lo político se imponía a lo literario era, por tanto, una excusa, una “ignorancia interesada” en vistas a crear un conveniente sistema literario?

El análisis de Belén Gopegui, que incorporo a mi libro, es muy interesante, ya que en él se muestra la doble vara de medir que utiliza la crítica cuando desprecia una novela como La mina. Si el protagonista de La mina, dice Gopegui, hubiera sido «escritor o piloto de avión, pianista, detective, profesor de universidad, y si su trayectoria hubiera estado descrita con los exactos recursos literarios que encontramos en La mina, La mina sería ahora una gran novela». Por lo tanto, sí, comparto plenamente el diagnóstico de Bértolo cuando habla de “ignorancia interesada”: nos hicieron creer, como decía al principio, que eran novelas que estaban mal escritas y por eso dejamos de leerlas, que por su proyecto político estas novelas maltrataron el estilo y el lenguaje, y que por lo tanto eran poco literarias. No convenía leerlas, y nos convencieron. Todos estos años de olvido demuestran que nos terminaron convenciendo. Por eso es tan importante volver a leerlas y a estudiarlas.  

¿Crees que este sistema literario, conformado y asentado durante la Transición, gracias en parte a la prensa escrita, empieza hoy a desquebrajarse?

Creo que sí. Y lo creo por dos motivos: el primero es porque en los últimos años, y coincidiendo con la crisis del régimen del 78, se han empezado a cuestionar también a los intelectuales orgánicos del régimen del 78. Libros como La desfachatez intelectual de Ignacio Sánchez Cuenca, La nación singular de Luisa Elena Delgado o El cura y los mandarines de Gregorio Morán, pero también las críticas que han recibido autores como Javier Cercas, Antonio Muñoz Molina, Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte –que ellos han leído como si de una crítica personal se tratara–, demuestra que todo un sistema de ideas y de valores se está desquebrajando. Eso es, en parte, una crisis de régimen: la ruptura de un consenso, que no es solo político sino también –y, sobre todo– cultural.

¿El segundo motivo?

El segundo motivo acaso se encuentre en la búsqueda de nuevos referentes justo cuando los viejos referentes empiezan a ser cuestionados. Es muy interesante observar cómo, en estos años de crisis de régimen, la sociedad española ha empezado a leer de otra manera su tradición literaria y ha empezado a buscar y a rescatar obras que habían sido olvidadas. Un ejemplo claro acaso se encuentre en Tea rooms de Luisa Carnés, una novela de los años treinta que nunca se había publicado en democracia, y que ha publicado recientemente Hoja de Lata, y que lleva ya, si no he perdido la cuenta, cinco ediciones. La sociedad española necesita conocer su pasado y también desenterrar a los autores y autoras que hemos olvidado. Queremos conocer otro relato de nuestra historia, porque ya no nos creemos más la historia que nos contaron. Con El realismo social. Historia de un olvido, como previamente hice con mi edición crítica de La mina de Armando López Salinas, quiero contribuir al rescate de una literatura olvidada, a la construcción de una historia distinta.

David Becerra, contra la ideologización del canon 2
Portada de Tea Rooms de Luisa Carnés | Imagen vía Hoja de Lata

En otros textos tuyos te has mostrado muy crítico hacia la representación literaria que, en parte, todavía se hace de la Guerra Civil y la Transición.

No quería decirlo, pero sí, yo también he intentado poner mi granito de arena en esa ruptura del consenso cultural. Mis ensayos La novela de la no-ideología (Tierradenadie, 2013) y La Guerra Civil como moda literaria (Clave Intelectual, 2015) iban en esta dirección. Los dos ensayos tienen en común la crítica radical a la narrativa y la ideología literaria dominante en España de las últimas décadas. Es decir, una literatura donde lo político y lo social desaparece, se borra, se desplaza a favor de una lectura de los conflictos en clave individualista, psicologista o moral; en estas novelas todo el conflicto se encuentra en el yo, en el interior del individuo, la verdad nunca está ahí fuera. Según estas novelas, lo que nos pasa nunca tiene una causa política, por lo tanto, para resolver lo que nos pasa no es necesario hacerlo políticamente, sino individualmente. No hay que luchar contra el sistema para resolver el conflicto, hay que luchar contra nosotros mismos, adaptarnos a las circunstancias, como dicta la lógica neoliberal. 

