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martes, 29 de agosto de 2017

El confidencial - El realismo social en España. Historia de un olvido

 Víctor Lenore


David Becerra Mayor es uno de los críticos más rigurosos y tenaces de nuestro panorama cultural. Doctor en Literatura Española, público el demoledor 'La Guerra Civil como moda literaria' (2015), donde explicaba la dulcificación y desactivación política de la mayoría de los relatos sobre el levantamiento fascista. Su intención siempre ha sido descubrir los hilos invisibles que dominan nuestra narrativa. Queda claro, ya desde el título, en obras como 'La novela de la no-ideología' (2013) y 'Convocando al fantasma. Novela crítica en la España actual' (2015). Denuncia el rechazo de nuestra industria cultural a reconocer el valor artístico de los escritores que nos muestran el lado más conflictivo del país.

Ahora publica 'El realismo social en España. Historia de un olvido' (Quodlibet), que podemos describir como la crónica de un enterramiento interesado, que busca ocultar una parte crucial de nuestro pasado reciente.

PREGUNTA. ¿El problema que tenemos es una crítica literaria demasiado de derechas?
Portada
RESPUESTA. No diría tanto. Más bien, forma parte del bloque histórico que ha dominado España en las últimas décadas. De manera consciente o inconsciente, la crítica reproduce el consenso de la Transición y el consenso neoliberal. Por un lado, menosprecia aquellas obras literarias que cuestionan el relato de la Transición. Por ejemplo 'La mina' de Armando López Salinas, escrita y publicada en 1959, que nos habla de cómo se va construyendo un movimiento de resistencia popular durante la conformación del llamado desarrollismo económico franquista. Los protagonistas, pertenecientes a la clase obrera, elevan su conciencia para mejorar su situación y en muchos casos pierden la vida peleando por un futuro mejor. Ellos son una parte importante de quienes luego lucharán por la libertad y la democracia en España. Porque conviene recordarlo: la democracia no es una concesión de los poderosos, como reza el relato de la Transición, que convierte en protagonistas de la historia al rey y a Adolfo Suárez. La democracia es una conquista.

P. ¿Se usa el concepto de 'calidad literaria' con motivos políticos?
La ‘calidad’ funciona como un subterfugio. La crítica no va a anunciar de forma explícita que arranca estas páginas de la historia de la literatura porque son obras que ponen en entredicho el consenso de la Transición. La crítica, para ser eficaz, tiene que parecer crítica. Y se utilizan argumentos de calidad para ello. Nos han convencido de que no debemos perder el tiempo leyendo estas novelas porque están mal escritas, porque son torpes en su estructura literaria, porque su lenguaje es vulgar, etcétera. Son argumentos que podemos asumir acríticamente si no hemos leído esos textos, pero que se deshacen cuando das una oportunidad a 'Central eléctrica' de Jesús López Pacheco o 'La piqueta' de Antonio Ferres, entre otras.

P. ¿Sigue funcionando ese truco?
R. Sí. De hecho, en España, con algunas excepciones, la crítica literaria no hace críticas negativas, sobre todo cuando se trata de autores españoles. Solamente encontramos críticas negativas a novelas con un planteamiento político, con un compromiso social.

P. ¿Nos puedes poner un par de ejemplos?
Portada
R. Recuerdo cuando Belén Gopegui publicó 'El padre de Blancanieves' (2007) .El objetivo de los protagonistas consiste en hacer política en el puesto de trabajo y tratar de transformar el mundo desde el lugar en el que se producen las mercancías. Su propuesta nada tiene que ver con la lucha obrera tradicional. Para llevar a cabo su acción, los personajes, fuera de partidos políticos y sindicatos, se reunían en asamblea, en una estructura organizativa horizontal, verdaderamente democrática. La crítica, además de lamentar el modo en que Belén Gopegui sacrificara su talento al poner la literatura al servicio de una causa política, de hacer de la literatura un sermón, acusó a la escritora de nostálgica, de hablar de una juventud que ya no existía, de estar cometiendo un anacronismo al hacer pasar como un acontecimiento del presente una forma de organización política que había desaparecido en la década de los setenta.
Cuatro años después, tuvo lugar el 15M, cuya forma de organización se asemeja mucho a la que mostraba Gopegui en su novela. No es que los jóvenes de la Puerta del Sol, y de las otras plazas de nuestra geografía, hubieran leído 'El padre de Blancanieves' y, para organizarse, se inspiraron en los personajes. Nada de eso. Simplemente, en la novela de Gopegui estaba el germen, el malestar de una sociedad que empezaba a buscar la política en otras partes, situándose en los márgenes de los centros de poder. Gopegui lo buscaba en la literatura y la ciudadanía lo encontró en las plazas. Supo anticiparse y advertirnos que, como se dice en la novela, "la catástrofe se acerca: están dispuestos a arramblar con todo".

P. ¿Me das otro ejemplo?
R. Más reciente es 'Made in Spain' (2014) de Javier Mestre, una novela sobre la imposibilidad de un capitalismo con rostro humano en una fábrica de zapatos en el País Valenciano. La crítica, claro, se despachó a gusto y la tildó de maniquea, habló de su “banalidad discursiva”, de su “excesivo prosaísmo” y sus “reiteraciones”. Es decir, los mismos argumentos que han esgrimido tradicionalmente para desterrar el realismo social.

P. Tu ensayo afirma que el realismo social de mitad del siglo XX fue un sustituto del periodismo, ya que el franquismo prohibió la prensa libre.
R. Ese era uno de los objetivos de estas novelas, tal y como lo escribió Juan Goytisolo en su ensayo 'El furgón de cola'. Goytisolo planteaba que, a falta de medios de información veraces en España, la función de la literatura era suplantar la función del periodista para de este modo corregir el desajuste que existía entre la realidad “real” y la realidad “contada” por los aparatos de prensa y propaganda de Franco. En este sentido, estas novelas sí nos permiten conocer la vida de los de abajo. De hecho, Goytisolo decía en su ensayo que la función testimonial de estas novelas obligaría al futuro historiador de la sociedad española a acudir a ellas para “reconstruir la vida cotidiana del país a través de la espesa cortina de humo y silencio de nuestros diarios”.

P. Otra tesis crucial de 'El realismo social en España' es que la censura de mercado es tan eficiente o más que la de Estado.
R. El mercado literario convierte al lector en un cliente y, como se sabe, el cliente siempre tiene la razón. No hay que morder la mano que da de comer. Como buen vendedor, el novelista tiene que agasajarle, mimarle, seducirle. En este sentido, el crítico Ignacio Echevarría decía, con suma ironía, que hemos pasado de la novela social a la novela sociable. Entonces, y como afirma Constantino Bértolo en su libro 'La cena de los notables', la poética de los escritores en la actualidad no es otra que el marketing. Esto genera estrategias de censura y autocensura, formas de domesticación del pensamiento, que no me atrevería a afirmar si son tan represivas como las que ejerce una dictadura, pero sí son al menos tan eficientes en la medida en que impiden la libre circulación de pensamiento crítico.

domingo, 23 de julio de 2017

Narrativas del país. Universidad de Verano de Podemos.

Debate "Narrativas del país. Pretérito imperfecto" en la Universidad de Verano de Podemos, Cádiz.8 de julio de 2017. Participan: Cristina Fallarás, Benito Zambrano y David Becerra.



viernes, 12 de agosto de 2016

Documento de barbarie


   

