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viernes, 22 de septiembre de 2017

Homenaje a Julio Rodríguez Puértolas

Cuando se publicó Historia social de la literatura española (en castellano), un manual desmitificador de la Historia de España y su literatura, un periódico independiente y de la mañana –hoy: el periódico global– calificó a sus autores de estalinistas e inquisidores, de ignorantes y marxistas vulgares. Estábamos en 1978, en plena transición, y remover el pasado no convenía demasiado: se estaba fijando un relato y todo acercamiento desde abajo a nuestra historia, toda tentativa de construir una historia social de lo que fuera, incluso de la literatura, molestaba. El relato oficial se estaba construyendo desde arriba y estaba protagonizado por los de arriba: grandes hombres que con grandes gestos nos trajeron la democracia y la posibilidad de vivir en libertad. Como si la democracia fuera una concesión y no una conquista. Cuando los de arriba escriben casi siempre borran de la historia a los de abajo. Pero hubo oposición a ese relato que se estaba construyendo, también en el ámbito cultural, también en el ámbito literario. Historia social de la literatura española es testimonio y parte implicada de la batalla cultural de aquella transición, y en sus páginas relampaguea la posibilidad –y la esperanza– de que otra historia pudo haber sido posible.

Julio Rodríguez Puértolas fue, junto con Carlos Blanco Aguinaga e Iris M. Zavala, uno de los autores de Historia social de la literatura española. Al concluir su tesis doctoral bajo la dirección de Dámaso Alonso, realizó un lectorado en Inglaterra y a continuación trabajó como profesor de literatura española en distintas universidades norteamericanas, llegando a ser el catedrático más joven de la Universidad de California en Los Ángeles. Tras varios años en Estados Unidos, decidió regresar a España porque, como él mismo afirmó en una entrevista, «pensaba que enseñar lo que más o menos sabía de literatura podía tener más sentido social y político en España que en América». Sin embargo, como también él mismo contó, el regreso no fue sencillo y tuvo que enfrentarse a «oposiciones siniestras, terribles, degradantes, injustas (…). Finalmente llegué a saber, porque de todo se entera uno, que mi caso había sido discutido en un tribunal y el principal argumento que tenían contra mí era éste: ‘Ni un rojo más en la Universidad española’. Y esto era ya en el año 78, en la democracia». Finalmente entró y con los años fue nombrado catedrático de Literatura española en la Universidad Autónoma de Madrid.

Marxista y seguidor de Américo Castro, Julio Rodríguez Puértolas propuso un acercamiento antiesencialista a la literatura e incorporó a los estudios hispánicos una perspectiva histórica y radical: «la literatura no es sino una rama de la historia», decía. Y empezó a releer los clásicos de la literatura española, desde El Cid hasta Fortunata y Jacinta, pasando por La Celestina o El Quijote, desde otro lugar, desde un lugar radicalmente histórico. Sus libros De la Edad Media a la Edad conflictiva o Literatura, historia, alienación son una muestra del enfoque de Julio Rodríguez Puértolas. En la «Nota previa» de la Historia social… reivindicaba el ejercicio de una crítica literaria realista, que consistía en «la comprensión de cada texto, en sí, en su relación con otros textos, y en la relación de todos ellos con las ideologías y las cambiantes estructuras sociales en que se originan. Sólo desde esta perspectiva dialéctica, contra todo positivismo y contra toda visión idealista de la Historia, ha de ser posible una verdadera historia de la literatura, una crítica literaria realista».

Pero no solo se enfrentó a la tradición y a la relectura de los clásicos; también desenmascaró a los intelectuales orgánicos del franquismo que, de pronto, de la noche a la mañana, se despertaron demócratas y nos hicieron creer que eran demócratas de toda la vida, y que si en España había democracia se lo debíamos a ellos, y solo a ellos. Historia de la literatura fascista española fue un ejercicio de transparencia que puso luz a tanta oscuridad convenientemente diseñada. Como dijo César de Vicente Hernando, autor del epílogo que cierra el libro, Historia de la literatura fascista constituye «uno de los mayores estudios sobre el fascismo en España y el más exhaustivo de los dedicados a historiar la literatura escrita al servicio del régimen político surgido de la sublevación militar contra la Segunda República española el 18 de julio de 1936». No es casualidad que Historia de la literatura fascista apareciera en la Guía Bibliográfica de 2003, el Índex de Libros Prohibidos del Opus Dei, con grado de peligrosidad número 5, lo que, según reza la leyenda que acompaña al documento, es un libro que «no se puede leer, salvo con un permiso especial de la delegación».