Fuente: http://theobjective.com/further/david-becerra-contra-la-ideologizacion-del-canon/

martes, 29 de agosto de 2017

El confidencial - El realismo social en España. Historia de un olvido

 Víctor Lenore


David Becerra Mayor es uno de los críticos más rigurosos y tenaces de nuestro panorama cultural. Doctor en Literatura Española, público el demoledor 'La Guerra Civil como moda literaria' (2015), donde explicaba la dulcificación y desactivación política de la mayoría de los relatos sobre el levantamiento fascista. Su intención siempre ha sido descubrir los hilos invisibles que dominan nuestra narrativa. Queda claro, ya desde el título, en obras como 'La novela de la no-ideología' (2013) y 'Convocando al fantasma. Novela crítica en la España actual' (2015). Denuncia el rechazo de nuestra industria cultural a reconocer el valor artístico de los escritores que nos muestran el lado más conflictivo del país.

Ahora publica 'El realismo social en España. Historia de un olvido' (Quodlibet), que podemos describir como la crónica de un enterramiento interesado, que busca ocultar una parte crucial de nuestro pasado reciente.

PREGUNTA. ¿El problema que tenemos es una crítica literaria demasiado de derechas?
Portada
RESPUESTA. No diría tanto. Más bien, forma parte del bloque histórico que ha dominado España en las últimas décadas. De manera consciente o inconsciente, la crítica reproduce el consenso de la Transición y el consenso neoliberal. Por un lado, menosprecia aquellas obras literarias que cuestionan el relato de la Transición. Por ejemplo 'La mina' de Armando López Salinas, escrita y publicada en 1959, que nos habla de cómo se va construyendo un movimiento de resistencia popular durante la conformación del llamado desarrollismo económico franquista. Los protagonistas, pertenecientes a la clase obrera, elevan su conciencia para mejorar su situación y en muchos casos pierden la vida peleando por un futuro mejor. Ellos son una parte importante de quienes luego lucharán por la libertad y la democracia en España. Porque conviene recordarlo: la democracia no es una concesión de los poderosos, como reza el relato de la Transición, que convierte en protagonistas de la historia al rey y a Adolfo Suárez. La democracia es una conquista.

P. ¿Se usa el concepto de 'calidad literaria' con motivos políticos?
La ‘calidad’ funciona como un subterfugio. La crítica no va a anunciar de forma explícita que arranca estas páginas de la historia de la literatura porque son obras que ponen en entredicho el consenso de la Transición. La crítica, para ser eficaz, tiene que parecer crítica. Y se utilizan argumentos de calidad para ello. Nos han convencido de que no debemos perder el tiempo leyendo estas novelas porque están mal escritas, porque son torpes en su estructura literaria, porque su lenguaje es vulgar, etcétera. Son argumentos que podemos asumir acríticamente si no hemos leído esos textos, pero que se deshacen cuando das una oportunidad a 'Central eléctrica' de Jesús López Pacheco o 'La piqueta' de Antonio Ferres, entre otras.

P. ¿Sigue funcionando ese truco?
R. Sí. De hecho, en España, con algunas excepciones, la crítica literaria no hace críticas negativas, sobre todo cuando se trata de autores españoles. Solamente encontramos críticas negativas a novelas con un planteamiento político, con un compromiso social.

P. ¿Nos puedes poner un par de ejemplos?
Portada
R. Recuerdo cuando Belén Gopegui publicó 'El padre de Blancanieves' (2007) .El objetivo de los protagonistas consiste en hacer política en el puesto de trabajo y tratar de transformar el mundo desde el lugar en el que se producen las mercancías. Su propuesta nada tiene que ver con la lucha obrera tradicional. Para llevar a cabo su acción, los personajes, fuera de partidos políticos y sindicatos, se reunían en asamblea, en una estructura organizativa horizontal, verdaderamente democrática. La crítica, además de lamentar el modo en que Belén Gopegui sacrificara su talento al poner la literatura al servicio de una causa política, de hacer de la literatura un sermón, acusó a la escritora de nostálgica, de hablar de una juventud que ya no existía, de estar cometiendo un anacronismo al hacer pasar como un acontecimiento del presente una forma de organización política que había desaparecido en la década de los setenta.
Cuatro años después, tuvo lugar el 15M, cuya forma de organización se asemeja mucho a la que mostraba Gopegui en su novela. No es que los jóvenes de la Puerta del Sol, y de las otras plazas de nuestra geografía, hubieran leído 'El padre de Blancanieves' y, para organizarse, se inspiraron en los personajes. Nada de eso. Simplemente, en la novela de Gopegui estaba el germen, el malestar de una sociedad que empezaba a buscar la política en otras partes, situándose en los márgenes de los centros de poder. Gopegui lo buscaba en la literatura y la ciudadanía lo encontró en las plazas. Supo anticiparse y advertirnos que, como se dice en la novela, "la catástrofe se acerca: están dispuestos a arramblar con todo".