Cada vez que alguien –desde José Luis Rodríguez Zapatero hasta Baltasar Garzón, pasando por Manuela Carmena– sale con la ocurrencia de convertir el Valle de los Caídos en un monumento de paz y de concordia, me viene a la cabeza un cuento de Eduardo Galeano titulado La desmemoria/ 4. En su cuento, el escritor uruguayo rememora el día en que visitó Chicago, una ciudad que observa llena de fábricas y llena de obreros. Cuenta Galeano que al llegar al barrio de Haymarket pidió a sus amigos que le mostraran "el lugar donde fueron ahorcados, en 1886, aquellos obreros que el mundo entero saluda cada primero de mayo".
–Ha de ser por aquí –me dicen. Pero nadie sabe”.
     “Ninguna estatua se ha erigido en memoria de los mártires de Chicago en la ciudad de Chicago. Ni estatua, ni monolito, ni placa de bronce, ni nada”, continúa diciendo Galeano.
      Sin embargo, en 1997, casi una década después de que Eduardo Galeano publicara su cuento en El libro de los abrazos (Siglo XXI, 1989), la plaza de Haymarket se acordó de los huelguistas que encontraron la muerte por reivindicar la jornada laboral de ocho horas. Una placa rememora desde entonces la lucha por los derechos de los trabajadores. Parecía que al final se les hacía justicia a los mártires de Chicago. Pero un grafiti nos recuerda que a veces las políticas de la memoria, más que justicia, lo que llevan a cabo es una apropiación, por parte de los vencedores, de la memoria de los vencidos. En la placa dedicada a los obreros muertos de Chicago apareció una pintada que de un modo harto elocuente decía: "First they took your life. Now they exploit your memory". Primero os quitaron la vida; ahora explotan vuestra memoria.
     Cuenta Walter Benjamin, en sus Tesis de filosofía de la Historia, que "ni los muertos estarán seguros ante el enemigo si es que este vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer". Los muertos no están a salvo cuando su memoria se normaliza o se institucionaliza no para establecer una ruptura con el pasado, con el tiempo de los vencedores, de sus asesinos, sino para desactivarla políticamente, para cerrar una herida que todavía sigue abierta y sin cicatrizar. La colocación de la placa constituye un intento de cerrar un pasado que todavía sigue abierto, porque la causa de su lucha sigue vigente hoy. Los muertos no estarán a salvo, ni su memoria justamente reconocida, si previamente no se condena a sus asesinos. 
     Esta reflexión, de corte benjaminiana, debería servir para articular una política de la memoria histórica en España. Porque no hay placa que valga si la democracia no establece previamente una ruptura con la dictadura franquista. Y España, desde la transición, sigue teniendo pendiente esta tarea. No se puede hacer memoria desde el consenso y la reconciliación, sino impidiendo que el enemigo siga venciendo, esto es, impidiendo que el franquismo siga gozando de su impunidad. 
Bautizar, por lo tanto, el Valle de los Caídos como "El Valle de la Paz", como quería Manuela Carmena, convertirlo en un monumento de concordia y reconciliación nacional, como así lo pretendía la llamada Ley de Memoria Histórica de Zapatero, o transformarlo en un “Espacio de memoria”, que es la propuesta del juez Baltasar Garzón, aunque seguramente se traten todas ellas de iniciativas que persiguen la verdad, justicia y reparación, en realidad no hacen sino un flaco favor a la memoria de los vencidos. Una posición crítica y radical frente al Valle de los Caídos no pasa por su resemantización, porque la historia no precisa ser reescrita o renombrada, sino –y volvemos a Benjamin– ser articulada políticamente. "Articular el pasado históricamente no significa reconocerlo ‘tal y como propiamente ha sido’. Significa apoderarse de un recuerdo que relampaguea en el instante de un peligro", dejó escrito Walter Benjamin en sus Tesis de filosofía de la Historia. Menos crípticamente, articular la historia políticamente significa convocar, en este aquí y ahora, a los muertos, a las víctimas de la historia, para que con la fuerza de su recuerdo podamos transformar el presente, un presente en el que siguen habitando impunemente sus asesinos. Un presente que no solo niega, silencia y olvida a los muertos, sino en el que además se siguen sin anular las condenas que les impuso una dictadura ilegítima. 
     El franquismo les quitó la vida y la democracia explota –utiliza, institucionaliza, banaliza, neutraliza— su memoria. Como les sucedió a los mártires de Chicago. Como entendió Galeano cuando, al final de su cuento, tras la inútil exploración de Haymarket, se adentra en la mejor librería de la ciudad. "Y allí –escribe Galeano–, por pura casualidad, por pura casualidad, descubro un viejo cartel que está como esperándome, metido entre muchos otros carteles de cine y música rock. El cartel reproduce un proverbio de África: Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador".
     Hasta que la democracia no condene, pues, el franquismo, ninguna iniciativa, responda a la buena voluntad que responda, impedirá que el enemigo cese de vencer. Es por eso que una política de la memoria no se puede hacer solamente con buenas intenciones. Ni monumento de concordia ni de paz ni de reconciliación. El Valle de los Caídos, símbolo de la barbarie, del fascismo español, construido por esclavos republicanos, no puede ir acompañado, en su resemantización, por palabras amables que terminen por desactivar la memoria de los vencidos. Por ello, para hacer justicia, para devolver la dignidad a quienes murieron defendiendo la democracia, para articular políticamente el pasado y hacer de verdad un ejercicio de memoria que no tergiverse la realidad histórica, habría que colocar, en el Valle de los Caídos, una placa que dijera: Esto es un documento de barbarie. Esta sería, en mi opinión, la mejor forma de recordar el pasado, de recordar lo que supuso el golpe de Estado, la Guerra Civil y la dictadura franquista: barbarie. De lo contrario, seguiríamos glorificando al cazador. Aceptando su sentido común, su construcción cultural. Porque el Valle de los Caídos no es otra cosa que un documento de cultura que construyó el franquismo para legitimar su poder. Por eso es tan acertado denominarlo "documento de barbarie", porque, y como decía Walter Benjamin una vez más, "no hay documento de cultura que no lo sea también de barbarie". Porque ya les quitaron la vida, no dejemos ahora que además exploten su memoria.

David Becerra Mayor // Ctxt, nº 76 (03/08/2016). Fuente: http://ctxt.es/es/20160803/Firmas/7527/valle-de-los-caidos-primero-de-mayo-obreros-chicago.htm

domingo, 6 de diciembre de 2015

La perdita della memoria. Intervista a David Becerra Mayor

Written by Matteo Di Giulio
Cuéntame.it  

Presentati ai lettori di Cuéntame: chi è David Becerra Mayor?
Sono professore di letteratura spagnola contemporanea presso l’università autonoma di Madrid, oltre che responsabile della sezione Estetica e letteratura della Fundación de Investigaciones Marxistas e critico letterario per diverse testate. Sono autore dei saggi La novela de la no-ideología (Tierradenadie, 2013) y de La Guerra Civil como moda literaria (Clave Intelectual, 2015), co-autore di Qué hacemos con la literatura (Akal, 2013), e curatore delle edizioni critiche di La consagración de la primavera di Alejo Carpentier e di La mina de Armando López Salinas, uno dei romanzi più significativi del realismo sociale spagnolo, che abbiamo potuto presentare per la prima volta senza la censura imposta dal regime franchista.

Nel 2015 hai pubblicato il saggio La guerra civil como moda literaria. Di che cosa parla?
Negli ultimi decenni sono stati pubblicati molti romanzi che parlavano della Guerra civil spagnola (1936-1939). E questa è, all’inizio, una buona notizia. Quando muore Franco (1975) e comincia la Transizione le élite che la portarono a compimento spinsero la popolazione a dimenticare il passato, a chiudere vecchie ferite – nonostante non si fossero cicatrizzate – per remare tutti insieme verso il futuro. La società che nasce dalla Transizione è una società privata della memoria. Considerando questo, che si pubblichino tanti romanzi sulla Guerra civil è un’ottima notizia. Era necessario analizzare il fenomeno, provare a spiegare perché nasce e, soprattutto, osservare come e quali sono le spiegazioni della Guerra civil che offrono i romanzi che si pubblicano oggi; e, al tempo stesso, come si mette in relazione questo passato con il presente dal quale lo si rilegge.


Perché hai pensato che fosse necessario scrivere questo libro? E perché, secondo te, nel 2015 si continua a parlare tanto della Guerra civil?
Era necessario scrivere questo libro perché quando uno comincia a leggere i romanzi sulla Guerra civil che si scrivono e che oggi si pubblicano immediatamente si sente costretto a ridimensionare l’euforia con la quale viene descritta. Non c’è niente da celebrare. Perché in molti di questi romanzi, la Guerra civil non è che uno scenario. La Guerra civil funziona come sfondo per trame d’amore, di passione e morte, ma a malapena si tenta di mettere in luce, in questi romanzi, le cause storiche – politiche e sociali – che portarono al conflitto. La guerra viene depoliticizzata allo stesso ritmo in cui la Storia, in questi romanzi, viene destoricizzata. All’improvviso quelli come noi, che avevano bisogno di un racconto del proprio passato, per combattere l’amnesia politica e sociale che nasce a partire dalla Transizione, si rendono conto che la Guerra civil si era trasformata in uno scenario comodo e affascinante. Tuttavia continua a esserci qualcosa di buono in questo fenomeno: significa che la società spagnola attuale non è più la stessa nata durante la Transizione; la società spagnola ha già perso la paura di ricordare il passato, di ricostruire la memoria, di guardare avanti. Che ci sia richiesta di romanzi sulla Guerra civil è un fattore che lo indica; altra cosa invece è, come sostengo, che questi romanzi debbano essere in realtà romanzi della memoria storica e che raccolgano le potenzialità della memoria per una trasformazione sociale; invece che, come accade nella maggior parte dei casi, la memoria storica sia smarrita in favore di una sorta di nostalgia, che permette al lettore di evadere dal presente per occuparsi di un passato conflittivo – molto adatto a una trama narrativa –, ma che svanisce appena si chiudono le pagine del romanzo.

Credi i romanzi sulla Guerra civil siano una scorciatoia per editori e scrittori per arrivare più in fretta a buone vendite?
graffa La Guerra civil funziona come sfondo per trame d’amore e di passione, ma non si tenta di metterne in luce le cause storiche
I bestseller – e molti di questi romanzi rispondono a quest’etichetta – non sono innocenti e ancora meno privi di ideologie. I bestseller captano molto bene quali sono i problemi di una società, i suoi interessi e i suoi interrogativi, e sanno trasportarli in forma di romanzo. Tuttavia, invece di mettere in luce le contraddizioni che generano i problemi e di provare a offrire soluzioni radicali, i bestseller fanno svanire queste problematiche per mezzo di una soluzione immaginaria, che sia accettata dal sistema stesso. Nel caso concreto, invece di far vedere la Guerra civil come la conseguenza di un colpo di stato fascista che attenta contro un governo democratico e legittimo preferiscono il messaggio secondo cui tutti gli uomini sono essenzialmente cattivi (questa è solo una delle strategie utilizzate in questi romanzi) e che per questo decidono di imbarcarsi nella guerra. I sentimenti astratti, come il Male, sostituiscono le cause politiche.
Dopo la premessa, rispondo alla tua domanda. Questi romanzi nascono perché, come dicevo prima, la società spagnola è cambiata e non è più la stessa della Transizione. La società spagnola perde la paura di Lot, sa che non si convertirà in una statua di sale se guarderà alle proprie spalle. Nell’anno 2000 viene fondata la ARMH (Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica) e nel 2007 il governo Zapatero approva una legge sulla Memoria storica che anche se secondo me, e non solo, è chiaramente insufficiente, accoglie un'istanza dal basso dei cittadini. La Spagna chiede memoria e comincia a volere libri, a cercare risposte anche nei romanzi. Quando sorgono domande, si pubblicano libri, più opportunisti che opportuni, per disattivare il potenziale rivoluzionario delle possibili risposte. Pertanto è una scelta sicura per scrittori ed editori, visto che sanno che il tema è d’interesse, ma soprattutto che si può spendere, anche politicamente, in favore del potere costituito, che attraverso la letteratura prova a spegnere quanto di rivoluzionario c'è nella memoria.