«¿Qué hacemos con todo esto?», se preguntaba Julio Rodríguez Puértolas en sus clases tras exponer una serie de elementos aparentemente contradictorios que aparecían en los textos literarios. Pues bien, ¿qué hacemos nosotros con todo esto, con todo su legado, con todo el magisterio que nos ha dado, ahora que Julio Rodríguez Puértolas acaba de fallecer? Retumban en nuestras cabezas esos versos que escribió. Porque Julio Rodríguez Puértolas también era poeta:

Es la hora, termina la clase.
En la pizarra quedan nombres que tuvieron sentido,
palabras ya sin objeto:
Neruda, dialéctica, amor.

Nuestro deber –el deber de sus discípulos– es, entre otras cosas, que nadie pase el borrador por la pizarra.

Nos queda su obra, pero esto hoy no es consuelo, cuando lo único que nos queda –y sentimos– es su ausencia. Hoy preferiría escribir sobre otras tantas cosas que nos unieron, sobre las botellas que no querían abrirse, el sofá azul, algún corrido mexicano o la Pastora Marcela. Hoy me gustaría hablar de estas cosas y esperar a mañana para reivindicar su obra, para custodiar su legado crítico, teórico y literario. Me gustaría detenerme un momento a mirar fotografías. Pero es urgente que nosotros, sus discípulos, emprendamos desde hoy mismo la tarea de mantener viva esa luz que relampagueaba y que nos dice que otro mundo –y otra literatura—es posible. Teniendo en cuenta lo fuerte que soplan los vientos huracanados de la desmemoria, es mejor no dejar para mañana lo que se puede olvidar hoy.

Sabemos que no existe el cielo, pero sí la memoria. Y allí vivirás siempre entre nosotros. Un fuerte abrazo, Julio, amigo, maestro; ya te echamos de menos.

Entrevista Radio3

A partir del minuto 50, entrevista sobre El realismo social en España. Historia de un olvido, en Efecto Doppler de Radio 3:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/efecto-doppler/efecto-doppler-misterio-del-universo-20-09-17/4236039/

martes, 19 de septiembre de 2017

miércoles, 13 de septiembre de 2017

The Objective - entrevista sobre "El realismo social en España"

David Becerra, contra la ideologización del canon


Anna Maria Iglesia


Foto: David Becerra
David Becerra
Tras La novela de la no-ideología y La guerra Civil como moda literaria, David Becerra publica ahora El realismo social en España. Historia de un olvido (Quodlibet). Si bien es cierto que el objeto central de su último trabajo es la reivindicación literaria y política del realismo socialista, Becerra prosigue con las indagaciones en torno a la conformación del canon literario español, subrayando la idea de que el concepto de “calidad literaria” no ha sido –no es- más que una excusa para “olvidar” obras literarias que ponían en entredicho el relato –el mito- de la Transición. El olvido de autores como López Salinas o López Pacheco responde a la misma lógica que se impone cuando la Guerra Civil se convierte en una moda literaria: eliminar cualquier elemento que ponga en entredicho el relato de consenso confeccionado en la Transición.

A priori, tu ensayo es una reivindicación del realismo social y de sus autores. Sin embargo, ¿podríamos decir que la idea última es una crítica a la construcción del canon literario español a partir de un uso ideológico del término “calidad literaria?

Exacto. Cuando se estudian unas obras literarias que han sido borradas o expulsadas del canon, que hemos dejado de leer y que hemos olvidado, en cierta manera estamos obligados a hacer también una crítica al modo en que se ha configurado ese mismo canon literario que las ha expulsado. Un canon no es una construcción inocente en el que únicamente participan argumentos estrictamente literarios; es también una construcción ideológica. Las obras que se incorporan a la tradición literaria son aquellas que en cierto modo legitiman el orden actual de las cosas. Por esta razón, aquellas obras que podrían contradecir, o al menos poner en cuestión, el relato que a la sociedad española se le ha impuesto desde arriba, dejan de leerse. Porque son obras que perturban, molestan, disienten. Claro que para que un discurso ideológico sea eficaz no puede evidenciar nunca su ideología de forma explícita, y allí entra el juego la tan cacareada “calidad literaria”: se nos dijo que no convenía leer estas novelas porque eran torpes, ramplonas, estaban mal escritas, que en ellas lo “literario” se sacrificaba a favor de lo político, etc. Y finalmente nos convencieron de que no valía la pena dedicar nuestro tiempo a leerlas, no porque fueran novelas políticas sino porque eran malas novelas.

