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lunes, 11 de junio de 2018
miércoles, 13 de septiembre de 2017
The Objective - entrevista sobre "El realismo social en España"
David Becerra, contra la ideologización del canon
Foto: David Becerra
David Becerra
A priori, tu ensayo es una reivindicación del realismo social y de sus autores. Sin embargo, ¿podríamos decir que la idea última es una crítica a la construcción del canon literario español a partir de un uso ideológico del término “calidad literaria?
Exacto. Cuando se estudian unas obras literarias que han sido borradas o expulsadas del canon, que hemos dejado de leer y que hemos olvidado, en cierta manera estamos obligados a hacer también una crítica al modo en que se ha configurado ese mismo canon literario que las ha expulsado. Un canon no es una construcción inocente en el que únicamente participan argumentos estrictamente literarios; es también una construcción ideológica. Las obras que se incorporan a la tradición literaria son aquellas que en cierto modo legitiman el orden actual de las cosas. Por esta razón, aquellas obras que podrían contradecir, o al menos poner en cuestión, el relato que a la sociedad española se le ha impuesto desde arriba, dejan de leerse. Porque son obras que perturban, molestan, disienten. Claro que para que un discurso ideológico sea eficaz no puede evidenciar nunca su ideología de forma explícita, y allí entra el juego la tan cacareada “calidad literaria”: se nos dijo que no convenía leer estas novelas porque eran torpes, ramplonas, estaban mal escritas, que en ellas lo “literario” se sacrificaba a favor de lo político, etc. Y finalmente nos convencieron de que no valía la pena dedicar nuestro tiempo a leerlas, no porque fueran novelas políticas sino porque eran malas novelas.Sin embargo, ¿no era así?
Basta leerlas para comprobar que no son en absoluto malas novelas, incluso si las evaluamos según los códigos y los esquemas de análisis de los productores del gusto. Pero, independientemente de esto, desde el punto de vista del historiador de la literatura, son novelas que conviene leer y estudiar, ya que nos hablan de un periodo histórico fundamental del siglo xx español, y no tenerlas en cuenta supondría renunciar a extraer una visión de conjunto de lo que es la historia –y la historia literaria—de la España del siglo xx. Un historiador no debe estudiar solo lo que obedece a su gusto, debe estudiar todo aquello que resulte significativo para una mejor comprensión de la historia y de la historia literaria. Y estas novelas, aunque pretendan negarlo, sin duda lo son. Por eso es fundamental rescatar y leer estas novelas.¿El relato de la Transición fue el fin último de la construcción de un canon literario que necesitaba “olvidar” el realismo social para poder construir un relato de la Transición sin fisuras?
El relato, o el mito, de la Transición se construye de la siguiente manera: dos grandes hombres con grandes gestos deciden traer la democracia a España. Pero las cosas no fueron exactamente así. La democracia no fue una concesión, sino una conquista de hombres y mujeres que, durante muchos años, lucharon oponiéndose a la dictadura franquista. Esos hombres y mujeres que no salen en el relato oficial sí aparecen, con gran protagonismo, en las novelas del realismo social de los años cincuenta y sesenta.Es decir, el realismo social da voz a la silenciados por el relato oficial.
En estas novelas vemos cómo las clases subalternas de la sociedad española poco a poco van elevando su conciencia, empiezan a organizarse y a luchar contra una sociedad injusta. En las luchas que emprenden los personajes de estas novelas está el germen de lo que será la lucha antifranquista de los años sesenta y setenta, la lucha que modificará la correlación de fuerzas y que obligará a las élites franquistas a acostarse franquistas y a despertarse demócratas para sobrevivir en los nuevos tiempos. Pero esas élites no trajeron la democracia, la democracia se conquistó luchando en la calle. Y eso es lo que queda fuera del relato de la transición. Estas novelas nos recuerdan quiénes son los que lucharon, por eso, molestan y ha sido mejor olvidarlas.En tu ensayo sostienes que estas novelas muestran “las huellas de revolución y ruptura que situarían al régimen en una desfavorable correlación de fuerzas” ¿Esta correlación de fuerzas tiene su origen en el desarrollismo económico?