A partire dal titolo, molto diretto, dai l’idea che questi romanzi non ti piacciano. Ce n’è qualcuno che, invece, ti pare si elevi sopra la media meritando di essere letto?
Non credo che sia una questione in cui entrano in gioco i gusti – né che dovrebbero entrarci – per arrivare a un giudizio critico. Il gusto è un fattore soggettivo che non deve mai modificare, per niente, il giudizio obiettivo del critico (diverso è come si costruisce il gusto e perché ci piacciono i romanzi che ci piacciono, un argomento che sarebbe interessante studiare). In La guerra civil como moda literaria non introduco alcun giudizio personale; al contrario, cerco di dimostrare come la letteratura si relazioni con il pensiero egemonico di uno specifico periodo storico – in questo caso, il presente – e come il dibattito, oltre a essere letterario, ne realizzi una perfetta riproduzione e lo legittimi ideologicamente. Romanzi come Soldati di Salamina di Javier Cercas, per esempio, compiono molto bene questa funzione; però ci sono anche opere che si confrontano con la forma dominante del racconto, come nel caso di ¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil! di Isaac Rosa.

Il romanzo storico può aiutare la gente che ha terminato da tempo gli studi o a cui non piace la saggistica a imparare qualcosa del passato. Al contrario, un romanzo scritto male può inficiare la realtà dei fatti e offrirne un’immagine sbagliata. Pensi che il fiorire di romanzi sulla Guerra civil abbia migliorato o peggiorato la conoscenza di quel periodo?
Ci troviamo di fronte al precetto classico dell’«insegnare, intrattenendo»: una persona si diverte mentre legge un romanzo storico e per di più quando finisce il libro è convinto di aver imparato qualcosa della Storia. Questi romanzi compiono una doppia funzione: insegnano e intrattengono. Però c’è una terza opzione, che è in realtà la più importante: non solo si falsa il passato, convertendolo in uno scenario e cancellando il tessuto politico e sociale per trasformare il conflitto in conflitto individuale, morale oppure astratto; ma addirittura che arriva a modificare la nostra concezione del presente e la relazione che ha il presente con il passato narrato. Mostrando il passato come qualcosa di lontano, quasi mitico, il lettore pensa che non gli appartenga, che non abbia nessun legame con il presente, quando in realtà il nostro presente continua a vivere del passato. Ma al tempo stesso, in contrapposizione con ciò che si legge, con i conflitti della Guerra civil, il nostro presente ci sembra «noioso e democratico», così dice una scrittrice: mansueto, docile, ecc. Questi romanzi, allora, sono concepiti come una forma d’evasione dal nostro presente grigio e prosaico e come un modo di vivere avventure pericolose e affascinanti che sarebbe impossibile vivere oggi; ma, come dice il professor Juan Carlos Rodríguez, i romanzi di evasione sono sempre romanzi di invasione, perché tramite loro ci invade l’ideologia dominante, e l’ideologia dominante ci ricorda sempre che stiamo vivendo nel migliore dei mondi possibili. Questi romanzi sono programmati affinché il lettore esca, a fine lettura, intriso di questa sensazione, ed esclami: «Cavolo, che fortuna che non mi è toccato vivere in quel periodo e che vivo nel pacifico (sic) XXI secolo!».

Com’è, a parer tuo, la situazione della critica letteraria in Spagna?
In Spagna, come in qualsiasi altro posto del mondo capitalista, c’è una nozione dominante di letteratura che si riproduce tanto nella critica universitaria che in quella letteraria nei vari mezzi di comunicazione. Si concepisce la letteratura come discorso autonomo, neutrale, innocente, che è capace di trascendere la stessa realtà storica in cui vive. La letteratura è sempre uguale a se stessa, da Omero fino a oggi, passando per Don Chisciotte. Tuttavia esiste anche – e ha guadagnato visibilità grazie alla crisi, quando è stata messo in dubbio l’egemonia capitalista – una critica che vorrebbe riportare con i piedi per terra la letteratura, che intende il testo letterario come un discorso storico che partecipa alle tensioni politiche e sociali dell’epoca in cui nasce. Abbiamo, in Spagna, ottimi maestri, come Juan Carlos Rodríguez o Julio Rodríguez Puértolas. E i loro discendenti, nei quali mi annovero anch'io, stanno lavorando molto e molto bene in questa direzione, mettendo in relazione la letteratura con la sua storicità.


A cosa stai lavorando in questo momento?
È stato pubblicato da pochi giorni un libro che ho curato: Convocando al fantasma. Novela crítica en la España actual (Tierradenadie, 2015). È un saggio collettivo che prova a offrire una visione d’insieme sulla narrativa critica e dissidente in Spagna. Nella Spagna d’oggi esiste una narrativa dominante che distrugge le contraddizioni radicali del sistema e interpreta i conflitti che il capitalismo produce in chiave individuale, psicologica o morale, dove l’impronta di ciò che è politico e del sociale si annulla. Però c’è un’altra letteratura. Una letteratura che non ha interesse a cancellare le contraddizioni, ma a farle emergere nel tentativo di farle esplodere. C’è una letteratura critica, dissidente, di opposizione al capitalismo: una letteratura che continua a evocare il fantasma. Perché, come dice Belén Gopegui nel suo ultimo romanzo, El comité de la noche, «scrivere è evocare il fantasma».

La absurda guerra de Pérez Reverte

Cuando Gulliver naufraga en Lilliput y con el tiempo llega más o menos a integrarse en la vida social de ese pueblo habitado por seres diminutos, se sorprende al descubrir que esas personas en apariencia inofensivas se encuentran en guerra permanente con sus iguales que viven en una isla vecina, en Blefuscu. El enfrentamiento tiene su causa en el modo en que cascan los huevos: unos deciden hacerlo por la parte gruesa, mientras que los otros lo hacen por la parte superior del huevo, más estrecha. A los ojos de Gulliver, el motivo que desencadena la guerra resulta absurdo. Como absurdas -extrapola el lector- son todas las guerras; las causas son siempre ridículas en comparación con las nefastas consecuencias de un conflicto bélico.
Sin embargo, lo que no cuenta la novela de Jonathan Swift es que seguramente si Lilliput se enfrenta a Blefuscu no es por la forma de cascar los huevos; la causa se encontraría en la necesidad de conquistar el territorio vecino y expoliar sus riquezas. Los huevos no son más que el pretexto para iniciar la guerra, el discurso ideológico -o la trampa- que toda clase dominante requiere para legitimar una guerra. Las guerras no son absurdas; al contrario, son siempre políticas.
'La Guerra Civil contada a los jóvenes', de Arturo Pérez-Reverte.
'La Guerra Civil contada a los jóvenes', de Arturo Pérez-Reverte.
'La Guerra Civil contada a los jóvenes', de Arturo Pérez-Reverte -publicada por Alfaguara e ilustrada por Fernando Vicente-, les hace a sus lectores la misma trampa que los liliputienses le hicieron a Gulliver. Despolitiza la Guerra Civil convirtiéndola en un absurdo, como si el pueblo español, en guerra constante contra sí mismo, hubiera iniciado una guerra por su vocación sempiterna de no saber convivir en paz. La Guerra Civil se describe como un absurdo, como si en vez de causas políticas –la agresión del fascismo contra un Gobierno legítimo y democrático– encontrara su motivo en la forma de cascar los huevos.

Una guerra fratricida

'La Guerra Civil contada a los jóvenes' nos habla de un absurdo -no de un conflicto histórico. Desde el prólogo mismo se encarga su autor de desplazar cualquier lectura histórica -política y social- de la guerra a favor de un relato fratricida de la misma. "Todas las guerras son malas, pero la guerra civil es la peor de todas, pues enfrenta al amigo con el amigo, al vecino con el vecino, al hermano contra el hermano". No hay conflicto político, simplemente un enfrentamiento entre hermanos, supuestamente iguales.
Como decía el filósofo español -exiliado en México- Adolfo Sánchez Vázquez, "al presentar la guerra como una guerra entre hermanos, igualmente brutales o igualmente nobles, como si los agresores y los agredidos, los verdugos y las víctimas, fueran igualmente culpables o inocentes, se pretende ocultar que la sangrienta Guerra Civil le fue impuesta al pueblo español por el fascismo nacional y extranjero, y que aquel, al resistir la agresión en las condiciones más desventajosas, no hacía más que cumplir con lo que su dignidad exigía". El relato fratricida borra, pues, las verdaderas causas que determinaron el conflicto y asimismo diluye las responsabilidades de los autores de la barbarie al presentar la guerra como un enfrentamiento entre hermanos. 
Ilustración de Fernando Vicente para 'La Guerra Civil contada a los jóvenes'. (Alfaguara)
Ilustración de Fernando Vicente para 'La Guerra Civil contada a los jóvenes'. (Alfaguara)
Del mismo modo, se subraya en el libro que la guerra dio lugar a los llamados "móviles personales", esto es, que "bajo pretextos políticos se realizaron robos y solventaron venganzas personales". Estamos de nuevo ante un intento de mostrar la Guerra Civil como un conflicto despolitizado donde los hechos no sucedieron por cuestiones políticas sino que fue un escenario donde se escenificaron rencillas personales, protagonizas por personajes movidos por el odio y el rencor. Llama la atención que en un libro tan breve como este, se conceda tanta importancia a sucesos que, como señala el historiador José Luis Ledesma, "no parece que puedan explicar toda, ni siquiera una parte considerable, una violencia que solo era posible en el marco de la guerra". ¿Por qué -tendremos que preguntarnos- no se habla de las causas políticas, que fueron las que en verdad desencadenaron la guerra, y sí el libro se detiene en estos anecdóticos crímenes personales? Parece que subyace un interés por borrar la historia de esta historia. 
La Guerra Civil tuvo sin duda ese componente fratricida que enfrentó a familias, hermanos, padres e hijos, e incluso a vecinos; pero su lectura no puede reducirse a eso. No se puede negar que, en la guerra, participaron sentimientos como el odio o la venganza, y deben reconocerse como síntomas del conflicto, pero no como elementos determinantes que lo originan. Confundir las causas con las consecuencias, lo determinante y lo determinado, puede provocar un falseamiento total o parcial de la historia. Y eso sucede en 'La Guerra Civil contada a los jóvenes' de Pérez-Reverte.