P. ¿Me das otro ejemplo?
R. Más reciente es 'Made in Spain' (2014) de Javier Mestre, una novela sobre la imposibilidad de un capitalismo con rostro humano en una fábrica de zapatos en el País Valenciano. La crítica, claro, se despachó a gusto y la tildó de maniquea, habló de su “banalidad discursiva”, de su “excesivo prosaísmo” y sus “reiteraciones”. Es decir, los mismos argumentos que han esgrimido tradicionalmente para desterrar el realismo social.

P. Tu ensayo afirma que el realismo social de mitad del siglo XX fue un sustituto del periodismo, ya que el franquismo prohibió la prensa libre.
R. Ese era uno de los objetivos de estas novelas, tal y como lo escribió Juan Goytisolo en su ensayo 'El furgón de cola'. Goytisolo planteaba que, a falta de medios de información veraces en España, la función de la literatura era suplantar la función del periodista para de este modo corregir el desajuste que existía entre la realidad “real” y la realidad “contada” por los aparatos de prensa y propaganda de Franco. En este sentido, estas novelas sí nos permiten conocer la vida de los de abajo. De hecho, Goytisolo decía en su ensayo que la función testimonial de estas novelas obligaría al futuro historiador de la sociedad española a acudir a ellas para “reconstruir la vida cotidiana del país a través de la espesa cortina de humo y silencio de nuestros diarios”.

P. Otra tesis crucial de 'El realismo social en España' es que la censura de mercado es tan eficiente o más que la de Estado.
R. El mercado literario convierte al lector en un cliente y, como se sabe, el cliente siempre tiene la razón. No hay que morder la mano que da de comer. Como buen vendedor, el novelista tiene que agasajarle, mimarle, seducirle. En este sentido, el crítico Ignacio Echevarría decía, con suma ironía, que hemos pasado de la novela social a la novela sociable. Entonces, y como afirma Constantino Bértolo en su libro 'La cena de los notables', la poética de los escritores en la actualidad no es otra que el marketing. Esto genera estrategias de censura y autocensura, formas de domesticación del pensamiento, que no me atrevería a afirmar si son tan represivas como las que ejerce una dictadura, pero sí son al menos tan eficientes en la medida en que impiden la libre circulación de pensamiento crítico.

domingo, 23 de julio de 2017

Narrativas del país. Universidad de Verano de Podemos.

Debate "Narrativas del país. Pretérito imperfecto" en la Universidad de Verano de Podemos, Cádiz.8 de julio de 2017. Participan: Cristina Fallarás, Benito Zambrano y David Becerra.



Participación en Mesa Redonda - Cubavisión

Programa Mesa Redonda.
Intelectuales antimperialistas españoles o residentes en España que recientemente celebraron junto a colegas cubanos el 80 aniversario del II Congreso en Defensa de la Cultura, animan los debates en torno a la responsabilidad y el compromiso de los creadores con sus sociedades.
Intervienen: Carmen Domingo, Pascual Serrano, Carlo Frabetti, David Rodríguez y David Becerra Mayor.
Emitido: 21 de julio de 2017. Cubavisión. 

miércoles, 29 de marzo de 2017

Atlántica XXII - Entrevista sobre La Guerra Civil como moda literaria

David Becerra en Oviedo. Foto / Pablo Lorenzana.

