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miércoles, 19 de agosto de 2015

Revolucionarios/-as medievales

Edad Media, pero, ¿en medio de qué? La historiografía dominante ha representado la Edad Media como un periodo oscuro, como un paréntesis de barbarie situado entre dos periodos de esplendor: el Imperio Romano y el Renacimiento. La burguesía –y sus mistificaciones ideológicas: el humanismo y el espíritu renacentista– necesitaba legitimar su asalto al poder por medio de la construcción de un relato en el que apareciera como continuadora del legado político y cultural que había significado Roma. Renacen y, frente a las penumbras medievales, vuelven a arrojar luz sobre la tierra.
Para ello, la burguesía tenía que representar la Edad Media como un lugar estático y cerrado, sin libertad, donde apenas había espacio por donde podía emerger una lucha de oposición revolucionaria. Sin embargo, un estudio detenido de la época feudal, nos permite identificar en la Edad Media diversos movimientos revolucionarios que o se oponían al orden feudal o se enfrentaban a un naciente capitalismo.
Pepitas de Calabaza acaba de reeditar En pos del Milenio. Revolucionarios milenaristas y anarquistas
místicos en la Edad Media, de Norman Cohn, un libro imprescindible para cuestionar el relato dominante sobre la Edad Media. Cohn la describe como un periodo marcado por constantes movimientos revolucionarios; movimientos de masas, donde las multitudes, a veces impulsadas por el hambre y la desesperación, seguían a un predicador, normalmente con pretensiones mesiánicas, que organizaba hordas violentas e infatigables que destruían iglesias, monasterios y ermitas.
Lo más interesante de En pos del Milenio es comprobar quiénes componían la multitud, de qué extracto
social procedían, ya que este dato nos permite colegir las contradicciones radicales de la época en que
estos movimientos se producen.
Por un lado observamos que algunos de estos movimientos “estuvieron organizados en su mayor parte por comerciantes en defensa de sus intereses. Los mercaderes deseaban librarse de unas leyes que […] entorpecían su actividad comercial. Querían escapar de los impuestos y tributos […]. Deseaban gobernar sus ciudades según leyes que reconocieran las necesidades de la nueva economía”. Una clase emergente –la burguesía– necesitaba transformar de raíz las relaciones sociales y construir un sistema a su medida, que no obstaculizara sus pretensiones y atendiera sus demandas.

Siervos feudales

La burguesía empieza a cuestionar las normas y los códigos que regían el sistema feudal cuando éste se encuentra en descomposición. En esta situación de crisis, la clase burguesa encontrará, como un potencial aliado en la lucha, a los pobres que, antes acomodados, habían visto retroceder su calidad de vida.
Los siervos feudales, expulsados del campo cuando colapsa el sistema, añoran la seguridad y la protección que le confería el sistema feudal: “La red de relaciones sociales en las que nacía un campesino era tan fuerte y estaba tan afianzada que […] los campesinos disfrutaban no solo de una cierta estabilidad material, sino también de un cierto sentimiento de seguridad, una confianza básica que no podía ser destruida por la continua pobreza o por el peligro ocasional”.
Esto cambia con el colapso del sistema feudal, y aquellos campesinos que gozaban de la protección feudal, de pronto empobrecidos y descubierta una libertad que conciben como abandono, empiezan a engrosar las filas de los movimientos revolucionarios feudales. En algunos casos, estos movimientos adquirían rasgos que bien podríamos denominar como anticapitalistas. Gran parte de la hostilidad de las llamadas “cruzadas de los pobres”, se dirigía “contra los mercaderes capitalistas de las ciudades”, ya que “cuarenta capitalistas podían poseer la mitad de la riqueza de una ciudad, así como la mayoría de las tierras sobre las que estaba edificada”.
Otro libro fundamental para ver bajo otra óptica la Edad Media es el de la italiana Silvia Federici Calibán y la bruja (Traficantes de Sueños, 2010). El estudio plantea un análisis histórico de la caza de brujas. Lejos de entenderla como una anécdota, como un fallo en el sistema provocado por la locura de unos oscurantistas, Federici nos revela este fenómeno desde su radical historicidad. Porque la caza de brujas formó parte de una campaña internacional organizada para acabar con los movimientos revolucionarios que se estaban produciendo en la transición al capitalismo.
Lo que demuestra Federici es que la Edad Media era una sociedad en permanente ebullición, con tensiones constantes. La autora estudia cómo la transición al capitalismo activa un proceso de exclusión de las mujeres de la esfera pública. El capitalismo, lejos de ser una mejora de las condiciones de vida de todos los habitantes de Europa, supuso un retroceso para las mujeres. Sin embargo, muchas de ellas rechazan el rol que les asigna la nueva sociedad que se está constituyendo y emprenden una lucha de resistencia.
En Calibán y la bruja se hallan numerosos documentos que lo certifican. El precio de la resistencia fue la caza de brujas, un método represivo que destruyó todo un mundo de prácticas femeninas, relaciones colectivas y sistemas de conocimiento que habían sido la base del poder de las mujeres en la Europa precapitalista. Calibán y la bruja es, como afirma Federici, un intento por “revivir la memoria de una larga historia de resistencia que hoy corre el riesgo de ser borrada. Preservar esta memoria es crucial si hemos de encontrar una alternativa al capitalismo”.
Libros como éste nos devuelven los ecos de los gritos de rebeldía de las compañeras arrojadas a la hoguera de la historia. Para que su voz nos acompañe en nuestra lucha de hoy. Para eso sirve conocer la historia.