Visión teleológica de la República

El libro de Arturo Pérez-Reverte reproduce una visión de la República que coincide sobremanera con la que se encargaron de edificar los historiadores revisionistas -y mucho antes, los mismos ideólogos del franquismo. La República se define en el libro de Reverte como sinónimo de caos, de inestabilidad, de conflicto constante en las calles. Todo ello para justificar “la confrontación inevitable”. Según su descripción, la República estaba condenada a desembocar en una guerra civil. La descripción de la República se hace desde su final; se ofrece en el libro una definición teleológica que borra la sustancialidad o la autonomía histórica del periodo republicano -que solo existe para explicar la guerra, reduciendo la República a mera causa o antecedente.
Cuando se hace crítica literaria -y acaso no otra cosa se debe hacer ante un libro de historia que en el fondo no hace más que ofrecer una ficción de lo que fue la Guerra Civil-, es más importante leer los silencios que las palabras escritas. En el silencio se puede observar el compromiso del texto con el poder.
En 'La Guerra Civil contada a los jóvenes', llaman la atención sus múltiples -y significantes- silencios. De la misma manera que el libro se detiene a presentar el periodo republicano como un estado de caos permanente, no dice ni una sola palabra de sus logros y reformas. Ni reforma agraria, ni voto femenino, ni reforma educativa aparecen en el libro. Ni una palabra.
Ilustración de Fernando Vicente para 'La Guerra Civil contada a los jóvenes'. (Alfaguara)
Ilustración de Fernando Vicente para 'La Guerra Civil contada a los jóvenes'. (Alfaguara)
Poner silencio sobre este asunto no solo contribuye a que el lector desconozca la verdadera historia de la República, sino que además sirve al autor para presentar la Guerra Civil como ese absurdo que se propone presentar: Reverte no muestra el golpe de Estado como una reacción de la oligarquía ante las reformas republicanas, sino como el resultado de una tensión entre "dos fuerzas enfrentadas" -quienes no se sabe muy bien por qué se enfrentan-  que, por medio de un relato equidistante que sobrevuela todo el texto, se reparten las responsabilidades entre los dos 'bandos'. Pero, hay que recordarlo una vez más, la República no era un bando, sino un Gobierno legítimo y democrático. Entre víctimas y verdugos no hay simetría.

El final feliz de la transición

La importancia que el libro concede a la República no se la concede sin embargo al franquismo. Suele ocurrir en muchos libros sobre la Guerra Civil, que incluyen en un mismo volumen República y guerra, en vez de hacer lo que sería más oportuno: Guerra Civil y franquismo -donde sí existe una relación inmediata de causa/efecto. Los efectos sobre el imaginario colectivo son evidentes: se vincula la Guerra Civil -y las connotaciones negativas que carga el conflicto- con la República y no con el franquismo. La estructura de un libro -y la distribución de sus temas-  nunca es inocente.
Reverte apenas se detiene a explicar la dictadura. Salta rápidamente de la Segunda Guerra Mundial y de la existencia del maquis a la modélica transición. El libro termina con un final feliz protagonizado por dos grandes hombres -el rey Juan Carlos y Adolfo Suárez- que con grandes gestos decidieron traer la democracia a España. "España -dice Reverte- se convirtió en una monarquía parlamentaria por decisión personal del rey Juan Carlos". Ni una palabra más, ni una sola referencia a las luchas y a la resistencia del pueblo español que sufrió torturas y cárceles por pretender conquistar la libertad y la democracia; ni una sola palabra a los héroes anónimos que, desde las calles y la clandestinidad, hicieron posible que la correlación de fuerzas cambiara para que el régimen no pudiera perpetuar su poder. Esos personajes anónimos son borrados de la historia para convertir en héroe al monarca que heredó del dictador la jefatura del Estado y que juró fidelidad a los principios del Movimiento. 

La desconfianza hacia los jóvenes

Ilustración de Fernando Vicente para 'La Guerra Civil contada a los jóvenes'. (Alfaguara)
Ilustración de Fernando Vicente para 'La Guerra Civil contada a los jóvenes'. (Alfaguara)
El libro de Reverte sobre la guerra civil está dirigido -lo dice el subtítulo- a los jóvenes. Parece que Reverte anda, de un tiempo a esta parte, preocupado por la adquisición de conocimiento de los jóvenes. Sin embargo, más bien parece que lo que pretende es limitar su conocimiento. Hace un año presentó a los jóvenes una edición recortada de 'El Quijote' (que analizamos aquí). Inquieta la visión que pueda tener Pérez-Reverte de los jóvenes. A juzgar por el estilo de su texto, pareciera que cree que son limitados, incapaces de leer textos complejos, con una extensión mayor que los 600 caracteres que, más o menos, ocupa cada uno de los 30 capítulos del libro. Se intuye, en esta obra, a un autor que desconfía de la inteligencia de sus lectores. Y, cuando eso ocurre, el peor beneficiado es siempre el libro. 
Por otro lado, el libro no cumple su función didáctica. El libro habla de grandes acontecimientos que tuvieron lugar en el transcurso de la guerra -desde el caso Unamuno, hasta Guernica, pasando por algunas de las batallas clave, como la de Brunete o la del Ebro-, pero nunca se indican las fechas. El lector tiene que acudir a los anexos del libro y consultar la cronología para poder ubicar en el tiempo histórico lo que está leyendo.
La historia desaparece de este ensayo histórico. Pero no es un descuido. Forma parte del proyecto de deshistorizar la Guerra Civil. Al borrar las huellas históricas -las causas políticas y sociales que determinaron la existencia de la guerra-, el lector saca la conclusión de que los españoles se mataron por una causa absurda y ridícula como es la de cascar un huevo por su parte ancha o estrecha. Pero la Guerra Civil no fue eso, sino un golpe de Estado fascista que reacciona contra las reformas -esas que no aparecen- que puso en marcha un Gobierno legítimo durante la República. Arturo Pérez-Reverte nos ha hecho trampa como le hicieron a Gulliver: nos oculta el verdadero móvil que hay detrás de una guerra. Puede parecer que una guerra es absurda y que no es posible encontrar explicación a la misma; pero sí es posible encontrarla, simplemente hay que tener voluntad de querer hacerlo. En la historia, no en los huevos.  

viernes, 30 de octubre de 2015

Getafe negro. Debate memoria histórica

Vídeo del debate sobre memoria histórica que tuvo lugar en el Rectorado de la Universidad Carlos III de Madrid, el miércoles 21 de octubre, en el marco del Festival Getafe Negro. Compartí mesa con Ian Gibson, Pedro Herrasti y Santiago Miralles. Moderó David Barba.


domingo, 11 de octubre de 2015

"La novela y la Guerra Civil". Entrevista en Canal UNED



                                     
Entre 1989 y 2011 se han publicado un total de 181 novelas sobre la Guerra Civil española, pero más allá de los datos que subrayan el interés que genera en nuestro presente el tema, este fenómeno nos dice David Becerra crítico literario y autor del libro "La Guerra Civil como moda literaria", es heterogéneo ya que confluyen autores de épocas e ideologías muy diversas. Desde Francisco Umbral, Rosa Regás o Raúl del Pozo a Muñoz Molina, Almudena Grandes entre otros. David Becerra nos habla en su libro de como la Guerra Civil se convierte en una moda literaria a modo de escenario y analiza a los autores para sostener la tesis de que por distintas razones falta por escribir el relato en que la Guerra sea el motivo primero de la obra.

martes, 2 de junio de 2015

Nuestra memoria literaria

Nos han robado nuestra memoria. Nuestra memoria histórica, pero también la literaria. Mientras se producía el rapto, los comunistas no tuvimos la fuerza –o acaso nos faltó la voluntad– para acudir a su rescate. La consecuencia es la siguiente: apenas nada sabemos de uno de los nuestros, de un desconocido dramaturgo llamado Francisco Martínez Allende, que tras la guerra se exilió en Cuba, Argentina y Santo Domingo, tras pasar por los campos de refugiados –en estricto, de concentración– franceses, donde, en uno de ellos, en Montolieu, en 1939, es posible que escribiera Camino leal, una obra de la que tampoco sabemos nada. Por fortuna, contamos con la labor académica e investigadora de personas como Juan Antonio Hormigón que nos permiten recuperar nuestra memoria literaria.

En una muy documentada y rigurosa introducción, Juan Antonio Hormigón reconstruye la biografía de un autor del que lo desconocíamos todo. Al parecer, Martínez Allende, un sindicalista del ramo del comercio, participó activamente durante la Segunda República y la Guerra Civil en la construcción de un teatro político y popular. En 1936 fue uno de los impulsores de “La Tribuna”, cuyo manifiesto fundacional llevaba por título “Hacia un teatro del Pueblo”. Durante la Guerra Civil organizó y dirigió distintos teatros de guerra en el frente y la retaguardia, como “El Retablo”, “Altavoz del Frente” o “Guerrillas del Teatro”. Participó también en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en defensa de la Cultura, formó parte de la comitiva española que visitó la URSS con ocasión del V Festival del Teatro Soviético y fue miembro del Consejo Central del Teatro del gobierno de la República. Es difícil documentar si escribió, durante este periodo, alguna pieza teatral o constatar que son de su autoría aquellas que se le atribuyen.