David Becerra (Granollers 1984) es doctor en Literatura por la Universidad Autónoma de Madrid y en la actualidad profesor de Literatura Española en la Universidad de Lieja. Su tesis doctoral, convertida en el libro La Guerra Civil como moda literaria, es un afilado y pormenorizado estudio de la literatura española reciente sobre la guerra. Estuvo recientemente en Oviedo invitado por la asociación cultural La Ciudadana y el local Cambalache. Colabora con la editorial asturiana Hoja de Lata y ha sido uno de los responsables de la reedición por ésta de la novela Tea Rooms. Mujeres obreras, escrita en 1934 por la madrileña Luisa Carnés, una autora olvidada por su condición de “mujer, exiliada y comunista”.

Diego Díaz / Historiador.

¿Qué tienen en común la mayoría de las novelas actuales que hablan sobre la Guerra Civil?
La guerra se ha convertido en un escenario muy común, pero que tiende a ser poco más que un telón de fondo para narraciones de intriga, amor o aventuras que en general suelen estar muy despolitizadas. Los protagonistas de la mayoría de las novelas españolas recientes ambientadas en la guerra suelen ser personajes despolitizados, presentados como personas normales y comunes, sin demasiada conciencia social, atrapados en un conflicto armado que muchas veces se trata por parte de los novelistas desde la equidistancia, borrando su carácter político. Que hubiera muchas personas despolitizadas en 1936 no debería ocultar la clave política que está en el origen del conflicto. Parece como si los autores hubieran asumido esa idea conservadora de que hemos llegado a “el final de la historia”, un presente afortunadamente “aburrido y democrático”, como dice Almudena Grandes, y por eso proyectan en el pasado también a personajes no politizados que se parecen más a nosotros.

Parece una reivindicación de esa llamada “Tercera España”, democrática, liberal, republicana, pero no revolucionaria, que también se ha puesto de moda.
La “Tercera España” es un concepto de Santos Juliá que viene a decir que entre unos y otros acabaron con la República. Es un concepto tramposo y equidistante que iguala a golpistas y resistentes. Hay que recordar que la República no era un bando, era el Gobierno legítimo contra el que se levantaron los golpistas.

¿Cuándo comienza ese boom de novelas sobre la Guerra Civil?
Más o menos yo lo sitúo entre 2003 y 2004 con la publicación de La voz dormida, Soldados de Salamina y Los girasoles ciegos. En 2004 sube el número de novelas publicadas ambientadas en la contienda y hay escritores de prestigio como Muñoz Molina, Almudena Grandes o Eduardo Mendoza que se suben a esta moda literaria, que solo comienza a descender a partir de 2010. Parecía que la moda literaria de la Guerra Civil iba a ser sustituida por una nueva moda de novelas sobre la Transición democrática, pero creo que el 15-M con su impugnación del relato oficial sobre la Transición ha detenido esta corriente.

¿Hablar de moda literaria tiene algo de peyorativo?
No. Trato de recoger ese término como algo objetivo, es decir, como algo que funciona dentro del mercado literario y tiene unos códigos comunes y reconocibles.

Nin y el POUM
¿Es posible separar la calidad literaria de una novela de su contenido político? ¿Cuál sería una novela sobre la guerra interesante desde el punto de vista estético, más allá de sus valores políticos?
No creo que exista esa distinción tan clara entre lo político y lo literario, que podamos aislar ideología y literatura. Soldados de Salamina es una muy buena novela desde el punto de vista de los productores del gusto literario, pero ideológicamente es una suerte de revisionismo histórico, no a lo César Vidal o Pío Moa, tan burdo, pero sí de forma intelectualizada termina poniendo en el mismo lugar a víctimas y verdugos. Creo que si una novela funciona bien políticamente y construye una noción de memoria fuerte, es porque también funciona bien desde el punto de vista literario. Una buena novela sobre la guerra debería mostrar la continuidad que ha habido en España entre quienes ganaron la guerra y quienes a día de hoy detentan el poder, en lugar de concluir con el “final feliz” de la Transición, que es a donde nos conducen muchas de las obras de esta literatura reciente. La mayoría de los autores no viajan al pasado para transformar el presente, sino que lo miran como algo lejano, que no nos pertenece y que está definitivamente concluido.

¿Ejemplos de esas buenas novelas políticas sobre la guerra?
Lunas de agosto de Justo Vila Izquierdo, Otra maldita novela de la Guerra Civil de Isaac Rosa, Los rojos de ultramar de Jordi Soler y Maquis de Alfons Cervera.