La incorporación de la España de Franco al bloque capitalista pasa por la aceptación de las recetas económicas FMI y OCDE, es decir, reducción de gasto público, privatizaciones, liberalización del mercado, etc. Son los años en los que el franquismo sale de la autarquía de posguerra para desarrollar una economía capitalista. España empieza a crecer, a desarrollarse, pero como nos recuerdan una vez más estas novelas –y La mina es un ejemplo muy claro– este crecimiento se debe fundamentalmente a la explotación laboral, los bajos salarios, la falta de inversión en seguridad, etc. Pero, del mismo modo, los excedentes que genera esta economía les van a permitir a los trabajadores aumentar su poder adquisitivo y empezar a formar parte de la sociedad de consumo. Hay una frase del ministro de Vivienda de Franco que es muy significativa: convertir a los proletarios en propietarios. Los proletarios se convierten en propietarios y poco a poco empiezan a formar parte de la llamada clase media. Podríamos pensar, como de hecho se piensa, que por medio del consumo el capital domestica a una clase trabajadora que a medida que ve aumentar su poder adquisitivo y se adentra en la sociedad de consumo empieza a olvidar sus reivindicaciones de clase.¿Una especie de alienación?
Aunque en realidad el argumento funciona, no fue exactamente así, ya que esto supondría otorgarle demasiada inteligencia estratégica al capital. Creo que el aumento del poder adquisitivo de la clase obrera tampoco es un regalo, sino el resultado de sus luchas.Dice Bértolo que el “certificado de homologación” recae solamente en aquellas obras que tienen como “espacio narrativo la alienación existencial de las clases medias” ¿Podemos afirmar que el realismo social ejerció y, en parte, ejerce como relato contra-hegemónico?
Sin duda. Y en las palabras de Constantino Bértolo que citas creo que está ya la respuesta. Pero vamos a ponerle nombre: Tiempo de silencio, por ejemplo, que es una novela muy interesante y nos ofrece una riquísima radiografía de la sociedad española de la época, ha recibido ese “certificado de homologación” precisamente porque habla de la alienación existencial de las clases medias, no de cómo la explotación laboral de la clase obrera –que en ocasiones acaba con la muerte– es la que permite el desarrollo de las fuerzas capitalistas en España.Hablamos de realismo social, pero en verdad tú terminas reivindicando el realismo socialista. ¿Todavía hoy, como diría García Hortelano, hay pudor en hablar de realismo socialista y a qué se debe?
En un momento del ensayo siento la necesidad de establecer una distinción entre realismo social y realismo socialista para poner un poco de luz en la confusión terminológica que existe en este campo de estudio. Porque normalmente, y bajo la etiqueta de “realismo social”, se encuentran novelas que no tienen nada que ver unas con otras. La diferencia entre realismo social y el socialista es su intención “implicativa”: si el realismo social indaga la realidad que describe para explicar, de manera sociológica, cómo las condiciones sociales determinan la conducta de los seres humanos, el realismo socialista describe la realidad con la intención de transformarla políticamente. Sin embargo, seguimos hablando de “realismo social”. No sé si, como decía Hortelano, se trata de pudor, pero de lo sí que se trata, seguro, es de política. La ideología literaria dominante, que concibe la literatura como un discurso autónomo que no interviene en lo político y en lo social, desplaza de la esfera pública discursiva cualquier proyecto literario que tenga, entre sus pretensiones, la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, una sociedad sin explotación. Por eso siguen existiendo, todavía hoy, tantas reticencias a llamar a las cosas por su nombre.En su crítica de La Mina, Belén Gopegui desarma la crítica literaria. ¿La afirmación de que lo político se imponía a lo literario era, por tanto, una excusa, una “ignorancia interesada” en vistas a crear un conveniente sistema literario?
El análisis de Belén Gopegui, que incorporo a mi libro, es muy interesante, ya que en él se muestra la doble vara de medir que utiliza la crítica cuando desprecia una novela como La mina. Si el protagonista de La mina, dice Gopegui, hubiera sido «escritor o piloto de avión, pianista, detective, profesor de universidad, y si su trayectoria hubiera estado descrita con los exactos recursos literarios que encontramos en La mina, La mina sería ahora una gran novela». Por lo tanto, sí, comparto plenamente el diagnóstico de Bértolo cuando habla de “ignorancia interesada”: nos hicieron creer, como decía al principio, que eran novelas que estaban mal escritas y por eso dejamos de leerlas, que por su proyecto político estas novelas maltrataron el estilo y el lenguaje, y que por lo tanto eran poco literarias. No convenía leerlas, y nos convencieron. Todos estos años de olvido demuestran que nos terminaron convenciendo. Por eso es tan importante volver a leerlas y a estudiarlas.¿Crees que este sistema literario, conformado y asentado durante la Transición, gracias en parte a la prensa escrita, empieza hoy a desquebrajarse?