Lo que no es objeto de discusión es que Francisco Martínez Allende escribió, ya en el exilio, la obra que se ha encargado de editar y rescatar la Asociación de Directores de Escena: Camino Leal. Protagonizada por Teleñín, un minero encarcelado tras la Revolución de Asturias, pero puesto en libertad con la amnistía del Frente Popular de 1936, Camino Leal es un drama de tres actos, donde se pone sobre las tablas la lucha revolucionaria del pueblo asturiano de 1934 y su resistencia frente al golpe de Estado fascista de 1936. Camino Leal se publicó en México, en la editorial Séneca, aunque se imprimió en la imprenta que Manuel Altolaguirre y Concha Méndez había montado en La Habana. El libro iba acompañado de un prólogo de José Bergamín, que asimismo recoge esta primera edición española realizada por Juan Antonio Hormigón.

Camino leal, nos dice Hormigón, “no es propiamente teatro del exilio, sino más bien de testimonio de un tiempo de combate contra el fascismo que destruía España”. Porque el fascismo no sólo ganó la guerra militar, sino también la cultural, borrando del mapa la labor realizada por la República. La prueba de su victoria se encuentra en nuestro desconocimiento de la obra de Martínez Allende. Como dice Hormigón en su estudio, Camino leal es teatro político, pero difiere del denominado agit-prop al no tratarse de una literatura de urgencia, pues lo narrado forma parte del pasado; en este sentido, el autor abandona “la urgencia, la coyuntura inmediata y el esquematismo, para contar una historia con todas las complejidades [por medio de] una estructura dramática que desmonta el costumbrismo superficial y lo convierte en crónica de un episodio de la lucha de clases en España, así como de la resistencia al fascismo y la explotación”.

No estamos ante personajes planos ni posicionamientos maniqueos. Incluso la obra se atreve a romper la brechtiana cuarta pared y vemos al protagonista, encerrado en una celda, dirigiéndose de pronto al público: “Respetables espectadores, buenas noches. Aquí tenéis frente a vosotros un hombre. Todo un hombre de carne y hueso, no un pelele ni un fantasma hecho a capricho para la comedia. ¡Aquí no hay comedia! ¡No hay ficción! [...] Yo pienso y siento. ¡Yo vivo! Ahora, donde yo no aparezca puede que haya algo de fantasía del autor. ¡Pero nunca donde yo esté! ¡Verdadero! Oídlo bien: ¡VERDADERO! Fue esta la primera condición que le impuse al autor cuando me propuso traerme al teatro. Que yo había de vivir tal cual soy”. Y añade el personaje: “¿Que esto que hago es salirse de las leyes del teatro, como me dijo el autor? ¡Tanto mejor! Si estas leyes son como las otras que andan por el mundo –que deben serlo-, ¡tanto mejor!”.

Camino leal rompe las reglas del teatro con la intención de romper asimismo las reglas que imponen nuestra visión de la realidad. Se trata de un teatro político que no se enfrenta directamente a una realidad inmediata, sino a la ideología que la construye. Camino leal se escribe contra el fascismo que el autor observa desde una distancia física y temporal, contra una dictadura que está borrando de la Historia a hombres y mujeres como los que protagonizan su obra. Una obra que nos recuerda que perdimos la guerra ideológica, pero el hecho de que hoy podamos leerla por primera vez, acaso signifique que tenemos la ocasión de ganar alguna batalla.

David Becerra Mayor // Mundo Obrero, nº 281 (febrero, 2015). Fuente: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=4561

miércoles, 4 de marzo de 2015

Entrevista en Rebelión sobre "La Guerra Civil como moda literaria" (I)







Entrevista a David Becerra Mayor sobre "La guerra civil como moda literaria" (I)
“Son novelas donde la memoria no funciona como un instrumento de oposición al presente, sino de asimilación”