Dentro de esta moda literaria de la que habla, parece haber otro subgénero que son las ficciones que tienen que ver con la guerra dentro de la guerra en la zona antifascista, el POUM, mayo de 1937 y las purgas estalinistas en España.
Probablemente sea un efecto de la película de Ken Loach Tierra y libertad y del interés despertado a raíz de ésta por el secuestro y desaparición de Andreu Nin, el fundador del POUM. Lo curioso es que muchos de los abordan en sus narraciones la cuestión del POUM no lo hacen porque sean trotskistas o simpatizantes de Nin, sino por anticomunismo. No les interesa tanto reivindicar la memoria del POUM como convertir al comunismo y a la URSS en el antagonista de la narración, en la que el franquismo desaparece.

¿Y el cine sobre la guerra?
La sensación es que hay muchas películas españolas sobre la guerra. Recuerdo aquel gag en una gala de los Goya en el que el Gran Wyoming proponía entregar a Franco el Goya honorífico por su contribución al cine español. Creo de todas formas que quedan muchas más por hacer. Faltan películas que piensen políticamente la guerra.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 48, ENERO DE 2017

domingo, 18 de septiembre de 2016

"Not Listening to the Enemy". Interview in the Czech journal "A2 kulturní čtrnáctideník"


With David Becerra Mayor about the Civil War literary fashion
Since 1990 over 150 novels focusing on the Civil War were published in Spain. But according to the literary critic David Becerra Mayor these novels do not strive to offer an understanding of a historical conflict. Instead, the war is utilized merely as an attractive stage set. As a result, the novels only reproduce a long-surpassed myths of the Franco regime.


David Becerra Mayor (born 1984) is a Spanish literary historian and critic. He received a PhD in Spanish literature at the Autonomous University of Madrid. Initially, he specialized in the work of the poet Miguel Hernández and other writers from the Republic period. Later on, he began focusing on contemporary fiction that he analyzes in his books La novela de la no­ideología and La guerra civil como moda literaria. He works in the aesthetics and literature section of the Foundation for Marxist Studies.

Your latest book is titled Civil War as literary fashion [La GuerraCivil como moda literaria]. What initiated this fashion in the past twenty years?
It is first of all important to remember that the Spanish transformation from the Franco regime to democracy was based on a pact of silence and forgetting. People were forced to only look ahead, into the future and not open any old wounds. The Spanish society of the democratic transformation was born with Lot´swife’s fear inside: it was forbidden to look back to not turn into a pillar of salt. It had appeared to be terrific news that suddenly so many novels about the Civil War started to be published, seemingly breaking the silence. But it’s quickly turned out that the Civil War is no more than a stage set.

Does this mean that the novels do not take historical events seriously?
They are historical novels without historicity. The Civil War period is to provide a contrast to the present. A conflicted past is to provide an escape from the present that is considered to be dull and grey. It is like a glittering mirror that Jameson speaks about in his book Postmodernism, or the Cultural Logic of Late Capitalism. If we look into these novels for reflections of our faces, a blinding flash of light makes it impossible to recognize ourselves. The light charms us, just like the novels charm and entertain us. The impossibility to see one’s reflection, ourselves in the past eventually deactivates our historical experience and, as a result, we perceive past as a mythical time that has nothing to do with us – as a closed epoch, which, in actuality remains very much open.

Regardless, these novels are rather successful and widely read...
These novels were successful because Spanish society began mobilizing in late 1990s, demanding, at the same time, to learn about its past. Historical memory entered the services of a political agenda. These particular novels depicted this social restlessness and at attempted to seize it to deactivate its emancipatory and revolutionary potential. And so the topic of the Civil War became literary fashion, but the war is merely a stage, practically exotic, and in any case very much distant from the present.