David Becerra Mayor // La Marea, nº 28 (junio 2015). Fuente: http://www.lamarea.com/2015/08/07/revolucionarios-medievales/ 

lunes, 27 de julio de 2015

Cuba y Estados Unidos reabren sus embajadas - Debate en Enfoque

La orden de romper las relaciones diplomáticas entre EE.UU. y Cuba y cerrar sus respectivas embajadas llegó el 3 de enero de 1961.

Han tenido que pasar 54 años, 6 meses y 17 días, para que reabran sus embajadas en Washington y La Habana.

A pesar de este avance, aún quedan pasos importantes por dar. Para hablar de dichos temas el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, y su homólogo cubano, Bruno Rodríguez, se reunieron a puerta cerrada en el Departamento de Estado.

El de ayer fue un paso histórico y un gesto simbólico dentro de estos seis meses de intensas negociaciones para iniciar el proceso de normalización de relaciones que comenzó el pasado 17 de diciembre cuando así lo anunciaron el presidente de Cuba, Raúl Castro, y el de EE.UU., Barack Obama.

Invitados:

Sonia Alda, experta en América Latina

Guillermo Gortázar, presidente de la Fundación Hispano Cubana

Luis Pérez, presidente de la Asociación Playa Girón

David Becerra, doctor e investigador en la Universidad Autónoma de Madrid


El consenso o la lógica cultural de la democracia española

En las últimas décadas se ha instalado en España, como una suerte de sentido común, que la cultura ocupa un espacio diferenciado, autónomo, regido por sus propias normas, al margen de la política y la sociedad. En este escenario, la cultura solo rinde cuentas ante sí misma y nadie debe exigirle que intervenga, que reflexione sobre lo común, que cuestione la realidad en la que nace y se consume, que interpele al ciudadano para tratar de transformar el estado de las cosas. Estas prácticas, dirán, pertenecen al pasado, nos devuelven la imagen, ya amarillenta, del intelectual orgánico que con un aséptico estilo realista ponía la cultura –la literatura, el cine, la pintura– al servicio de la política, haciendo un flaco favor al arte, que se malograba por el camino. Esta idea se ha vuelto dominante en nuestros días, pero lo cierto es que no es más que una mistificación ideológica, pues hoy la cultura interviene más que nunca, salvo que no lo hace para cuestionar las relaciones de poder, sino para legitimarlas.
07_01_ElenaDelgado
La cultura española de las últimas décadas no ha hecho otra cosa que intervenir, celebrando y apuntalando el valor del consenso como elemento constitutivo de la estabilidad política de la España post-franquista. Sobre la configuración de la cultura del consenso, trata el libro de Luisa Elena Delgado, La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española (1996-2011) (Siglo XXI, 2014)*. Desde la metodología de los «estudios culturales», y en diálogo con teóricos como Rancière, Espósito o Žižek, Luisa Elena Delgado, profesora de Literatura española de la Universidad de Illinois, propone en las páginas de su ensayo un cuestionamiento de la lógica cultural de la democracia española. A través del análisis de novelas, películas, de tiras cómicas o artículos de opinión publicados en prensa, anuncios televisivos e incluso del análisis de las lecturas que se hicieron tras el Mundial del fútbol de 2010 del que salió victoriosa la selección española, nos ofrece un magnífico fresco sobre el papel que ha representado la cultura en la España post-franquista, en su función de construir y legitimar una pretendida –o mejor: fantasiosa– normalidad democrática.
La Cultura de la Transición
Todo empezó acaso con la Transición, con la configuración de lo que se ha denominado –el éxito del sintagma se lo debemos sin duda a Guillem Martínez– la Cultura de la Transición (CT). Para superar viejos conflictos y cerrar las heridas del pasado, la democracia española se construyó sobre la idea del «consenso». El sentido común de la época revelaba la necesidad de limar asperezas, de dejar de lado particularismos y excentricismos por «el bien de todos», porque solo remando conjuntamente era posible construir un futuro de prosperidad, progreso y modernidad. Y la cultura –que en absoluto es un discurso autónomo por mucho que se empeñen en ello sus mistificadores– empezó a calentar motores para legitimar discursos que cohesionaran a la sociedad española, borrando sus diferencias históricas y culturales y demonizando sus disidencias internas.