Doctor en Literatura Española por la Universidad Autónoma de Madrid, documentado editor de La mina de López Salinas y La consagración de la primavera de Carpentier, responsable de la sección de Estética y Literatura de la FIM, colaborador de La Marea, Mundo Obrero, El telégrafo y El Confidencial, autor de numerosos estudios y artículos de crítica literaria, autor del ensayo La novela de la no-ideología, David Becerra Mayor ha publicado recientemente en la editorial Clave Intelectual La guerra civil como moda literaria. En su última obra de centra nuestra conversación 
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-Felicidades por tu nuevo libro. Permíteme unas aclaraciones previas antes de entrar propiamente en materia. ¿Qué es una moda literaria?
-Podemos medir –y definir, que es de lo me preguntas– una moda literaria desde un criterio objetivo pero también subjetivo. Objetivamente, podemos hablar de «moda literaria» cuando llega al mercado literario un tema que funciona bien en ventas, que tiene buena acogida entre el público y la crítica, y, a raíz de su éxito, empiezan a surgir epígonos. Y se comprueba que el número de epígonos, una vez recogidos y cuantificados, no es nada desdeñable. Entendemos el epígono no solamente como un libro que trata el mismo tema que aquellos otros que inician el fenómeno, sino –y aquí está la clave, en mi opinión– libros que lo tratan de la misma manera, con idénticas o parecidas estratégicas literarias. En el caso de la Guerra Civil, se trata de novelas que suelen partir de nuestro presente, siempre apacible y tranquilo, están protagonizadas por un investigador o un nieto de un combatiente de la guerra que de pronto y por casualidad descubre un asunto turbio de su pasado familiar que le obliga a remontarse a la Guerra Civil, y desde allí descubre su verdadera historia personal, etc. Si existieran muchas novelas sobre un mismo tema pero donde no fuera posible reconocer un punto en común en la forma de abordarlo en todas ellas, difícilmente podríamos hablar de «moda literaria», ya que difícilmente podríamos comprobar que estamos en efecto ante epígonos.
Hay que añadir también que, a su vez, las modas literarias vienen acompañadas de reediciones de novelas clásicas –y no tan clásicas– que tratan el mismo tema para satisfacer un mercado literario ávido de novelas sobre el tema en cuestión. En nuestro caso, hemos podido comprobar que, cuando se constituye esta moda literaria sobre la Guerra Civil, empiezan a reeditarse textos que hacía tiempo que habían dejado de editarse. En estos años se vuelve a editar a Max Aub, a Chaves Nogales o a Juan Iturralde, entre otros, pero también se produce un revival fascista que vuelve a poner de actualidad autores que provienen del bando de los vencedores como Foxá o Sánchez Mazas, verdadero protagonista de Soldados de Salamina de Javier Cercas, dicho sea de paso.
Pero decía que también hay un criterio subjetivo para medir una moda literaria. Y se reconoce en el hartazgo que llega a generar un tema, cuando la moda empieza a agotarse. Es muy sintomático que algunos de los autores que escriben novelas sobre la Guerra Civil y, en consecuencia, han contribuido a la existencia de este fenómeno, han empezado a afirmar, en entrevistas que concedieron cuando publicaron sus novelas sobre la Guerra Civil, que en realidad las suyas no eran novelas sobre la Guerra Civil sino sobre dilemas morales, porque estaban hartos de la guerra, un tema agotador, en su opinión. Este intento de desvincularse de «la novela sobre la Guerra Civil» constata dos cosas: que ha existido una moda y que ha llegado, o está llegando, a su agotamiento.
-Me salgo un poco de tema. Hablabas de Max Aub. En El cura y los mandarines Gregorio Morán habla maravillas de su obra. ¿Esa es también tu opinión?
-Me interesa mucho Max Aub. Trabajé a fondo su obra hace unos años y una de las conclusiones a las que pude llegar fue que no podemos analizar la obra de Max Aub –en estricto la de ningún autor, pero en el caso de Aub es evidente– como si fuera homogénea, porque poco tiene que ver el Max Aub que vive y escribe bajo una guerra, que el que lo hace durante los primeros años en el exilio, que además entiende como una situación transitoria (no es casualidad que la revista que funda y dirige en México se titule Sala de espera), que el Max Aub que observa cómo España se incorpora al bloque capitalista, entrando a formar parte de sus organismos internacionales, y desde entonces no puede sino concebir que su exilio ya no es transitorio, sino que va de durar mucho tiempo. La obra de Aub se va transformando a medida que va cambiando su situación personal, que a su vez cambia a medida que se va modificando la situación política española e internacional. Entre todos esos Max Aub hay algunos que me interesan más y otros menos. Pero, a grandes rasgos, coincido con Morán. Aub es un autor que conviene leerlo, analizarlo, trabajarlo. Creo, además, que hay que destacar la labor de recuperación de su obra que ha emprendido la fundación que lleva su nombre; pero queda mucho por hacer, ya que hay mucha memoria literaria pendiente todavía de rescatar.
-A la llamada guerra civil, ¿debemos seguir llamándola guerra civil?
-Convendría llamarla de otra manera, sin duda. Por dos razones: una social y otra nacional. La primera, porque el adjetivo «civil» desplaza otro concepto que seguramente es más apropiado para describir lo que ocurrió en España entre 1936 y 1939, como es «guerra de clases». La Guerra Civil –lo que denominamos «Guerra Civil»– no fue sino la consecuencia de un golpe de Estado que dio el bloque histórico dominante para poner fin a una «República democrática de trabajadores de toda clase» (como se dice en la Constitución republicana), democráticamente electa por el pueblo español. Por miedo a perder sus privilegios de clase, se levanta en armas contra la República para recuperar una posición social e ideológica dominante que empezaba a estar en retroceso. La Guerra Civil y el franquismo fue su instrumento para contener su pérdida de hegemonía.
El segundo motivo por el cual no deberíamos seguir llamado «Guerra Civil» a la Guerra Civil es porque en ella no sólo participan como fuerzas beligerantes ejércitos de un mismo país con intereses contrapuestos. En la Guerra de España participan, a pesar del Pacto de No Intervención, fuerzas extranjeras desde el inicio mismo de la guerra. El nazi-fascismo europeo, Alemana e Italia, no respetan el pacto firmado y entran en escena para dar apoyo militar al bando franquista; después, como consecuencia, la URSS también decide participar en defensa de la República, como respuesta a la pasividad de las potencias democráticas burguesas que, a pesar de la intervención de nazis y fascistas, decidieron mantenerse en un segundo plano. En este sentido –y hay historiadores que así lo apuntan- la Guerra Civil no sería tanto una guerra civil como una primera batalla de la posterior Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el concepto «Guerra Civil» está tan fijado que, aunque no describe con exactitud las dimensiones de la guerra, seguramente resulta muy difícil poner en circulación un concepto más adecuado para definir este momento histórico.
-¿Y por qué la guerra civil, a la que no deberíamos llamar “guerra civil”, se ha convertido en una moda literaria? ¿Quién inauguró esa moda?
-¿Quién inauguró la moda? No me atrevería a señalar a alguien en concreto, porque realmente no lo hay: no creo en la idea de que hay un genio que inventa algo que funciona y el resto lo imita. Creo que es más importante acudir al contexto histórico y ver qué estaba pasando en España en esos años, que favoreciera este fenómeno literario. Sin embargo, si tuviéramos que buscar al «dogmatizador de una secta tan mala», como se dice en el escrutinio del capítulo VI de El Quijote, creo que lo encontraríamos entre los autores que publican entre 2001 y 2004. Entre esos años se publican las novelas más celebradas –y también vendidas– sobre la Guerra Civil: La voz dormida, Soldados de Salamina y Los girasoles ciegos. El hecho de que esas tres novelas funcionen, y funcionen tan bien, hace que los epígonos lleguen poco después (aunque el fenómeno venía arrancando desde algunos años antes).
Pero, insisto, hay que acudir al contexto y comprobar el modo en que intervienen varios factores en la constitución del fenómeno. El primero ya lo hemos dicho: la fórmula funciona comercialmente hablando y el modelo se imita. Pero para que funcione tiene que existir un receptor que demande esos productos. Y de ahí que la pregunta sea tan pertinente: ¿qué sucede en España, después del cacareado estribillo de la Transición, con su pacto de olvido y de silencio, para que de pronto empiecen a ocupar las estanterías de las librerías novelas sobre la Guerra Civil? Que este fenómeno exista –y funcione– significa que en la sociedad española tienen que haber ocurrido cosas, que no es sólo por seguir una moda el motivo por el cual los lectores empiezan a demandar novelas sobre la Guerra Civil. Significa que lo que funcionó en la transición ya no funciona en nuestros días. Una sociedad no puede vivir eternamente en la amnesia, en el silencio, siempre mirando al futuro, hacia delante. Una sociedad no puede vivir con el miedo de Lot, pensando que si mira hacia atrás se convertirá en estatua de sal. La sociedad española ha empezado a mirar al pasado porque quiere entender su Historia. Un síntoma del cambio de mentalidad de la sociedad se localiza en la fundación, en el año 2000, de la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), y en su labor realizada, y en su lucha. Que siete años más tarde surja una Ley de la Memoria Histórica, aunque claramente insuficiente, significa que la Historia vuelve a formar parte de la agenda política. Y, en consecuencia, la sociedad empieza a demandar información sobre el pasado, y acaso pretende encontrarla en las novelas.
-Te preguntaré por alguna de las novelas que has citado más tarde. ¿Y es malo que sea así, que haya irrumpido esa moda? Añado otra pregunta: ¿desde qué punto de vista, en qué coordenadas estético-políticas te sitúas en tu análisis?
-No, por sí mismo no es malo. De hecho, el fenómeno anuncia que la sociedad se ha interesado por su pasado e, incluso, que la sociedad quiere comprometerse con su pasado. El problema es que estas novelas no pueden satisfacer al lector que quiera relacionarse activamente con su pasado, porque estas novelas no resuelven nada. O mejor dicho: resuelven imaginaria o simbólicamente la forma que tiene la sociedad de relacionarse con el pasado. Porque son novelas donde la memoria no funciona como un instrumento de oposición al presente, sino de asimilación. Con estas novelas no se trata de traer al presente el pasado para que, una vez conocido el pasado, podamos cuestionar el presente (que es heredero de ese pasado); con estas novelas sólo se busca normalizar o asimilar que aquello ocurrió, pero nunca cuestionar el modo en que nuestro presente está construido desde las cenizas de aquella guerra.
En el libro utilizo dos metáforas para explicar cómo se reconstruye el pasado en estas novelas: una de Walter Benjamin y otra de Fredric Jameson. La primera tiene que ver con el ángel de la Historia que protagoniza la tesis VI de las Tesis sobre la Historia de Benjamin. Un ángel sobrevuela la Historia y la observa; cuando quiere detenerse en las ruinas para observarlas de cerca, un viento huracanado le impide detenerse y le empuja hacia delante. A nuestros novelistas les sucede un poco lo mismo que le sucede al ángel.
-¿Qué les sucede?
-La clase dominante no quiere que su posición de clase se explique desde los muertos que provocó su asalto al poder. Por eso es mejor no detenerse a mirar las ruinas, porque allí se encontrarán los muertos que la clase dominante dejó por el camino para ascender al poder. Comprometerse con el pasado significa tener voluntad de detenerse en las ruinas para entender cómo nuestro presente no es sino la versión de un pasado victorioso. Las novelas que analizo en el libro nunca cuestionan este continuum entre el pasado de la Guerra Civil y nuestro presente, en cómo nuestro hoy es heredero de aquel pasado.
La segunda metáfora la tomo, como decía, de Jameson. Estas novelas son como el espejo reluciente del que hablaba el crítico estadounidense en La posmodernidad o la lógica del capitalismo avanzado, un espejo al que nos miramos para vernos reflejados, pero cuando nos vamos a mirar sale del espejo un destello de luz cegadora que no sólo nos impide reconocer nuestro rostro sino que además nos hechiza. Como nos hechizan estas historias de aventuras de pasión y muerte, de vidas heroicas, de ideales y de un futuro todavía por escribir. Estas novelas le impiden al lector reconocerse en su pasado, experimentar la Historia de forma activa, al concebir el pasado como algo que le es ajeno, que es atractivo, sugerente para una trama, pero no el lugar donde se encuentran los muertos sobre los que edifica el presente.
Creo que con estas dos referencias respondo, al menos sucintamente, en qué coordenadas me sitúo y sitúo mi punto de partida para llevar a cabo la investigación.
-Y no generalizas, apresuradamente por decirlo en términos clásicos, cuando hablas de novelistas, de las novelas. No sería mejor hablar de algunas novelas, de muchas novelistas, etc.
-Ahora lo estoy haciendo, tienes razón. Pero en el libro no generalizo ni compongo un discurso abstracto, sino que hago descender la teoría a la práctica, analizo obras muy concretas y hago un análisis muy apegado al texto, precisamente para no caer en una suerte de impugnación teórica que luego habría que ver si en la lectura real funciona. Uno de mis objetivos, al redactar el libro, era no caer en la elucubración teórica sin más. Por ello, todo lo que digo queda demostrado mediante una confrontación de la teoría con textos extraídos de novelas concretas. Hay mucho de comentario de texto –bien entendido– en este libro.
-Por lo demás, tu nuevo libro, que ya sé que no es una novela, ¿no sería un ejemplo más que, paradójicamente, abonaría esa moda literaria-ensayística?
-Si así fuera, me habría salido el tiro por la culata. Porque lo que se propone este libro es cuestionar cómo se nos está contando la Guerra Civil, no seguir reproduciendo el mismo esquema estético e ideológico que nos hace creer que 1) vivimos en el mejor de los mundos posibles y que, en consecuencia, 2) acudimos a la Guerra Civil para armar una trama atractiva, en un pasado que, a diferencia del presente, hay conflictos que pueden alimentar muy bien una trama, servir como un interesante material novelístico. Frente a la noción débil de memoria que plantean estas novelas, en el libro se reivindica la necesidad de concebir la memoria como un arma política –valga decir: revolucionaria– para hacer añicos el presente. La memoria como oposición, no como asimilación; no para resolver simbólicamente las contradicciones, sino para hacerlas estallar. Solamente mediante una utilización revolucionaria (benjaminiana) de la memoria será posible una ruptura radical con el pasado del cual nuestro presente sigue siendo heredero. Creo que, como decía Walter Benjamin, tenemos que disparar contra los relojes para detener el continuum histórico que solamente privilegia a la clase dominante. Este era mi objetivo cuando redacté La Guerra Civil como moda literaria. Sin embargo, las novelas que en el libro analizo, más que disparar contra los relojes, parece que les dan cuerda.
-No te pregunto por el prólogo pero sí por el prologuista. ¿Por qué tu elección por Isaac Rosa?
-Creo que tiene mucho sentido que Isaac Rosa escriba el prólogo de este ensayo, porque muchas de las cuestiones que se plantean en mi libro, Isaac Rosa las había trabajado novelísticamente; y muchas de las estrategias, tanto estética como ideológicas, que se ponen en funcionamiento en muchas de las novelas sobre la Guerra Civil y que en este ensayo se cuestionan, Isaac Rosa las había cuestionado también desde el género desde el que trabaja: la novela. Tanto El vano ayer como ¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil! comparten con mi ensayo –o mi ensayo comparte con ellas– una idéntica voluntad de exigir otro tipo de memoria, menos blanda que la que proponen las novelas que sobre la Guerra Civil se escriben en la actualidad, una memoria que de verdad busque convocar a los muertos a este presente para transformarlo.
-Insisto en esto que señalas. Y ese menos blanda, esa mayor dureza que pareces pedir-exigir, ¿en qué podría consistir? ¿No hay ninguna novela escrita con esa no blandura que demandas?