Creo que sí. Y lo creo por dos motivos: el primero es porque en los últimos años, y coincidiendo con la crisis del régimen del 78, se han empezado a cuestionar también a los intelectuales orgánicos del régimen del 78. Libros como La desfachatez intelectual de Ignacio Sánchez Cuenca, La nación singular de Luisa Elena Delgado o El cura y los mandarines de Gregorio Morán, pero también las críticas que han recibido autores como Javier Cercas, Antonio Muñoz Molina, Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte –que ellos han leído como si de una crítica personal se tratara–, demuestra que todo un sistema de ideas y de valores se está desquebrajando. Eso es, en parte, una crisis de régimen: la ruptura de un consenso, que no es solo político sino también –y, sobre todo– cultural.¿El segundo motivo?
El segundo motivo acaso se encuentre en la búsqueda de nuevos referentes justo cuando los viejos referentes empiezan a ser cuestionados. Es muy interesante observar cómo, en estos años de crisis de régimen, la sociedad española ha empezado a leer de otra manera su tradición literaria y ha empezado a buscar y a rescatar obras que habían sido olvidadas. Un ejemplo claro acaso se encuentre en Tea rooms de Luisa Carnés, una novela de los años treinta que nunca se había publicado en democracia, y que ha publicado recientemente Hoja de Lata, y que lleva ya, si no he perdido la cuenta, cinco ediciones. La sociedad española necesita conocer su pasado y también desenterrar a los autores y autoras que hemos olvidado. Queremos conocer otro relato de nuestra historia, porque ya no nos creemos más la historia que nos contaron. Con El realismo social. Historia de un olvido, como previamente hice con mi edición crítica de La mina de Armando López Salinas, quiero contribuir al rescate de una literatura olvidada, a la construcción de una historia distinta.En otros textos tuyos te has mostrado muy crítico hacia la representación literaria que, en parte, todavía se hace de la Guerra Civil y la Transición.
No quería decirlo, pero sí, yo también he intentado poner mi granito de arena en esa ruptura del consenso cultural. Mis ensayos La novela de la no-ideología (Tierradenadie, 2013) y La Guerra Civil como moda literaria (Clave Intelectual, 2015) iban en esta dirección. Los dos ensayos tienen en común la crítica radical a la narrativa y la ideología literaria dominante en España de las últimas décadas. Es decir, una literatura donde lo político y lo social desaparece, se borra, se desplaza a favor de una lectura de los conflictos en clave individualista, psicologista o moral; en estas novelas todo el conflicto se encuentra en el yo, en el interior del individuo, la verdad nunca está ahí fuera. Según estas novelas, lo que nos pasa nunca tiene una causa política, por lo tanto, para resolver lo que nos pasa no es necesario hacerlo políticamente, sino individualmente. No hay que luchar contra el sistema para resolver el conflicto, hay que luchar contra nosotros mismos, adaptarnos a las circunstancias, como dicta la lógica neoliberal.Fuente: http://theobjective.com/further/david-becerra-contra-la-ideologizacion-del-canon/
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jueves, 10 de marzo de 2016
lunes, 22 de febrero de 2016
¿De qué hablamos cuando hablamos de guerras culturales?
Jose Durán Rodríguez -Diagonal
¿Qué son las guerras culturales: maniobras de distracción o intentos de
fijar el marco de lo real? Cultura y política, un conflicto permanente.
La escritora Marta Sanz, autora del ensayo No tan incendiario (Periférica, 2014), analiza para Diagonal el valor como espacios conflictivos
de palabras, símbolos y proyectos artísticos. "Son acciones y
representan posicionamientos ideológicos", resume. "Hacer una plaza al
payaso Fofó implica un posicionamiento. Decapitar un teletubi. Ir al
congreso de los diputados con un bebé y hacerle carantoñas. Escribir una
novela. Enseñarle las tetas a Rajoy. Tirarle una tarta a la cara a
Boyer disfrazado de Superman. Porque los símbolos nacen de nuestros
prejuicios en la misma medida que los configuran. No son asépticos.
Suelen reproducir la ideología dominante. Y cuestionar los símbolos es
una forma de resistirse a ésta e incidir en la realidad. No son ámbitos
separados".
Mientras Beyoncé rendía homenaje al 50 aniversario de la fundación de las Panteras Negras y mostraba su apoyo
al movimiento de denuncia del racismo policial #BlackLivesMatter en su
actuación durante el descanso de la Super Bowl, el mayor espectáculo
deportivo de Estados Unidos, los dos titiriteros pasaban la segunda noche en prisión preventiva
–con régimen de aislamiento FIES 3, el que se aplica a integrantes de
bandas armadas– bajo la acusación de enaltecimiento del terrorismo por
su obra La bruja y don Cristóbal.Esta coincidencia ha provocado que se vuelva a hablar de "guerras culturales", entendidas como esos momentos de fricción entre cultura y política, valga la redundancia, en los que se discute lo que se puede o no mostrar en público, lo que la creación debe o no tocar, lo que significan o no las tradiciones; y se fija lo que se debe pensar.