Some of the novels that you analyze in your work were also published in Czech translation – including Soldiers of Salamis [Soldados de Salamina] by Javier Cercas. Does the above said apply to this book as well?
Yes, this novel too shows depolitization of a historical conflict; done through a subjectivization of the enemy. In his book First as Tragedy, Then as Farce Slavoj Žižek states that the silliest idea he has ever heard is the widespread neoliberalist notion that an enemy is someone to whom we did not sufficiently listen. For if we were to listen and hear the enemy, we would subjectify, humanize, and view the enemy not as the other, but as one who is not all that different from us. The novel Soldier of Salamis is based on this idea: it picks up a version of one of the founders of the Spanish fascism, Rafael Sánchez Mazas and spins a mechanism of subjectivization that enables us to identify with it, empathize with him, and feel a degree of complicity. This mechanism politically deactivates the fascist. As a result, the novel achieves that we do not perceive Sánchez Mazas as a fascist, but rather as a person with internal struggles and conflicts. Just like us, after all. The necessary and radical question that my book strives to raise is: is he really just like us? I would argue that not and this leads me to believe that we should not depoliticize the Civil War, but rather try to understand the political and social historical conflict that started it.

The novelist and essayist Andrés Trapiello says that "the fascists won the war but lost the history of literature." Would you agree?
No, I categorically disagree with this sentence. Trapiello and other critics and novelists put great effort into defending fascist writers, according to them unjustly forgotten, and they ask us to stop thinking about the events of 1936 and evaluate these writers from the literary perspective. They say that we need to read them as writers, overlooking their ideology. That is why Trapiello can say that the fascists won the war but lost the history of literature. But that is certainly not the case, particularly since the 20th century Spanish literary canon was created during the Franco regime and the transformation toward democracy did not do anything, or at least only very little to contest it.

So who are the defeated in literary history, then?
Since we were unable to read their work, the defeated are all of the writers who were murdered or forced to flee into an exile during the Civil War. A paradigmatic case is Luisa Carnés, a writer who was forgotten no less than twice, for she is a woman and a communist to boot. Her excellent novel Tea Rooms was published in 1934 and then republished only a few weeks ago. The writers of the socialist realism of 1950s – including the late Armando López Salinas and Jesús López Pacheco – share a similar path. So much work is still needed to be done; so much literary memory must be saved.

You argue that the depolitization of contemporary novels plays in favor of those who won the war. But has openly fascist or falangist literature also emergedin contemporary Spain?
The only writer who has publicly endorsed falangism was Manuel Maristany, the author of La enfermera de Brunete, who passed away this year. This novel features all present myths about the Franco crusade. For example that the Spanish Republic introduced chaos and that is why the country needed a „remedy;“ i.e. a military coup, to restore the order. Or that the republic was a mere USSR satellite; that a communist revolution, which the insurgents prevented from happening, was taking place in Spain, and so on. These myths were part of the fascist propagation; a way to justify the coup. Proper historians, such as Herbert Southworth, have long since proved their mendacity. Even so, they continue to be reproduced in novels of writers including Antonio Muñoz Molina or Andrés Trapiello.

How do authors themselves respond to your critique?
Most frequent is ignorance. Literary and cultural critique is rather weak in Spain. Critique has never fulfilled its role here. It used to be limited to praising works of the mainstream literature and marginalizing dissenting, critical, counterhegemonic discourses. The reason is that ignorance is more effective than confrontation of ideas.

But you have recently engaged in a sharp polemics with a very popular novelist Arturo Pérez­Reverte who was upset that a „young Marxist“ thinks he can „create rules of writing a historical novel.“
That is a different case since my book does not focus on his work. Reverte argues that he responds to an article titled Ten Commandments on how to write a novel about the Civil WarI published in an internet daily El Confidencial, but I suspect he in fact responds to another two of my articles from the same daily in which I critique his abridged version of Don Quijote for the youth and his book Civil War told to the youngsters. He gathered he was challenged but instead of presenting his own arguments against mine, he reverted to personal attacks. That is no setting for a discussion. But it is rather common writers connected with „the 1978 regime,“ are not accustomed to discussing because they used to be only praised. If someone suddenly critiques them, they do not know how to respond so they feel insulted. I assume this is connected with a lack of a democratic culture and believe that time will fix this.