-No hay ninguna novela que plantee la necesidad de la ruptura a través de la memoria, pero, y agradezco mucho esta pregunta, pues me permite matizar mis palabras, hay distintos niveles entre las novelas que forman parte del corpus. Evidentemente, no es igual el modo en que, por ejemplo, se reconstruye la Guerra Civil en las obras de Josefina Aldecoa, Almudena Grandes, Dulce Chacón o Alberto Méndez, donde hay una voluntad de rescatar del olvido ciertos episodios de nuestra Historia, silenciados, con la de otros como Manuel Maristany, Antonio Muñoz Molina o Andrés Trapiello que, consciente o inconscientemente, reproducen lo que Southworth denominó el mito de la cruzada de Franco; o Javier Cercas que, desde una posición teórica posestructuralista y por medio de un elogio de la opacidad, duda de todo testimonio, de toda memoria, porque considera que el testimonio, más que producir un discurso histórico, produce un discurso narrativo y, por consiguiente, se acerca más a la ficción que a la verdad. Hay memorias más blandas y otras más fuertes, pero difícilmente podemos encontrar una memoria de oposición en estas novelas.
-Aparte de la bibliografía (¡25 páginas!), tu libro está estructurado en tres partes, una coda más un anexo. Empiezo si te parece por la primera parte: “El boom de la memoria”. Comentas que al margen de la literatura escrita en catalán, euskera o gallego, se han publicado 181 novelas sobre la guerra civil española entre 1989 y 2011, es decir, durante 22 años, 8,2 novelas por año, unas 2 por trimestre, no llega a una por mes. ¿Son muchas en tu opinión?
-El problema es que cuando se hacen medias no se aprecia bien cuál es la tendencia, y se hace imposible ver el recorrido y los altibajos que tiene el fenómeno. Dicho así, 2 por trimestre, menos de una al mes, parece poco, sin duda; pero hay que tener en cuenta que es un fenómeno que se va construyendo poco a poco y que los números de libros publicados, cuando el fenómeno todavía es incipiente, hace bajar mucho la media. Observemos que solamente en 2010 he podido recoger 17 novelas publicadas (es el punto más álgido), o en 2004, fecha que antes señalábamos, son 14 las novelas que se publican. Son más de una al mes en ambos casos. No obstante, podemos entrar a valorar si son muchas novelas, o no, pero como sé que los adjetivos «muchas» o «pocas» carecen de valor científico, por su indeterminación, lo que me interesaba era observar la tendencia in crescendo de novelas que sobre la Guerra Civil se publicaban, y cómo a partir de cierto momento empieza a crecer el número de novelas que se editan, en comparación con los años anteriores. Soy consciente –y así lo reconozco en el libro– de que es probable que, aunque era mi intención inicial recoger el mayor número de novelas –incluso todas– que trataban sobre la Guerra Civil, e incluso la búsqueda en algunas fases del trabajo de investigación fue obsesiva, el corpus (como cualquier corpus) es seguramente incompleto y seguramente habrá novelas que no habrán sido recogidas; no obstante, la recopilación es abundante y nos permite al menos inferir cuál es la tendencia.
-De hecho, lo señalas en la página 32, entre 1975 y 1995 se publicaron 1.848 libros sobre la Guerra Civil. No sé cuántos de estos libros fueron novelas, pero parece que el tema interesó aún más en aquellos primeros 20 años tras la muerte del dictador golpista. ¿No es un pelín sorprendente teniendo en cuenta el pacto de silencio del que suele hablarse, con razón y con frecuencia?
-El dato lo extraigo, como así aparece referido en el libro, de un artículo de María del Rosario Ruiz Franco y de Sergio Riesco Roche («Veinte años de producción histórica sobre la guerra civil española (1975-1995): una aproximación bibliométrica», Revista española de documentación científica, vol. 22, nº 2 (1999), pp. 174-197). En este artículo se recogen no sólo libros ensayísticos sobre la Guerra Civil, sino también artículos publicados en revistas académicas y en otras publicaciones periódicas. En ningún caso se recogen novelas.
-Lo siento. Perdona mi torpeza
-Y no son sólo libros publicados en España, también en el extranjero. En cualquier caso, esta información es relevante porque nos permite observar que el fenómeno no sólo es literario, también hay un interés por la Guerra Civil desde otros ámbitos, como es el ensayo o el cine. Tengo la sensación de que la novela llega un poco tarde, que el interés que suscita la Guerra Civil dentro del ámbito académico es mucho anterior al que despierta al conjunto de la sociedad y, más tarde, a nuestros novelistas.
-Y en cuanto a poemarios, ¿se han publicado muchos poemarios centrados en nuestra llamada guerra civil?
-La poesía no formaba parte de mi objeto de estudio. No lo he estudiado en profundidad y por ello no me siento autorizado para sacar conclusiones ni para darte una respuesta definitiva. Gracias a conversaciones que tengo habitualmente con Alberto García Teresa, poeta y crítico literario, autor de un ensayo imprescindible titulado Poesía de la conciencia crítica, sé que existen poemas concretos, escritos en la actualidad, donde se habla de la Guerra Civil, pero no tengo constancia –lo cual no quiere decir que no exista– de la existencia de poemarios cuyo núcleo temático sea exclusivamente la Guerra Civil. Evidentemente, hubo mucha poesía escrita en el frente, pero no creo que, en la actualidad, existan poemarios que se retrotraigan a la Guerra Civil. Sí se han recopilado en un solo volumen, en una magnífica edición de César de Vicente Hernando para la colección «Nuestros clásicos» de Akal, la poesía producida durante la contienda, pero no sé si la Guerra Civil nutre la poesía actual en la misma medida en que ha nutrido la literatura y el cine.
-¿Hay algún novelista que tú consideres importante que no haya publicado su novela sobre nuestra guerra?
-Curiosamente, a excepción de Isaac Rosa, los novelistas que podemos denominar críticos o disidentes en la actualidad, no han escrito sobre la Guerra Civil española. Y quizá este hecho sea significativo. Estamos dejando que el relato sobre la Guerra Civil lo escriban aquellos escritores que en otro lugar he denominado novelistas de la no-ideología, autores cuyas novelas interpretan todo conflicto desde lo individual y nunca desde lo político. En consecuencia, tenemos estas novelas tan despolitizadas sobre un episodio histórico tan politizado como fue la Guerra Civil. Dice Isaac Rosa en el prólogo que, a pesar de tantas novelas que se han escrito, todavía seguimos esperando la gran novela sobre la Guerra Civil. Estoy seguro que si alguno de nuestros autores disidentes, como puede ser, por ejemplo, Belén Gopegui –que además en su ensayo Rompiendo algo tiene reflexiones muy acertadas y pertinentes sobre la Guerra Civil y su literatura– se pusiera a escribir una novela sobre la Guerra Civil, seguramente sería capaz de escribir por fin una novela que haga de la Guerra Civil no un escenario o telón de fondo –que es lo que hacen las novelas que analizo– sino un lugar histórico de enormes conflictos sociales y políticos que no pueden sino resolverse desde lo político y lo social.
-¿Y en otros países? ¿Ha habido autores importantes que hayan escrito sobre nuestra guerra?
-Sí, y no sólo novelas. Pensemos por ejemplo en la película de Ken Loach, Tierra y libertad. En el corpus, para delimitar el objeto de estudio, sólo introduje novelas escritas por escritores españoles (de lo contrario, temía que se me fuera de las manos y, de inabarcable, se me volviera resbaladizo). Pero añadí una excepción: la del mexicano Jordi Soler, autor de Los rojos de ultramar. De entre todas las novelas leídas y analizadas, es una de las que más me interesó, sobre todo porque en ella, si bien tampoco se pone en funcionamiento una noción revolucionaria (rupturista) de memoria, sí se denuncia claramente la amnesia de la sociedad española (y también europea). Hay dos escenas en la novela que son sumamente interesantes. En la primera tenemos al protagonista, homónimo de su autor, impartiendo una conferencia sobre Teotihuacán en la Universidad Complutense de Madrid. Al poco de iniciar la conferencia, un estudiante alza la mano y le pregunta por qué siendo mexicano tiene un nombre tan catalán. Entonces, les habla de la guerra y el exilio y observa cómo el silencio que se impuso en la Transición ha convertido la Guerra Civil en un episodio lejano que en nada se relaciona con el presente. La segunda escena se produce en la playa de Argelès-sur-Mer, donde descubre que la huella de los refugiados españoles –entre ellos, su padre– ha sido borrada de la localidad francesa, que el mismo lugar donde ahora se broncean los turistas fue un campo de refugiados donde murieron muchos españoles republicanos que iniciaron el exilio tras la derrota de la República en la Guerra Civil. La amnesia no es, pues, algo exclusivo de la sociedad española.
-Allí, en Argelès, nació un amigo mío, Eduard Rodríguez Farré, un gran científico republicano e internacionalista. No me voy. Las novelas que has analizado, las muchas novelas que has estudiado, ¿están bien documentadas históricamente?
-Hay errores en muchas de ellas, algunos de bulto, otros menores, y señalo algunos en el libro. Aunque tampoco era ese el objetivo. Creo que más interesante que señalar algunas inexactitudes era analizar cómo se nos cuenta la guerra, cómo se despolitiza, cómo siguen perpetuándose algunos mitos de la cruzada de Franco en la novela española actual, etc. No obstante, si el lector curioso quiere ver los errores históricos de algunas novelas, le remito a un artículo que publiqué con Julio Rodríguez Puértolas en República de las Letras (nº 120, págs. 37-70), donde nos aproximamos críticamente a La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina, y señalamos algunas de sus inexactitudes: el protagonista pasa por hoteles que todavía no se habían construido, lee novelas que todavía no se habían traducido, se citan frases célebres que todavía no se habían pronunciado, etc.
-Una curiosidad, ¿algunas de ellas toma la figura de Juan Negrín como eje central?
-Precisamente en La noche de los tiempos de Muñoz Molina Juan Negrín aparece constantemente, representando un papel de actor secundario en la trama novelística. Pero, como sucede en el grueso de estas novelas, se elimina su dimensión histórica. Negrín aparece en la novela de Muñoz Molina como un republicano burgués que cree en una tercera España y que, igual que Ignacio Abel, el protagonista, y que el propio Muñoz Molina, señala el potencial golpista tanto de fascistas como de comunistas, situándolos en una simétrica posición de responsabilidad respecto a la guerra que habría de venir. Y, no sé si por esta razón, que acaso tampoco se ajuste mucho al personaje histórico, la novela describe a Negrín como un gordo que siempre anda comiendo gambas y jamón por las terrazas de Madrid.
Debe ser por eso porque Negrín fue otra cosa muy distinta.
-Estas novelas, te cito textualmente (página 36), “legitiman la concepción de que nuestro presente, por oposición al mundo al que la narración nos retrotrae, es un presente en el que no existen conflictos y en el que, en definitiva, la Historia ha alcanzado su fin”. ¿Nos das algún ejemplo? ¿Todas esas novelas abonan esa cosmovisión? ¿No hay excepciones?
-Sí, así es. Me explico: Almudena Grandes en su Inés y la alegría, una novela que persigue el loable objetivo de rescatar del olvido la hazaña de quienes combatieron en la llamada «Operación Reconquista» (la frustrada invasión de Arán por parte del ejército de la UNE durante el mes de octubre de 1944), nos dice en el epílogo de la novela que se ha «permitido el lujo de evocarla [esta historia]» ya que vive en un presente «aburrido y democrático». ¡Qué transparente es a veces el inconsciente ideológico! La autora nos está diciendo aquí que habla del pasado no como una urgencia para cambiar el presente, sino como un privilegio, ya que escribe desde un presente que no es preciso ser cambiado. Lo mismo ocurre, por ejemplo, en otra novela de Muñoz Molina, El jinete polaco, que después de que los protagonistas descubran su pasado, cómo fue la guerra en su pueblo, Mágina, vuelven a vivir plácidamente en un presente apacible, acostándose de nuevo en su pacífica habitación de hotel de la ciudad de Nueva York. Hay más ejemplo, pero creo que estos dos son muy significativos.
Al leer estas novelas, no sólo estas referidas, sino muchas otras, no se puede tener sino la sensación de que estos autores han asumido que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que han interiorizado que, como dicta la ideología dominante, nuestra sociedad es aconflictiva y si, como decía Bajtin, sin conflicto no hay novela, estos autores necesitan acudir a un pasado conflictivo, como es la Guerra Civil, para poder armar una trama. Nuestro presente es aconflicto por oposición a lo narrado.
-Hablas también de novelas pretendidamente progresistas, ancladas en la falsa izquierda, que reproducen la lógica ahistoricista y despolitizada de la ley de 2007. ¿Falsa izquierda a quién refiere? ¿No hay, por lo demás, en esa tesis o comentario una relación demasiado mecánica entre el espacio político y la creación artística?
-El concepto de «falsa izquierda» lo tomo del ensayo de José Antonio Fortes, La guerra literaria (literatura y falsa izquierda), donde el profesor de la Universidad de Granada pasa revista a los autores que, aparentemente progresistas, no reproducen sino ideología dominante en sus textos. Los dos autores citados en la respuesta anterior pueden ser un ejemplo de ello. Por lo demás, como señalas, sus planteamientos son muy parecidos a los que planteaba la, a todas luces insuficiente, Ley de Memoria Histórica que propuso Zapatero en 2007, que en ningún caso pretendía cuestionar un presente que es heredero de un pasado vencedor, sino que se conformaba con reconocer y asimilar a los vencidos sin cuestionar a quienes ostentan hoy el poder, un poder labrado en la guerra y la dictadura, un poder que está manchado de sangre. La conversión del Valle de los Caídos en lugar de culto religioso donde « honrar la memoria de todas las personas fallecidas a consecuencia de la Guerra Civil de 1936-1939 y de la represión política que la siguió con objeto de profundizar el conocimiento de ese período histórico y en la exaltación de la paz y de los valores democráticos» es un objetivo muy poco ambicioso y, sobre todo, nada rupturista. Por varias razones: ¿todas las personas fallecidas? ¿fallecidas? ¿no sería mejor hablar de asesinadas? Y, ¿tienen que ser todas: víctimas y verdugos por igual? ¿El lugar de la represión puede convertirse en exaltación de la paz y los valores democráticos? ¿No debería serlo del horror? Esta despolitización está también presente en muchas novelas, que no buscan cuestionar el presente, sino más bien apuntalarlo, cerrar definitivamente las heridas, pero sin reconocer quién abrió esas heridas.
¿Establecer esta relación es mecanicista? He tratado de rehuir el mecanicismo constantemente a lo largo del ensayo; sin embargo, a veces, cuando se señalan fechas, cuando se observa que lo que plantean las novelas también está planteado políticamente, puede parecer mecanicista, pero no creo que lo sea. Creo que estas novelas en realidad trasladan lo que Elizabeth Jalin denominó «conflicto de memorias»: el mismo conflicto que se da en la sociedad se pone en marcha en las novelas.
-Hablas de novelas que contribuyen a reforzar una concepción homogénea y lineal de la Historia. ¿Qué concepción es esa? ¿Cuándo abonamos una concepción con estos atributos?
-Creo que esta pregunta te la he ido respondiendo a lo largo de la entrevista. Se trata de romper el continuum histórico, de disparar contra los relojes, de permitir que el ángel se detenga en el lugar donde se encuentran las ruinas, los muertos en las cunetas, para convocarlos a este aquí y ahora para hacer añicos el presente. Esta es la reivindicación de una memoria revolucionaria que persigo con el libro, una concepción que entra en oposición con una noción dominante de memoria, que es la que se pone en juego en estas novelas, que no tienen la más mínima intención de cuestionar nuestro presente, porque han asumido que es perfecto, aconflictivo y por ende no conviene cambiarlo; y porque son incapaces de ver –o de mostrar- que este presente no es sino resultado de una derrota, la derrota republicana en la Guerra Civil y, en consecuencia, de una victoria, la victoria del fascismo que sirvió como «Estado de sitio» del capitalismo, que necesitó acudir al fascismo para poder implantarse con todas las garantías en España. Estas novelas refuerzan la concepción homogénea y lineal porque no nos recuerdan que nuestro hoy carga con muchos muertos, porque no se detienen en los momentos de ruptura.
-Mil gracias. ¿Abuso de ti si sigo preguntándote sobre otras aristas y nudos de tu libro?
Muchas gracias a ti por la lectura tan atenta que has realizado del libro. Es un placer conversar contigo, Salvador. Quedo a la orden, y a tu entera disposición para seguir con el diálogo.
-De acuerdo y muchas gracias de nuevo por tus más que generosas posibles. Y, desde luego, nos ordenaremos obedeciéndonos.