Sin embargo, ¿no era así?

Basta leerlas para comprobar que no son en absoluto malas novelas, incluso si las evaluamos según los códigos y los esquemas de análisis de los productores del gusto. Pero, independientemente de esto, desde el punto de vista del historiador de la literatura, son novelas que conviene leer y estudiar, ya que nos hablan de un periodo histórico fundamental del siglo xx español, y no tenerlas en cuenta supondría renunciar a extraer una visión de conjunto de lo que es la historia –y la historia literaria—de la España del siglo xx. Un historiador no debe estudiar solo lo que obedece a su gusto, debe estudiar todo aquello que resulte significativo para una mejor comprensión de la historia y de la historia literaria. Y estas novelas, aunque pretendan negarlo, sin duda lo son. Por eso es fundamental rescatar y leer estas novelas.

¿El relato de la Transición fue el fin último de la construcción de un canon literario que necesitaba “olvidar” el realismo social para poder construir un relato de la Transición sin fisuras?

El relato, o el mito, de la Transición se construye de la siguiente manera: dos grandes hombres con grandes gestos deciden traer la democracia a España. Pero las cosas no fueron exactamente así. La democracia no fue una concesión, sino una conquista de hombres y mujeres que, durante muchos años, lucharon oponiéndose a la dictadura franquista. Esos hombres y mujeres que no salen en el relato oficial sí aparecen, con gran protagonismo, en las novelas del realismo social de los años cincuenta y sesenta.

David Becerra, contra la ideologización del canon
Portada de “El realismo social en España” editado por Quodlibet

Es decir, el realismo social da voz a la silenciados por el relato oficial.

En estas novelas vemos cómo las clases subalternas de la sociedad española poco a poco van elevando su conciencia, empiezan a organizarse y a luchar contra una sociedad injusta. En las luchas que emprenden los personajes de estas novelas está el germen de lo que será la lucha antifranquista de los años sesenta y setenta, la lucha que modificará la correlación de fuerzas y que obligará a las élites franquistas a acostarse franquistas y a despertarse demócratas para sobrevivir en los nuevos tiempos. Pero esas élites no trajeron la democracia, la democracia se conquistó luchando en la calle. Y eso es lo que queda fuera del relato de la transición. Estas novelas nos recuerdan quiénes son los que lucharon, por eso, molestan y ha sido mejor olvidarlas.

En tu ensayo sostienes que estas novelas muestran “las huellas de revolución y ruptura que situarían al régimen en una desfavorable correlación de fuerzas” ¿Esta correlación de fuerzas tiene su origen en el desarrollismo económico?

La incorporación de la España de Franco al bloque capitalista pasa por la aceptación de las recetas económicas FMI y OCDE, es decir, reducción de gasto público, privatizaciones, liberalización del mercado, etc. Son los años en los que el franquismo sale de la autarquía de posguerra para desarrollar una economía capitalista. España empieza a crecer, a desarrollarse, pero como nos recuerdan una vez más estas novelas –y La mina es un ejemplo muy claro– este crecimiento se debe fundamentalmente a la explotación laboral, los bajos salarios, la falta de inversión en seguridad, etc. Pero, del mismo modo, los excedentes que genera esta economía les van a permitir a los trabajadores aumentar su poder adquisitivo y empezar a formar parte de la sociedad de consumo. Hay una frase del ministro de Vivienda de Franco que es muy significativa: convertir a los proletarios en propietarios. Los proletarios se convierten en propietarios y poco a poco empiezan a formar parte de la llamada clase media. Podríamos pensar, como de hecho se piensa, que por medio del consumo el capital domestica a una clase trabajadora que a medida que ve aumentar su poder adquisitivo y se adentra en la sociedad de consumo empieza a olvidar sus reivindicaciones de clase.

¿Una especie de alienación?

Aunque en realidad el argumento funciona, no fue exactamente así, ya que esto supondría otorgarle demasiada inteligencia estratégica al capital. Creo que el aumento del poder adquisitivo de la clase obrera tampoco es un regalo, sino el resultado de sus luchas.  

Dice Bértolo que el “certificado de homologación” recae solamente en aquellas obras que tienen como “espacio narrativo la alienación existencial de las clases medias” ¿Podemos afirmar que el realismo social ejerció y, en parte, ejerce como relato contra-hegemónico?