To what extent can an academic critic fulfill Walter Benjamin’s maxim according to which a critic is a „strategist in the literary battle?“
I have tried to stick to this first of thirteen of Benjamin’s theses as best as I have been able to. The reason is that it is clear that the class struggle happens in the literary field as well in the sense that there are literary discourses that reproduce and legitimize the ideology of the ruling class – just as this takes place in the mentioned novels that I call „novels of non-ideology“ – and then, there is also literature that opposes to this ideology. That means that literature too participates in the ideological battle, and it is the critic’s role to point this out. Both criticism and literature always assume a certain side. There is no such thing as neutrality when it comes to criticisms and so we must pay attention to the ethical, moral, and political positionality that the authors come from. The one who writes always takes a particular position and side. For this reason is also important to remind ourselves of what Benjamin adds in the second thesis: „He who cannot take sides should keep silent.“

Michal Špína // A2 kulturní čtrnáctideník (nº 14, 2016): http://www.advojka.cz/archiv/2016/14/not-listening-to-the-enemy

lunes, 12 de septiembre de 2016

Nuestra Bandera - La Guerra Civil como moda literaria, por Ángela Martínez

Ángela Martínez Fernández
Nuestra Bandera

Deberíamos alarmarnos. O tal vez deberíamos rebelarnos cada vez que alguien, tras coger entre las manos un libro como este, nos dice “¡tiene un título muy provocador!”. La exclamación esconde mucho más que una anécdota entre compañeros de profesión o escritores ofendidos, lo que subyace es el inconsciente ideológico mayoritario según el cual alterar o contradecir el discurso dominante en torno a la Guerra Civil española no es una buena idea (o, cuanto menos, es una idea ‘provocadora’ con todos los sentidos que esa palabra pueda acarrear en pleno siglo XXI). Por eso, el libro de David Becerra resulta ser, ya desde su título, una obra completamente necesaria.