Con distinta intensidad, daño causado y repercusión, hay varios episodios que ilustran este conflicto en los últimos tiempos. El cierre del diario Egunkaria en 2003, la prisión para sus directivos y la quiebra de la empresa hasta que la Audiencia Nacional absolvió en 2010 a los encausados de los cargos de pertenencia a ETA y en 2014 se archivó la causa económica. La censura que impide a Soziedad Alkoholika tocar fuera del País Vasco pese a que la Audiencia Nacional les absolvió en noviembre de 2006 del delito de enaltecimiento del terrorismo. La controversia suscitada por los cambios en la Cabalgata de Reyes de Madrid. La persecución al artista Eugenio Merino por sus piezas sobre Franco. La reescritura de la historia perpetrada por el Diccionario biográfico español, obra de la Real Academia de la Historia. Los insultos a la diputada Carolina Bescansa por llevar a su bebé al Congreso. El acoso al proyecto de teatro La Selecta en la sierra madrileña, hasta su cierre. La destitución en marzo de 2015 de Iñigo Ramírez de Haro como diplomático de la embajada española en Belgrado tras el estreno en el Teatro Español de su obra Trágala, trágala, que ironiza sobre las dos Españas, critica a la Iglesia y a la monarquía y en cuya reposición unos meses después añadió una escena en la que se fusila a Artur Mas.
¿De qué se habla, pues, cuando se habla de guerras culturales? Para Luisa Elena Delgado, catedrática de Literatura Española, Teoría y Crítica cultural y Estudios de género en la Universidad de Illinois (EE UU) y autora de La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española (Siglo XXI, 2014), la terminología es muy significativa, explica a Diagonal. "Enmarca la cuestión de forma sesgada: no hay, ni ha habido nunca, un estado de armonía nacional, de paz cultural, con todos los grupos y segmentos sociales de acuerdo sobre cómo se representan los valores comunes, o permitiendo pacíficamente que representaciones culturales ajenas a sus valores se desarrollen. Sólo hay que pensar en todas las disputas culturales del pasado, algunas sumamente enconadas y todas de cariz político; o pensar también en la enorme cantidad de artistas y figuras públicas absolutamente canónicas, que hoy en día se usan para vender la marca España, y que sin embargo sufrieron persecución, cárcel y exilio por parte del Estado; y desde luego no me refiero únicamente al franquismo".
A Gonzalo Abril, profesor de Semiótica en la Universidad Complutense de Madrid, tampoco le gusta la expresión "para referirnos a lo que desde hace mucho tiempo se nombra mejor como lucha 'ideológica' e incluso 'simbólica'". El escritor Ignazio Aiestaran incide en esa idea: "La cultura siempre ha formado parte de los conflictos sociales y económicos, así que en realidad las nuevas guerras culturales son los viejos conflictos sociales y económicos camuflados en el lenguaje mediático y político, que cambia con el tiempo". En su opinión, hablar de guerra cultural en el contexto actual "no es mucho más que reconocer que la derecha tradicional –sea la vieja de origen franquista, sea la nueva de diseño neocon– recurrirá a los medios que tiene a su alcance para conseguir sus objetivos. Todo aquello que no consigue por los votos, los pactos, los medios de comunicación y la religión, lo lleva a los tribunales".
Según se explica en el ensayo Spanish Neocon, publicado por el Observatorio Metropolitano en 2012, la estrategia cultural que la derecha española desarrolla desde finales del siglo XX, inspirada por los think tanks conservadores estadounidenses, ha tratado de erosionar una cierta hegemonía política de la cultura de izquierdas, "por superficial y banal que ésta fuera", oponiendo la autodenominada superioridad de sus valores morales y utilizando la movilización social en una receta cuyos ingredientes clave son simbólicos. Como uno de los muchos ejemplos, valga la afirmación de Pablo Casado en septiembre de 2008, cuando era presidente de Nuevas Generaciones del Partido Popular y declaró que "los jóvenes del PP no idolatran a asesinos como el Che".