Para lograr la estabilidad y la normalidad democrática, el centro –geográfico, pero también político– necesitaba alcanzar acuerdos con la periferia. Pero lo cierto es que no hay consenso democrático cuando la otra parte no se reconoce como legítima, y finalmente se impone, como falso consenso, la visión del mundo que representa el centro, que se ve con la legitimidad de representar el todo, aunque exista una parte muy significativa de la sociedad que no se sienta en absoluto representada en ese todo. El centro se apresura, pues, a negar al otro, a la parte que no se reconoce en el todo, a borrarlo, a cuestionar su legitimidad como parte constitutiva del todo.
La cultura, lejos de subrayar la heterogeneidad del Estado español y celebrar su pluralidad, se ha encargado de borrar los particularismos que, desde el centro, se observan como elementos que hacen peligrar la normalidad democrática. Luisa Elena Delgado señala en La nación singular el modo en que las películas cuya acción transcurre en Cataluña –y pone como ejemplo Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar– se construyen sobre una borradura de la diferencia, de lo particular, cultural y lingüístico; si bien en ésta u otras películas puede aparecer, sin que ello provoque una distorsión, un personaje que hable con acento canario e incluso en inglés, es raro escuchar, aunque la acción se desarrolle en Barcelona, a alguien hablando en catalán o con acento catalán, más allá de dos fugaces y anecdóticos «adéu». Almodóvar es solo un ejemplo, apunta Delgado, de cómo se borran las lenguas periféricas peninsulares y se neutralizan ciertos acentos en la producción cultural dominante española.
La función de la cultura en la España post-franquista no ha sido otra que la de construir la fantasía de un estado normalizado, es decir, según la definición que propone Luisa Elena Delgado en La nación singular, «la idea de un Estado democrático sin antagonismos internos, con desacuerdos siempre consensuables» que «va ligada en España a la de una identidad nacional sana, esto es, coherente y cohesiva, unida en sus objetivos y en su capacidad de defenderse de los elementos extraños que amenazan su estabilidad». Todo aquello que no encaje dentro del supuesto consenso será visto como una amenaza contra la estabilidad política y social, y en consecuencia será demonizado, sea el 15M, las movilizaciones ciudadanas que son rápidamente criminalizadas o el «desafío secesionista», que es así como han definido el «derecho a decidir» aquellos que han patrimonializado lo que debe ser aceptado. Desde esta lógica, se denuncia lo que no encaja dentro del consenso y se define como factor de crispación y, por lo tanto, como potencial elemento disruptivo.
El papel de la cultura, ni neutral ni inocente
Los elementos disruptivos deben ser cohesionados, adheridos a lo que se considera «la normalidad». El papel de la cultura, en este contexto, no ha sido neutral ni inocente; muy al contrario, la cultura ha asumido la función de suturar los elementos disruptivos. La cultura ha sido el pegamento necesario que ha permitido cohesionar lo que podía llegar a fracturarse. O dicho más claramente por Luisa Elena Delgado: «la cultura se entiende como el hilo que tiene que servir para suturar la herida de la desunión y curar la patología de la desafección nacional». Y, cuando no ha sido posible la adhesión, se ha identificado al otro como el enemigo que pone en peligro la democracia en España. Esta lógica, como se explica en La nación singular, parte de la «fijación obsesiva con una otredad en reacción a la cual (a favor o en contra) se organizan nuestras propias acciones». Todo el discurso –y la acción política que del discurso deriva– termina organizándose en función de la actuación de quien se ha tildado de enemigo. Los particularismos, todo aquello que no se integra en la lógica del consenso, «se interpreta siempre como un cáncer de la nación cohesionada y funcional», argumenta Delgado