Sin duda. Y en las palabras de Constantino Bértolo que citas creo que está ya la respuesta. Pero vamos a ponerle nombre: Tiempo de silencio, por ejemplo, que es una novela muy interesante y nos ofrece una riquísima radiografía de la sociedad española de la época, ha recibido ese “certificado de homologación” precisamente porque habla de la alienación existencial de las clases medias, no de cómo la explotación laboral de la clase obrera –que en ocasiones acaba con la muerte– es la que permite el desarrollo de las fuerzas capitalistas en España.  

Hablamos de realismo social, pero en verdad tú terminas reivindicando el realismo socialista. ¿Todavía hoy, como diría García Hortelano, hay pudor en hablar de realismo socialista y a qué se debe?

En un momento del ensayo siento la necesidad de establecer una distinción entre realismo social y realismo socialista para poner un poco de luz en la confusión terminológica que existe en este campo de estudio. Porque normalmente, y bajo la etiqueta de “realismo social”, se encuentran novelas que no tienen nada que ver unas con otras. La diferencia entre realismo social y el socialista es su intención “implicativa”: si el realismo social indaga la realidad que describe para explicar, de manera sociológica, cómo las condiciones sociales determinan la conducta de los seres humanos, el realismo socialista describe la realidad con la intención de transformarla políticamente. Sin embargo, seguimos hablando de “realismo social”. No sé si, como decía Hortelano, se trata de pudor, pero de lo sí que se trata, seguro, es de política.  La ideología literaria dominante, que concibe la literatura como un discurso autónomo que no interviene en lo político y en lo social, desplaza de la esfera pública discursiva cualquier proyecto literario que tenga, entre sus pretensiones, la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, una sociedad sin explotación. Por eso siguen existiendo, todavía hoy, tantas reticencias a llamar a las cosas por su nombre.

David Becerra, contra la ideologización del canon 3
Portada de “La mina” de Armando López Salinas | Imagen vía Akal Literaria

En su crítica de La Mina, Belén Gopegui desarma la crítica literaria. ¿La afirmación de que lo político se imponía a lo literario era, por tanto, una excusa, una “ignorancia interesada” en vistas a crear un conveniente sistema literario?

El análisis de Belén Gopegui, que incorporo a mi libro, es muy interesante, ya que en él se muestra la doble vara de medir que utiliza la crítica cuando desprecia una novela como La mina. Si el protagonista de La mina, dice Gopegui, hubiera sido «escritor o piloto de avión, pianista, detective, profesor de universidad, y si su trayectoria hubiera estado descrita con los exactos recursos literarios que encontramos en La mina, La mina sería ahora una gran novela». Por lo tanto, sí, comparto plenamente el diagnóstico de Bértolo cuando habla de “ignorancia interesada”: nos hicieron creer, como decía al principio, que eran novelas que estaban mal escritas y por eso dejamos de leerlas, que por su proyecto político estas novelas maltrataron el estilo y el lenguaje, y que por lo tanto eran poco literarias. No convenía leerlas, y nos convencieron. Todos estos años de olvido demuestran que nos terminaron convenciendo. Por eso es tan importante volver a leerlas y a estudiarlas.  

¿Crees que este sistema literario, conformado y asentado durante la Transición, gracias en parte a la prensa escrita, empieza hoy a desquebrajarse?

Creo que sí. Y lo creo por dos motivos: el primero es porque en los últimos años, y coincidiendo con la crisis del régimen del 78, se han empezado a cuestionar también a los intelectuales orgánicos del régimen del 78. Libros como La desfachatez intelectual de Ignacio Sánchez Cuenca, La nación singular de Luisa Elena Delgado o El cura y los mandarines de Gregorio Morán, pero también las críticas que han recibido autores como Javier Cercas, Antonio Muñoz Molina, Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte –que ellos han leído como si de una crítica personal se tratara–, demuestra que todo un sistema de ideas y de valores se está desquebrajando. Eso es, en parte, una crisis de régimen: la ruptura de un consenso, que no es solo político sino también –y, sobre todo– cultural.

¿El segundo motivo?

El segundo motivo acaso se encuentre en la búsqueda de nuevos referentes justo cuando los viejos referentes empiezan a ser cuestionados. Es muy interesante observar cómo, en estos años de crisis de régimen, la sociedad española ha empezado a leer de otra manera su tradición literaria y ha empezado a buscar y a rescatar obras que habían sido olvidadas. Un ejemplo claro acaso se encuentre en Tea rooms de Luisa Carnés, una novela de los años treinta que nunca se había publicado en democracia, y que ha publicado recientemente Hoja de Lata, y que lleva ya, si no he perdido la cuenta, cinco ediciones. La sociedad española necesita conocer su pasado y también desenterrar a los autores y autoras que hemos olvidado. Queremos conocer otro relato de nuestra historia, porque ya no nos creemos más la historia que nos contaron. Con El realismo social. Historia de un olvido, como previamente hice con mi edición crítica de La mina de Armando López Salinas, quiero contribuir al rescate de una literatura olvidada, a la construcción de una historia distinta.