"Los principales símbolos y referentes de esa vaga hegemonía se han convertido en el objeto prioritario de los feroces ataques de los neocon españoles", se lee en el citado ensayo, que ofrece como muestras el revisionismo histórico de autores como Pío Moa o César Vidal y la acusación desde la derecha de que la falta de autoridad del profesorado es la causa principal de los problemas del sistema educativo. "La complejidad de los factores políticos, sociales y económicos que intervienen en cualquier fenómeno desaparece para dejar paso a un simple dilema moral –sigue Spanish Neocon– ante el que se postulan como prescripción y solución al caos provocado por el miedo y el malestar social".
Agitación y propaganda desde el ala derecha, amplificadas convenientemente por unos medios de comunicación a los que no parece importar difundir un relato que guarda poca relación con lo sucedido, como en el caso de los titiriteros. El editor Amador Fernández-Savater vinculaba el 9 de febrero estas acciones con la forma de operar de la propaganda ultraconservadora en EE UU: "No le importa para nada la verdad, la realidad se fabrica. La versión es más poderosa que los hechos. No se trata tanto de vencer (¿prohibir Hollywood?), como de controlar el sentido del malestar".
Nombrar lo invisible
Sanz se muestra partidaria de que "desde los oficios de la cultura", las personas de izquierdas pongan nombre "a los valores de la ideología invisible: visibilizar lo que no quieren que veamos, 'desnaturalizar' lo que nos venden como natural, enrarecer la normalidad impuesta desde el discurso hegemónico".
Abril califica las cuestiones simbólicas como "sumamente importantes en la vida y en los conflictos sociales", puesto que acarrean consecuencias prácticas y materiales. "Los marcos y las categorías que definen los problemas, los temas seleccionados y estructurados por las agendas públicas –de los medios, de las políticas, de la ciudadanía– afectan de modo determinante a los procesos de decisión política y por tanto a los resultados de éstos en la vida práctica. Que a gran parte de la ciudadanía le preocupen hoy el derecho a la vivienda o la llamada pobreza energética ha venido precedido de luchas sociales en las que ciertas situaciones vitales fueron nombradas –nombrar es el acto simbólico por excelencia– e instituidas como problemas más allá de las experiencias particulares de las personas directamente afectadas", considera.
Uno de los marcos simbólicos que es escenario recurrente de los ataques conservadores es la memoria histórica. El anuncio de la intención del Ayuntamiento de Madrid de cumplir con la Ley y desarrollar un plan que podría suponer el cambio de los nombres de calles ha desatado la caja de los truenos reaccionarios, restando importancia a una iniciativa cuya relevancia niegan al tiempo que la convierten en su principal ariete. Ese discurso por el que no hay que remover el pasado sino mirar al futuro.
Para David Becerra Mayor, doctor en Literatura Española y autor de La guerra civil como moda literaria (Clave Intelectual, 2015), "resolver ese conflicto es tan importante como la desigualdad, el paro o la corrupción, porque es una cuestión de justicia y de reconocimiento de la dignidad de aquellas personas que fueron asesinadas por el fascismo en España, de quienes murieron luchando en defensa de la democracia y la libertad. El hecho de que haya un partido político en España –o dos, contando también a Ciudadanos–, que no sólo se opone a la retirada de algunos nombres de nuestro callejero, sino que además nunca ha condenado el franquismo en sesión parlamentaria, evidencia un tremendo déficit democrático".
En el último lustro se ha puesto nombre y definido los rasgos del entorno cultural español imperante desde 1978. Al calor de la crisis y del estallido del 15M, también se ha cuestionado el régimen establecido de significantes y significados. Delgado lo denominó 'cultura del consenso' en La nación singular, y ahora recuerda sus señas: "En un país en el que la cultura se entiende como atribución del Estado, se ha favorecido por los dos partidos mayoritarios la premisa de una cultura en consonancia con los objetivos de éste: normalizadora, cohesionadora, vertebradora. No es que no se ocupe de problemas, sino que favorece de forma evidente marcos muy concretos para tratarlos: qué palabras, qué temas, a través de qué procesos de memoria y con qué consecuencias".
Delgado también rechaza la idea defendida por Albert Rivera de una cultura despolitizada, "que sirve como 'pegamento' de las discordias sociales", porque, en su opinión, "es parte del propio marco narrativo neoliberal, que apela a un ideal de cohesión nacional basado en la supresión de la diferencia sustancial y el disenso, en lo práctico y en lo simbólico". Para ella, lo que da la medida de una cultura democrática "no es su manejo del acuerdo, sino del desacuerdo".