Frente al fetichismo del consenso, mito fundacional de la democracia que se presenta como el remedio para todos los males, y siempre que existe una crisis institucional se termina apelando al consenso, Luisa Elena Delgado propone en La nación singular que la construcción de una sociedad en verdad democrática no debe levantarse sobre la lógica del consenso. El consenso elimina la otredad y expulsa los particularismos en nombre de una mistificada comunidad, siempre estática, pura y sin tensiones. Toda comunidad, al contrario, es siempre conflictiva y el reconocimiento del conflicto es el primer paso para la construcción de una auténtica sociedad democrática. Frente a la lógica del consenso, Delgado propone el disenso como elemento constitutivo de la democracia. Estas son sus palabras: «la discrepancia, lejos de constituir una fractura que debe ser soldada para preservar la cohesión social y nacional, apunta precisamente a la cualidad esencial de la democracia, que consiste en la posibilidad de cuestionamiento de las formas de compartir, dividir, adjudicar y relacionarse dentro de lo común».
Una nueva forma de entender la democracia
La nación singular no es solamente un libro que analiza la cultura del consenso en la España post-franquista; además propone una nueva forma de entender la democracia, no como la borradura del otro, o en cualquier caso su asimilación por el todo, sino como el reconocimiento de la diferencia en una comunidad no mistificada, sino en permanente conflicto, en movimiento, en constante diálogo con las partes que conforman el todo. Para Delgado el disenso –y no el consenso– constituye la verdadera esencia de la democracia. De forma mucho más clara que la nuestra queda expuesto en La nación singular:
«…la expresión “democracia consensual” pone en relación dos términos contradictorios, que corresponden a dos lógicas muy diferentes. La lógica del consenso entiende la comunidad como resultado natural de una forma común de ser, la suma de todas las partes de un todo. Bajo ese prisma, la identificación con el todo es la única forma de “ser en común”, y esa forma a su vez está siempre mediada por el estado. La lógica del disenso, por el contrario, sostiene que la democracia implica un debate abierto sobre lo que constituye lo común y la división del todo. En efecto, la comunidad democrática no se puede dar nunca por cerrada, como constituida de forma permanente. Antes al contrario, tiene que existir la posibilidad de que en ella quepan formas singulares de pertenecer a ella. A la vez, la pertenencia a una comunidad no puede excluir la realidad del litigio político, ni de un antagonismo que tiene que ser reconocido y negociado. Esto implica una forma de entender la comunidad, que no se define en base a una delimitación constante de “lo nuestro”, ni en la convergencia y la cohesión ni en la aspiración siempre frustrada a la plenitud del todo. La comunidad en su sentido más democrático debe entenderse como relación transversal, como movimiento que nos pone en contacto con lo que queda fuera de nosotros, con lo que evidencia una falta que nos constituye, pero también nos relaciona con otros».
La nación singular de Luisa Elena Delgado es, pues, un libro necesario para reflexionar sobre lo que verdaderamente entendemos por democracia en un momento destituyente como el que vive España desde el 15 de mayo de 2011. Si lo llaman democracia y no lo es, si no nos representan, como gritaron las plazas, es porque una parte significativa de la sociedad no se veía reconocida como parte en un todo que fue colonizado por las élites de este país. La construcción de una nueva sociedad, más abierta, más dinámica, que no niegue el conflicto sino que lo politice, necesita desprenderse de la idea del consenso, mistificada por la cultura de la Transición, y empezar a operar con otras categorías como el disenso. Porque sin disenso, sin debate, sin el reconocimiento del otro, sin participación de la ciudadanía activa, no hay posibilidad de vivir en democracia. Lo llamarán democracia, pero no lo será.