David Becerra, contra la ideologización del canon 2
Portada de Tea Rooms de Luisa Carnés | Imagen vía Hoja de Lata

En otros textos tuyos te has mostrado muy crítico hacia la representación literaria que, en parte, todavía se hace de la Guerra Civil y la Transición.

No quería decirlo, pero sí, yo también he intentado poner mi granito de arena en esa ruptura del consenso cultural. Mis ensayos La novela de la no-ideología (Tierradenadie, 2013) y La Guerra Civil como moda literaria (Clave Intelectual, 2015) iban en esta dirección. Los dos ensayos tienen en común la crítica radical a la narrativa y la ideología literaria dominante en España de las últimas décadas. Es decir, una literatura donde lo político y lo social desaparece, se borra, se desplaza a favor de una lectura de los conflictos en clave individualista, psicologista o moral; en estas novelas todo el conflicto se encuentra en el yo, en el interior del individuo, la verdad nunca está ahí fuera. Según estas novelas, lo que nos pasa nunca tiene una causa política, por lo tanto, para resolver lo que nos pasa no es necesario hacerlo políticamente, sino individualmente. No hay que luchar contra el sistema para resolver el conflicto, hay que luchar contra nosotros mismos, adaptarnos a las circunstancias, como dicta la lógica neoliberal. 

Fuente: http://theobjective.com/further/david-becerra-contra-la-ideologizacion-del-canon/

martes, 29 de agosto de 2017

El confidencial - El realismo social en España. Historia de un olvido

 Víctor Lenore


David Becerra Mayor es uno de los críticos más rigurosos y tenaces de nuestro panorama cultural. Doctor en Literatura Española, público el demoledor 'La Guerra Civil como moda literaria' (2015), donde explicaba la dulcificación y desactivación política de la mayoría de los relatos sobre el levantamiento fascista. Su intención siempre ha sido descubrir los hilos invisibles que dominan nuestra narrativa. Queda claro, ya desde el título, en obras como 'La novela de la no-ideología' (2013) y 'Convocando al fantasma. Novela crítica en la España actual' (2015). Denuncia el rechazo de nuestra industria cultural a reconocer el valor artístico de los escritores que nos muestran el lado más conflictivo del país.

Ahora publica 'El realismo social en España. Historia de un olvido' (Quodlibet), que podemos describir como la crónica de un enterramiento interesado, que busca ocultar una parte crucial de nuestro pasado reciente.

PREGUNTA. ¿El problema que tenemos es una crítica literaria demasiado de derechas?
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RESPUESTA. No diría tanto. Más bien, forma parte del bloque histórico que ha dominado España en las últimas décadas. De manera consciente o inconsciente, la crítica reproduce el consenso de la Transición y el consenso neoliberal. Por un lado, menosprecia aquellas obras literarias que cuestionan el relato de la Transición. Por ejemplo 'La mina' de Armando López Salinas, escrita y publicada en 1959, que nos habla de cómo se va construyendo un movimiento de resistencia popular durante la conformación del llamado desarrollismo económico franquista. Los protagonistas, pertenecientes a la clase obrera, elevan su conciencia para mejorar su situación y en muchos casos pierden la vida peleando por un futuro mejor. Ellos son una parte importante de quienes luego lucharán por la libertad y la democracia en España. Porque conviene recordarlo: la democracia no es una concesión de los poderosos, como reza el relato de la Transición, que convierte en protagonistas de la historia al rey y a Adolfo Suárez. La democracia es una conquista.

P. ¿Se usa el concepto de 'calidad literaria' con motivos políticos?
La ‘calidad’ funciona como un subterfugio. La crítica no va a anunciar de forma explícita que arranca estas páginas de la historia de la literatura porque son obras que ponen en entredicho el consenso de la Transición. La crítica, para ser eficaz, tiene que parecer crítica. Y se utilizan argumentos de calidad para ello. Nos han convencido de que no debemos perder el tiempo leyendo estas novelas porque están mal escritas, porque son torpes en su estructura literaria, porque su lenguaje es vulgar, etcétera. Son argumentos que podemos asumir acríticamente si no hemos leído esos textos, pero que se deshacen cuando das una oportunidad a 'Central eléctrica' de Jesús López Pacheco o 'La piqueta' de Antonio Ferres, entre otras.