En ese sentido, Abril desaprueba la denominación "democrática" para definir a esa manera de proceder impuesta desde la Transición y tira de ejemplos para justificar una afirmación que puede resultar arriesgada. "No creo que la cultura del consenso –desde que el Partido Comunista besó el crucifijo, es decir, la bandera rojigualda, y desde los Pactos de la Moncloa– haya sido propiamente una 'cultura democrática', si hablamos en términos de 'culturas políticas'. Hito tras hito, el régimen del 78 ha ido sacrificando los intereses populares a los grandes intereses financieros y empresariales, desde la reconversión industrial del felipismo a la reforma laboral de Rajoy, pasando por la Ley del Suelo de Aznar, la reforma del artículo 135 de la Constitución y tantísimos otros fiascos", recuerda el profesor universitario.
Para Sanz, el discurso de la conciliación y el consenso es el verdaderamente reaccionario en España, "el discurso posmoderno de emborronar los límites. Como si no existieran las clases y su lucha. Existen". En su opinión, los valores de ese discurso son los de la cultura de la posmodernidad "que oportunamente se convierte en dominante" tras la muerte de Franco.
Así, desarrolla la escritora, "España se llama España y es un país moderno, de emprendedores, traductores de la ONU y cantantes de ópera, que han logrado por fin vivir en el mejor de los mundos posibles y, por tanto, desvalorizan la cultura como posible herramienta de intervención en lo real. La cultura ha de ser entretenida y comercial o no ser. La cultura ha de ser vendible y el lector –perversamente empoderado– siempre tiene la razón porque el que paga manda y los clientes nunca se equivocan. La cultura es un espacio confortable, muelle y accesible, y todos los discursos se colocan en la misma línea horizontal que genera una fantasía de pluralidad porque en realidad el discurso es sólo uno: el del que manda desde el poder económico".
¿Futuro?
En cuanto a lo que está por venir, Aiestaran se muestra escéptico debido a la pervivencia de inercias entre las que cita "los premios culturales que se sabe que están amañados y que nadie critica abiertamente, películas que son dobladas al castellano siguiendo el modelo de censura franquista, la proliferación mediática y educativa del patriarcado que permea toda la cultura dominante con sesgos machistas, el olvido del mundo rural y de los pueblos, la sustitución de la cultura popular en favor del diseño de la marca turística y la destrucción del paisaje y de los ecosistemas, la tontería de la alta gastronomía que te dice cómo deconstruir una tortilla de patatas".Sanz, por su parte, niega que los conflictos culturales promovidos por la derecha obedezcan a una voluntad de tapar, de ser cortinas de humo, ya que "a la derecha de este país no la considero un animal inteligente: no creo que tenga recursos para producir polémicas que actúen como distractores de lo importante", y apunta que "si no logramos ganar la guerra de la nacionalización de la banca o de las eléctricas, difícilmente vamos a ganar la guerra cultural. Lo uno llevaría a lo otro".
lunes, 27 de julio de 2015
El consenso o la lógica cultural de la democracia española
En las últimas décadas se ha instalado en España, como una suerte de
sentido común, que la cultura ocupa un espacio diferenciado, autónomo,
regido por sus propias normas, al margen de la política y la sociedad.
En este escenario, la cultura solo rinde cuentas ante sí misma y nadie
debe exigirle que intervenga, que reflexione sobre lo común, que
cuestione la realidad en la que nace y se consume, que interpele al
ciudadano para tratar de transformar el estado de las cosas. Estas
prácticas, dirán, pertenecen al pasado, nos devuelven la imagen, ya
amarillenta, del intelectual orgánico que con un aséptico estilo
realista ponía la cultura –la literatura, el cine, la pintura– al
servicio de la política, haciendo un flaco favor al arte, que se
malograba por el camino. Esta idea se ha vuelto dominante en nuestros
días, pero lo cierto es que no es más que una mistificación ideológica,
pues hoy la cultura interviene más que nunca, salvo que no lo hace para
cuestionar las relaciones de poder, sino para legitimarlas.
La cultura española de las últimas décadas no ha hecho otra cosa que intervenir, celebrando y apuntalando el valor del consenso como
elemento constitutivo de la estabilidad política de la España
post-franquista. Sobre la configuración de la cultura del consenso,
trata el libro de Luisa Elena Delgado, La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española (1996-2011) (Siglo
XXI, 2014)*. Desde la metodología de los «estudios culturales», y en
diálogo con teóricos como Rancière, Espósito o Žižek, Luisa Elena
Delgado, profesora de Literatura española de la Universidad de Illinois,
propone en las páginas de su ensayo un cuestionamiento de la lógica
cultural de la democracia española. A través del análisis de novelas,
películas, de tiras cómicas o artículos de opinión publicados en prensa,
anuncios televisivos e incluso del análisis de las lecturas que se
hicieron tras el Mundial del fútbol de 2010 del que salió victoriosa la
selección española, nos ofrece un magnífico fresco sobre el papel que ha
representado la cultura en la España post-franquista, en su función de
construir y legitimar una pretendida –o mejor: fantasiosa– normalidad
democrática.