David Becerra Mayor // Crónica Popular (20/08/2015). Fuente: http://www.cronicapopular.es/2015/07/el-consenso-o-la-logica-cultural-de-la-democracia-espanola/

“Estamos ustedes” o las luchas de resistencia en Estados Unidos


Un joven profesor español, que llegó a Atlanta a mediados de los años noventa, entra en el aula, seguramente algo nervioso. Es su primer día de clase. Quizá tenía previsto un discurso o unas palabras breves con las que inaugurar el curso, su estreno como docente. Pero al cruzar el umbral de la puerta, descubre una situación que no había podido imaginar: todos los estudiantes afroamericanos se encuentran sentados en una esquina del aula y todos los blancos en la otra. Una simbólica «línea de color» segrega a los estudiantes universitarios. Acaso con la soberbia del ignorante, tal vez por sentirse moralmente superior a ellos, este inexperto y joven profesor les dice a sus estudiantes: “Ahora mismo se acaba esta situación, se tienen que mezclar entre ustedes porque yo no pienso tolerar una situación de apartheid en mi clase, porque esto no es Sudáfrica y Mandela hace tiempo que salió de la cárcel”.
04_01_InsurgenciasEste joven profesor –hoy un reputado hispanista en Estados Unidos– es Luis Martín-Cabrera, profesor de la Universidad de California-San Diego, colaborador de rebelion.org, y autor de Insurgencias invisibles. Resistencias y militancias en Estados Unidos (La Oveja Roja, 2015), un ensayo que permite interpretar esa situación que el joven profesor encuentra en el aula, explicar los motivos por los cuales nadie estaba dispuesto a cruzar la simbólica línea, ni los blancos ni los negros; un ensayo que buscar responder por qué, cuando el profesor pronunció aquella frase, un estudiante afroamericano se levantó de su silla, miró mal encarado al profesor, salió del aula y nunca más regresó.
La experiencia y el tiempo, y su militancia en los movimientos afroamericanos y chicanos, le permiten a Martín-Cabrera entender qué sucedió aquel día. No es que solamente los blancos quieran distanciarse de los negros –que evidentemente ocurre–, también los negros rechazan mezclarse con ellos. Ven al blanco como una amenaza por la violencia simbólica que ejerce y ejecuta cada día sobre la población de color. Estar al lado de un blanco implica poder ser denunciado –sin una base sólida– en cualquier momento (y la ley siempre niega el principio de presunción de inocencia cuando se trata de un negro). El blanco observa al negro como un intruso en lo que considera sus lugares de privilegio y poder, como puede ser la universidad o, más ampliamente, un barrio o una ciudad; y usa su poder para desplazarlo de lo que considera su territorio. La presencia del negro amenaza su status y, para protegerlo, modifica la violencia física de antaño por una nueva violencia, acaso simbólica, pero no por ello menos real. Los negros, para no sufrir el desprecio blanco, su violencia racista, no tienen más remedio que construir sus propios espacios, sea la ciudad, sea en un aula.
Aunque desde el año 2009, cuando Barack Obama fue investido presidente, viene hablándose en Estados Unidos de la entrada en una etapa histórica post-racial (que un negro se proclame presidente significa que el racismo ya forma parte del pasado, argumentan), lo cierto es que desde la llegada a la Casa Blanca del presidente Obama la población afroamericana no ha conocido mejor suerte. Más bien todo lo contrario. No solo se ha incrementado la violencia contra las minorías de color en Estados Unidos sino que además han aumentado la pobreza, el desempleo, la malnutrición o la falta de acceso a la educación, o a servicios médicos adecuados en los barrios de color segregados de las grandes ciudades estadounidenses; así como también se ha registrado un crecimiento desproporcionado de encarcelamientos de personas de color y de asesinatos de personas afroamericanas. La violencia racista está a la orden del día.
Insurgencias invisibles, sin embargo, no ofrece simplemente una descripción de lo inadecuado del sintagma “sociedad post-racial” para explicar la actualidad política y social de los Estados Unidos. Martín-Cabrera no se conforma con el análisis; se introduce en las organizaciones políticas de resistencia y liberación afroamericanas para, desde su interior, siendo uno de ellos, no solo ofrecer una explicación al lector, sino también participar activamente como militante en sus organizaciones para, junto a ellos, luchar por su emancipación. Como buen lector de la famosa tesis 11 de Karl Marx, Martín-Cabrera no pretende únicamente explicar la realidad sino también transformarla.