P. ¿Sigue funcionando ese truco?
R. Sí. De hecho, en España, con algunas excepciones, la crítica literaria no hace críticas negativas, sobre todo cuando se trata de autores españoles. Solamente encontramos críticas negativas a novelas con un planteamiento político, con un compromiso social.

P. ¿Nos puedes poner un par de ejemplos?
Portada
R. Recuerdo cuando Belén Gopegui publicó 'El padre de Blancanieves' (2007) .El objetivo de los protagonistas consiste en hacer política en el puesto de trabajo y tratar de transformar el mundo desde el lugar en el que se producen las mercancías. Su propuesta nada tiene que ver con la lucha obrera tradicional. Para llevar a cabo su acción, los personajes, fuera de partidos políticos y sindicatos, se reunían en asamblea, en una estructura organizativa horizontal, verdaderamente democrática. La crítica, además de lamentar el modo en que Belén Gopegui sacrificara su talento al poner la literatura al servicio de una causa política, de hacer de la literatura un sermón, acusó a la escritora de nostálgica, de hablar de una juventud que ya no existía, de estar cometiendo un anacronismo al hacer pasar como un acontecimiento del presente una forma de organización política que había desaparecido en la década de los setenta.
Cuatro años después, tuvo lugar el 15M, cuya forma de organización se asemeja mucho a la que mostraba Gopegui en su novela. No es que los jóvenes de la Puerta del Sol, y de las otras plazas de nuestra geografía, hubieran leído 'El padre de Blancanieves' y, para organizarse, se inspiraron en los personajes. Nada de eso. Simplemente, en la novela de Gopegui estaba el germen, el malestar de una sociedad que empezaba a buscar la política en otras partes, situándose en los márgenes de los centros de poder. Gopegui lo buscaba en la literatura y la ciudadanía lo encontró en las plazas. Supo anticiparse y advertirnos que, como se dice en la novela, "la catástrofe se acerca: están dispuestos a arramblar con todo".

P. ¿Me das otro ejemplo?
R. Más reciente es 'Made in Spain' (2014) de Javier Mestre, una novela sobre la imposibilidad de un capitalismo con rostro humano en una fábrica de zapatos en el País Valenciano. La crítica, claro, se despachó a gusto y la tildó de maniquea, habló de su “banalidad discursiva”, de su “excesivo prosaísmo” y sus “reiteraciones”. Es decir, los mismos argumentos que han esgrimido tradicionalmente para desterrar el realismo social.

P. Tu ensayo afirma que el realismo social de mitad del siglo XX fue un sustituto del periodismo, ya que el franquismo prohibió la prensa libre.
R. Ese era uno de los objetivos de estas novelas, tal y como lo escribió Juan Goytisolo en su ensayo 'El furgón de cola'. Goytisolo planteaba que, a falta de medios de información veraces en España, la función de la literatura era suplantar la función del periodista para de este modo corregir el desajuste que existía entre la realidad “real” y la realidad “contada” por los aparatos de prensa y propaganda de Franco. En este sentido, estas novelas sí nos permiten conocer la vida de los de abajo. De hecho, Goytisolo decía en su ensayo que la función testimonial de estas novelas obligaría al futuro historiador de la sociedad española a acudir a ellas para “reconstruir la vida cotidiana del país a través de la espesa cortina de humo y silencio de nuestros diarios”.

P. Otra tesis crucial de 'El realismo social en España' es que la censura de mercado es tan eficiente o más que la de Estado.
R. El mercado literario convierte al lector en un cliente y, como se sabe, el cliente siempre tiene la razón. No hay que morder la mano que da de comer. Como buen vendedor, el novelista tiene que agasajarle, mimarle, seducirle. En este sentido, el crítico Ignacio Echevarría decía, con suma ironía, que hemos pasado de la novela social a la novela sociable. Entonces, y como afirma Constantino Bértolo en su libro 'La cena de los notables', la poética de los escritores en la actualidad no es otra que el marketing. Esto genera estrategias de censura y autocensura, formas de domesticación del pensamiento, que no me atrevería a afirmar si son tan represivas como las que ejerce una dictadura, pero sí son al menos tan eficientes en la medida en que impiden la libre circulación de pensamiento crítico.