Decía Constantino Bértolo en su libro La cena de los notables (2008) que la crítica es una “posición de combate de quien no está conforme con la narración dominante en la vida social ni con las narraciones dominantes en los medios culturales, ni, menos aún, con la presunción de que lo literario sea un aval estético que funcione como distinguida patente de corso” (2008: 14). La Guerra Civil como moda literaria es una de esas posiciones de combate que, además, no solo se responsabiliza de sus palabras sino que también hace responsables a todos los novelistas que han escrito, hablado, trabajado o pensado en torno a la Guerra Civil española. Si algo caracteriza, por tanto, a la obra de Becerra es que nace desde una posición de combate que entiende la literatura como un pacto de responsabilidad y que se niega a conformarse con aquel inconsciente ideológico que le acusa de provocador por atreverse a cuestionar de qué forma están mirando al pasado nuestros novelistas.
Con todo ello, el trabajo crítico del autor se ve respaldado por un amplio corpus: ciento ochenta y una novelas sobre la Guerra Civil española (además de referencias cinematográficas, ensayísticas, etc.) y tres mil quinientas noventa y siete referencias bibliográficas sobre la contienda entre 1975 y 1995 son algunos de los datos que se manejan. Sobre ese material, Becerra se pregunta e interpela: “¿a qué se debe esta proliferación de títulos sobre la Guerra Civil española en la última década del siglo XX y en la primera del siglo XXI?” (32-33). Lo que en un primer momento pueden parecer discursos que nacen con el fin de cuestionar el pacto de la Transición y “convertir la memoria en materia narrativa” (33) se someten a un análisis profundo: en primer lugar ¿por qué se produce ese regreso al pasado? y en segundo lugar ¿de qué forma?, ¿qué se consigue con ello?.
En torno a la primera cuestión, lo que Becerra plantea es precisamente que ese regreso al pasado resulta, en muchas ocasiones, ‘interesado’, es decir surge en pro de los argumentos narrativos: “La vuelta al pasado que se produce en la novela española actual pone de manifiesto que nuestros novelistas han asumido que vivimos en un tiempo perfecto y cerrado, sin conflicto, interiorizando la ideología del “Fin de la Historia”, y ante este presente en el que no sucede nada se hace necesario acudir a un pasado conflictivo como el de la Guerra Civil para poder escribir una novela” (35). Los novelistas regresan al pasado en busca de argumentos para sus novelas porque han asumido completamente la ideología del capitalismo avanzado en la que, como diría la propia Almudena Grandes, “vivimos en un presente aburrido y democrático”. Por ello estas novelas son, en palabras del autor, puros productos posmodernos cuya concepción aconflictiva del presente hace que tengan la necesidad de retroceder al pasado para encontrar material narrativo: “La moda literaria de la Guerra Civil en la actualidad es efectivamente un producto posmoderno” (41).
 Por otro lado, y en un nivel más profundo, la obra plantea un cuestionamiento directo de ese ‘regreso’ al pasado, a cómo se está creando la memoria ya que, afirma Becerra, “acudimos a una reconstrucción despolitizada y deshistorizada de la Historia, invitando al lector a mantener una relación complaciente con su pasado” (36). Es decir que la vertiente es doble: el novelista no solo regresa al pasado porque considere su presente aconflictivo sino que además regresa a ese pasado desde su condición posmoderna, es decir, deshistorizando el suceso. De manera que aquello que parecía surgir como un fenómeno para rescatar la memoria olvidada de España se convierte más bien en una moda literaria que despolitiza a los lectores frente a lo que verdaderamente es un conflicto histórico y político -con todo el peso que tienen esas palabras- del pasado español.
Ahora bien, el autor no se limita a delimitar el fenómeno sino que continúa preguntándose e interpelando: ¿cómo se lleva a cabo todo esto a partir de las novelas? y, sobre todo, ¿qué efectos produce? Tras el análisis pormenorizado de un amplio corpus en el que aparecen títulos, ensayos, artículos, fechas, nombres y apellidos de escritores y escritoras (algunos más conocidos que otros, de ahí su condición de obra responsable para con sus lectores y sobre todo necesaria) Becerra advierte que ese regreso al pasado que llevan a cabo las novelas se debe en una gran parte de ellas a una causa fortuita o a un estado de frustración del personaje (basado en el ideologema liberal, es decir, hace que el sujeto rebusque en su pasado por causas personales y no colectivas). “Se trata de personajes que sienten en un primer momento cierta indiferencia hacia la memoria y hacia el pasado histórico, pero terminan acudiendo a él, de forma más o menos apasionada, cuando descubren que la historia que tienen entre manos les puede aportar una trama atractiva en su proceso de creación literaria. La memoria no repara el presente, solamente sus frustraciones individuales” (66-67). El argumento de muchas de las novelas estudiadas, por ende, se construye sobre una analepsis que poco tiene que ver con la conciencia de clase de los personajes o con la intención de cuestionar su presente sino más bien con un retroceso ‘fortuito’ a un pasado que jamás pone en peligro el presente.
Los efectos de esta moda literaria, por tanto, tienen que ver con la construcción de una concepción lineal de la Historia en la que no se pretende analizar el carácter político que verdaderamente tuvo la Guerra Civil porque “no forma parte de su proyecto ideológico dinamitar o hacer pedazos el presente” (39). Y para evitar que ese presente estalle en mil pedazos se vacía de sentido político a la Guerra Civil española, algo que David Becerra ya enunció en otra de sus obras, La novela de la no-ideología (2013). El hecho central del retorno al pasado tiene que ver con su propio cierre: los personajes no regresan a los hechos de la Guerra Civil para intervenir y cuestionarlos políticamente sino precisamente para “que el pasado deje de intervenir en el presente” (68). Hay una voluntad de frenar esas ‘intermitencias molestas’ del pasado en pro de una ‘reconciliación nacional’ que, ni mucho menos, profundiza en las razones y los hechos política e históricamente.
La literatura, dice David Becerra, es uno de los aparatos privilegiados de reproducción ideológica y por ello su libro señala sin tapujos de qué forma esta moda literaria está funcionando en muchas ocasiones (dentro de su heterogeneidad) con una ‘dialéctica de lo agradable’ que, como decía Isaac Rosa en el prólogo, “nos mueven a la reconciliación y delimitan una memoria de corto alcance, sin reparación ni justicia” (12). Es una literatura de evasión, en palabras del propio autor, que no pretende regresar al pasado para cuestionar el presente sino para cerrar un hecho traumático y colectivo -no nos olvidemos- de la realidad española. Y ante ese tipo de literatura que no quiere responsabilizarse y que rebusca sus materiales en un hecho trágico del pasado como si se tratase en muchas ocasiones de un cuento fantástico deberíamos alarmarnos y rebelarnos, como lo hace este libro.

Ángela Martínez Fernández // Nuestra Bandera, nº233 (junio, 2016), págs. 113-115.