Debido a que su trabajo y su vida se desarrollan en San Diego, California, Luis Martín-Cabrera conoce asimismo de cerca los movimientos chicanos en la frontera entre San Diego y Tijuana. Una frontera que es, como dice la escritora chicana Gloria Anzaldúa, una “herida abierta donde el tercer mundo se roza con el primero y sangra”. Una herida que no cicatriza por las asimetrías de poder entre Norte y Sur, donde con solo recorrer unos pocos metros, señala Martín-Cabrera, “se pasa de la opulencia del primer mundo a la miseria del tercero”. Una frontera que constituye una “estructura neocolonial de dominación que permite a Estados Unidos seguir canibalizando los recursos y la fuerza de trabajo de México”. Pero la frontera no es solo ese lugar físico, esa línea trazada entre San Diego y Tijuana; la frontera está en todas partes y en cada uno de los inmigrantes que viven sin documentación en Estados Unidos: la frontera es el miedo a ser deportado, la frontera es la pérdida de la identidad –un idioma y una cultura propia– para ser asimilado por la estructura de dominación, también simbólica, imperialista.
Insurgencias invisibles persigue, además, un propósito todavía más interesante, si cabe. El libro es también una reflexión sobre la escritura revolucionaria. Luis Martín-Cabrera no quiere reproducir ese tipo de escritura académica que cree que por hablar de la pobreza se resuelven los problemas asociados a la pobreza, ese discurso teórico donde las palabras suplantan a las cosas; Martín-Cabrera tampoco quiere que su escritura sea una forma de dar voz a los sin voz, como si asumiera un gesto paternalista. Martín-Cabrera quiere ser parte de esa inteligencia revolucionaria, no hablar sobre las insurgencias, sino formar parte los movimientos insurgentes: “no busco acompañar ni hablar por quienes luchan a pie de calle, aspiro a escribir desde dentro, desde el interior mismo de las luchas, codo a codo, como un participante más, sin borrar mis privilegios letrados, pero sin ceder a las tentaciones antropológicas de quienes pretender saber más que los propios oprimidos”. El autor busca diluirse en lo colectivo, borrarse, desaparecer; porque, según apunta, “la verdadera escritura revolucionaria debería abolir la firma y el nombre, y los libros deberían ser como las grandes alamedas de Allende y dar paso a un sujeto colectivo y liberado también en la escritura”. Este es uno de los grandes objetivos que persigue Insurgencias invisibles, y lo logra a través de una escritura heterogénea donde ensayo, crónica y entrevistas se entremezclan para que el autor, dando un paso atrás, deje emerger las voces de los que luchan y lucharon.
El libro de Luis Martín-Cabrera ofrece, además, una nueva visión de Estados Unidos; una visión no estática ni detenida, sino de plena ebullición de luchas políticas de resistencia y emancipación. Frente a la ideas preconcebidas sobre Estados Unidos como “un siniestro basurero capitalista poblado de obesos blancos e ignorantes que desconocen las nociones más básicas de geografía, política o cultura general”, ideas incluso alimentadas por autores como Vicente Verdú en El planeta americano (1997) o Jean Baudrillard en América de (1986), Insurgencias invisibles –sin negar que lo anterior contenga una parte de verdad– ofrece un retrato de Estados Unidos en el que todavía queda espacio para la lucha, en el que todavía las organizaciones sociales y políticas se movilizan para transformar su realidad, para enfrentarse al capitalismo y al imperialismo (exterior, pero también interior). Martín-Cabrera se pregunta, junto con los movimientos insurgentes, si en Europa “¿sabrán que estamos aquí? ¿Se podrán imaginar fuera de Estados Unidos que haya gente aquí que resista y luche?”. Contra el tópico de una sociedad pasiva y detenida, de una sociedad estática donde ya no es posible la lucha por la emancipación, Luis Martín-Cabrera nos trae estas Insurgencias invisibles para que, desde la distancia oceánica que nos separa, podamos conocer los movimientos políticos y sociales que en Estados Unidos luchan por su liberación. Insurgencias invisibles es una forma de gritar “¡estamos aquí!”, o como dirían los zapatistas: “estamos ustedes”. Si llegamos a oírlos, tal vez entenderemos que su lucha también es nuestra lucha.


David Becerra Mayor // Crónica Popular (29/06/2015). Fuente: http://www.cronicapopular.es/2015/06/estamos-ustedes-o-las-luchas-de-resistencia-en-estados-unidos/