Salvador López Arnal. Publicado en Rebelión (26 de febrero de 2015). Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=195853

viernes, 6 de febrero de 2015

La Guerra Civil como moda literaria

A la venta el 23 de febrero
Publica: Clave Intelectual 

En las últimas décadas hemos asistido a una proliferación tan considerable de novelas sobre la Guerra Civil española que, sin duda, podemos calificar este fenómeno de una suerte de moda literaria. Ante este hecho, David Becerra se pregunta: ¿a qué se debe esta proliferación de títulos que parecen cuestionar el pacto de silencio y olvido de la Transición? Pero, ¿verdaderamente lo cuestionan?, ¿son novelas que reivindican la memoria histórica o, al contrario, solamente utilizan la Guerra Civil como telón de fondo? ¿Cómo nos están contando la Guerra Civil las novelas que se escriben en la actualidad? La respuesta es este libro.

Isaac Rosa, quien ha escrito el prólogo, señala que «lo valioso de este libro es que David Becerra no se ha quedado en la exclamación satírica, ni en el chascarrillo de mesa redonda, ni siquiera en el artículo académico. Tras años lamentándonos de “la guerra civil como moda literaria”, por fin tenemos un estudio riguroso que desarrolla esa idea común, y la fundamenta. Intuíamos que la Guerra Civil se había convertido en efecto en una moda, en un lugar común de editores y novelistas, en un subgénero inofensivo; y ahora llega Becerra para demostrarlo, a partir de una lectura crítica de las obras más representativas [...]. La Guerra civil como moda literaria propone un estudio riguroso de novelas que se limitan a usar la Guerra Civil como telón de fondo, escenario histórico atractivo y familiar para el lector español. Novelas que consciente o inconscientemente reproducen la versión franquista de la guerra civil –no la versión gruesa del primer franquismo, obviamente, sino la reelaboración más sofisticada que en los últimos años de la dictadura se hizo y que dio por buena la Transición-. Novelas que despolitizan y desideologizan una guerra tan politizada e ideologizada como aquella. Novelas históricas deshistorizadas –según los mandatos de una posmodernidad capitalista que Becerra sacude con dureza-. Novelas que nos mueven a la reconciliación y delimitan una memoria a corto alcance, sin reparación ni justicia».  

Índice:



Prólogo, Isaac Rosa ......................................................... 9

Primera parte: El boom de la memoria ......................... 17

I. Introducción ................................................................. 19
II. La vuelta al pasado: un fenómeno
posmoderno ..................................................................... 40
III. La Guerra Civil o una forma de mirar
hacia otro lado ................................................................. 60
 
Segunda parte: El mIto de la cruzada en la
narrativa española actual ................................................. 73

I. La República, régimen de terror ................................. 75
II. La Guerra Civil y la ecuación República/URSS ....... 131
III. El terror rojo .............................................................. 166

Tercera parte: La liquidadción
de la historicidad.............................................................. 201
I. La teoría de la equidistancia ....................................... 203
II. El aideologismoen sus múltiples formas ................. 230
III. El descrédito hacia los paradigmas
objetivistas ....................................................................... 275
IV. ¿Novelas de la memoria histórica? .......................... 303
V. La parodia del género ................................................. 346

Coda: Entre la memorIa y la nostalgIa
(una crítica revolucionaria) ............................................ 366

Anexo: El corpus narrativo ............................................. 380
Bibliografía....................................................................... 429
Agradecimientos............................................................... 454