La Cultura de la Transición
Todo empezó acaso con la Transición, con la configuración de lo que
se ha denominado –el éxito del sintagma se lo debemos sin duda a Guillem
Martínez– la Cultura de la Transición (CT). Para superar
viejos conflictos y cerrar las heridas del pasado, la democracia
española se construyó sobre la idea del «consenso». El sentido común de
la época revelaba la necesidad de limar asperezas, de dejar de lado
particularismos y excentricismos por «el bien de todos», porque solo
remando conjuntamente era posible construir un futuro de prosperidad,
progreso y modernidad. Y la cultura –que en absoluto es un discurso
autónomo por mucho que se empeñen en ello sus mistificadores– empezó a
calentar motores para legitimar discursos que cohesionaran a la sociedad
española, borrando sus diferencias históricas y culturales y
demonizando sus disidencias internas.
Para lograr la estabilidad y la normalidad democrática, el centro
–geográfico, pero también político– necesitaba alcanzar acuerdos con la
periferia. Pero lo cierto es que no hay consenso democrático cuando la
otra parte no se reconoce como legítima, y finalmente se impone, como
falso consenso, la visión del mundo que representa el centro, que se ve
con la legitimidad de representar el todo, aunque exista una parte muy
significativa de la sociedad que no se sienta en absoluto representada
en ese todo. El centro se apresura, pues, a negar al otro, a la parte
que no se reconoce en el todo, a borrarlo, a cuestionar su legitimidad
como parte constitutiva del todo.
La cultura, lejos de subrayar la heterogeneidad del Estado español y
celebrar su pluralidad, se ha encargado de borrar los particularismos
que, desde el centro, se observan como elementos que hacen peligrar la
normalidad democrática. Luisa Elena Delgado señala en La nación singular el modo en que las películas cuya acción transcurre en Cataluña –y pone como ejemplo Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar– se construyen sobre una borradura de la diferencia, de
lo particular, cultural y lingüístico; si bien en ésta u otras
películas puede aparecer, sin que ello provoque una distorsión, un
personaje que hable con acento canario e incluso en inglés, es raro
escuchar, aunque la acción se desarrolle en Barcelona, a alguien
hablando en catalán o con acento catalán, más allá de dos fugaces y
anecdóticos «adéu». Almodóvar es solo un ejemplo, apunta Delgado, de
cómo se borran las lenguas periféricas peninsulares y se neutralizan
ciertos acentos en la producción cultural dominante española.
La función de la cultura en la España post-franquista no ha sido otra
que la de construir la fantasía de un estado normalizado, es decir,
según la definición que propone Luisa Elena Delgado en La nación singular,
«la idea de un Estado democrático sin antagonismos internos, con
desacuerdos siempre consensuables» que «va ligada en España a la de una
identidad nacional sana, esto es, coherente y cohesiva, unida en sus
objetivos y en su capacidad de defenderse de los elementos extraños que
amenazan su estabilidad». Todo aquello que no encaje dentro del supuesto
consenso será visto como una amenaza contra la estabilidad política y
social, y en consecuencia será demonizado, sea el 15M, las
movilizaciones ciudadanas que son rápidamente criminalizadas o el
«desafío secesionista», que es así como han definido el «derecho a
decidir» aquellos que han patrimonializado lo que debe ser aceptado.
Desde esta lógica, se denuncia lo que no encaja dentro del consenso y se
define como factor de crispación y, por lo tanto, como potencial
elemento disruptivo.
El papel de la cultura, ni neutral ni inocente
Los elementos disruptivos deben ser cohesionados, adheridos a lo que
se considera «la normalidad». El papel de la cultura, en este contexto,
no ha sido neutral ni inocente; muy al contrario, la cultura ha asumido
la función de suturar los elementos disruptivos. La cultura ha sido el
pegamento necesario que ha permitido cohesionar lo que podía llegar a
fracturarse. O dicho más claramente por Luisa Elena Delgado: «la cultura
se entiende como el hilo que tiene que servir para suturar la herida de
la desunión y curar la patología de la desafección nacional». Y, cuando
no ha sido posible la adhesión, se ha identificado al otro como el enemigo que pone en peligro la democracia en España. Esta lógica, como se explica en La nación singular,
parte de la «fijación obsesiva con una otredad en reacción a la cual (a
favor o en contra) se organizan nuestras propias acciones». Todo el
discurso –y la acción política que del discurso deriva– termina
organizándose en función de la actuación de quien se ha tildado de
enemigo. Los particularismos, todo aquello que no se integra en la
lógica del consenso, «se interpreta siempre como un cáncer de la nación
cohesionada y funcional», argumenta Delgado
Frente al fetichismo del consenso, mito fundacional de la democracia
que se presenta como el remedio para todos los males, y siempre que
existe una crisis institucional se termina apelando al consenso, Luisa
Elena Delgado propone en La nación singular que la construcción
de una sociedad en verdad democrática no debe levantarse sobre la
lógica del consenso. El consenso elimina la otredad y expulsa los
particularismos en nombre de una mistificada comunidad, siempre
estática, pura y sin tensiones. Toda comunidad, al contrario, es siempre
conflictiva y el reconocimiento del conflicto es el primer paso para la
construcción de una auténtica sociedad democrática. Frente a la lógica
del consenso, Delgado propone el disenso como elemento constitutivo de
la democracia. Estas son sus palabras: «la discrepancia, lejos de
constituir una fractura que debe ser soldada para preservar la cohesión
social y nacional, apunta precisamente a la cualidad esencial de la
democracia, que consiste en la posibilidad de cuestionamiento de las
formas de compartir, dividir, adjudicar y relacionarse dentro de lo
común».
Una nueva forma de entender la democracia
La nación singular no es solamente un libro que analiza la
cultura del consenso en la España post-franquista; además propone una
nueva forma de entender la democracia, no como la borradura del otro, o en cualquier caso su asimilación por el todo, sino como el reconocimiento de la diferencia
en una comunidad no mistificada, sino en permanente conflicto, en
movimiento, en constante diálogo con las partes que conforman el todo.
Para Delgado el disenso –y no el consenso– constituye la verdadera
esencia de la democracia. De forma mucho más clara que la nuestra queda
expuesto en La nación singular:
«…la expresión “democracia consensual” pone en relación dos términos
contradictorios, que corresponden a dos lógicas muy diferentes. La
lógica del consenso entiende la comunidad como resultado natural de una
forma común de ser, la suma de todas las partes de un todo. Bajo ese
prisma, la identificación con el todo es la única forma de “ser en
común”, y esa forma a su vez está siempre mediada por el estado. La
lógica del disenso, por el contrario, sostiene que la democracia implica
un debate abierto sobre lo que constituye lo común y la división del
todo. En efecto, la comunidad democrática no se puede dar nunca por
cerrada, como constituida de forma permanente. Antes al contrario, tiene
que existir la posibilidad de que en ella quepan formas singulares de
pertenecer a ella. A la vez, la pertenencia a una comunidad no puede
excluir la realidad del litigio político, ni de un antagonismo que tiene
que ser reconocido y negociado. Esto implica una forma de entender la
comunidad, que no se define en base a una delimitación constante de “lo
nuestro”, ni en la convergencia y la cohesión ni en la aspiración
siempre frustrada a la plenitud del todo. La comunidad en su sentido más
democrático debe entenderse como relación transversal, como movimiento
que nos pone en contacto con lo que queda fuera de nosotros, con lo que
evidencia una falta que nos constituye, pero también nos relaciona con
otros».
La nación singular de Luisa Elena Delgado es, pues, un libro
necesario para reflexionar sobre lo que verdaderamente entendemos por
democracia en un momento destituyente como el que vive España desde el
15 de mayo de 2011. Si lo llaman democracia y no lo es, si no nos
representan, como gritaron las plazas, es porque una parte significativa
de la sociedad no se veía reconocida como parte en un todo que fue
colonizado por las élites de este país. La construcción de una nueva
sociedad, más abierta, más dinámica, que no niegue el conflicto sino que
lo politice, necesita desprenderse de la idea del consenso, mistificada
por la cultura de la Transición, y empezar a operar con otras
categorías como el disenso. Porque sin disenso, sin debate, sin el
reconocimiento del otro, sin participación de la ciudadanía activa, no
hay posibilidad de vivir en democracia. Lo llamarán democracia, pero no
lo será.
David Becerra Mayor // Crónica Popular (20/08/2015). Fuente: http://www.cronicapopular.es/2015/07/el-consenso-o-la-logica-cultural-de-la-democracia-espanola/
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